El antropoceno, su sentido político y la civilización (II)

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La hibridación socio natural y la propuesta de gobernanza

“El Antropoceno suministra un marco para que comprendamos la catástrofe ecológica moderna, no una prescripción para resolverla. Constituye un modo de ver, no un manifiesto.”[1]

¿Ha sido el hombre simple y llanamente un depredador de la naturaleza y por tanto el responsable de la degradación del medio ecológico? La respuesta es uno de los puntos más novedosos que el libro del profesor Arias Maldonado aporta, a manera de hipótesis sustentada, además, en valiosas referencias bibliográficas y que se fundamenta en la relación entre Naturaleza y Sociedad: “De hecho, ¿no puede interpretarse el Antropoceno como el desenlace de un largo proceso de entremezclamiento que ha difuminado la separación entre lo social y lo natural? Se trata de un proceso que empieza con la domesticación y la experimentación agrícola y culmina, miles de años después, en los albores del diseño artificial…(por lo que) la idea de que subsista una naturaleza virgen no penetrada por la influencia antropogénica parece insostenible…En realidad…los sistemas humanos y naturales están imbricados en todo el globo, hasta el punto de que sería más correcto decir que los sistemas naturales se hallan «engastados» en los humanos.”

Este análisis conduce al concepto de «hibridación» entendida como “la recombinación que resulta después de que procesos y artefactos de origen humano hayan ejercido un grado variable de influencia sobre procesos y seres naturales…La hibridación puede ser deliberada y directa o involuntaria e indirecta: de la biología sintética al cambio climático, pasando por el diseño de semillas o la mutación de bacterias por efecto del abuso de antibióticos” Por tanto, concluye: “La hibridación es un proceso que comunica sociedad y naturaleza y los híbridos, los productos que resultan de dicho contacto. Por su parte, el Antropoceno constituye una categoría que sintetiza el resultado de este largo proceso: la gran hibridación.”[2]

El tema del cambio climático, que es propio de la función cuantitativa de la protección del medio ambiente, se ha convertido en noticia diaria en virtud de que los huracanes, tornados, ciclones, inundaciones y desbordamientos de ríos están creando justificada alarma en todos los segmentos de la población ante su mayor poder destructor, frecuencia e inusitada aparición en zonas tradicionalmente ajenas a estas manifestaciones atmosféricas. Gracias a lo cual, se está extendiendo aceleradamente la toma de conciencia de los ciudadanos que reclaman a los gobernantes de turno adoptar las políticas y acciones necesarias para evitar la anunciada catástrofe ecológica. Sin embargo, para algunos pensadores y analistas, la aceleración que se viene dando es producto del sistema, y las políticas de sostenibilidad no son más que paliativos. Así lo afirman los “ecomarxistas” que denuncian “la radical incompatibilidad entre capitalismo y sostenibilidad (por lo que) de David Harley a Naomi Klein, el dilema se presenta sin ambages: nos toca elegir entre capitalismo y supervivencia”.[3]

Esta tajante propuesta resulta menos clara aún, pues no se ven ni siquiera atisbos de cómo superar el capitalismo, sino todo lo contrario: su adopción, bajo el ropaje de capitalismo de Estado, por China, por cierto el mayor emisor de C02 (con 12’.434.000 kilotoneladas) seguida por Estados Unidos (6.343.000), la Unión Europea (4.700.000) India y Brasil (3.000.000 c/u) Rusia (2.800.000), Japón y Canadá (1.000.000 c/u)[4]. La argumentación, así resultara válida, no conduce a lugar distinto del todo o nada, propio de la dialéctica marxista. Esto no implica desestimar las sospechosas coincidencias entre el sistema económico imperante y el deterioro del ecosistema, pero sí induce a concluir que no parece ser la única vía que conduzca a solucionar, o siquiera detener, la degradación de la salud de la naturaleza y de los riesgos que enfrentan los seres que la habitan.

De esta forma, el tema adquiere dimensiones políticas e históricas por cuanto, como ya se comentó en el artículo anterior, ha sido justo durante los tres últimos siglos cuando el fenómeno de la destrucción del medio ambiente se ha agudizado, período que se conoce como el de capitalismo fósil por la extracción de combustibles (carbón y petróleo) que han resultado ser  responsables de gran parte de la emisión de gases de efecto invernadero, junto con el uso de fertilizantes producidos por la carboquímica y la petroquímica a fin de generar mayor cantidad de alimentos demandados por el aumento creciente de la población, y también la deforestación que destruye árboles que cumplen la función compensatoria de transformar el CO2 en oxígeno. Ésas, como bien se sabe, son las tres principales causas del calentamiento global producido por la emisión de dióxido de carbono (81.2%), metano (10.6%), óxido nitroso (5.5%) e hidrofluocarburos (2.5%).

Si nos atenemos al mensaje del epígrafe, el Antropoceno no es ni una prescripción ni tampoco constituye un manifiesto político, sino un marco que nos ayuda a enfocar el asunto en cuestión desde ángulos científicos que nos permiten visualizar las causas, las tendencias destructoras del medio ambiente e insinúa la necesidad de actuar de forma colectiva, como humanidad, como naciones, como ciudadanos, asistidos por la ciencia y la tecnología generadas por el mismo ser humano, si queremos detener o poner bajo control la prevista catástrofe ecológica. Es decir, que urge adoptar políticas y programas y que simultáneamente se intensifiquen las investigaciones con cuyos hallazgos podamos salvar el planeta. Toda esa deseable labor puede ser una confirmación más del dominio de la naturaleza por el hombre: el Antropoceno. Y que, de verdad, el Sapiens se ha convertido en Homo Deus.

La propuesta de gobernanza del Antropoceno, tal como la sustenta el profesor Maldonado Arias con base en múltiples referencias bibliográficas, me atrevo a resumirla en los siguientes enunciados:

  1. Debe darse a manera de un contrato global;
  2. Que fije una serie de «límites planetarios» que no deben ser traspasados si queremos mantenernos en un escenario de sostenibilidad;
  3. Que reconozca la ciudadanía ecológica con deberes y obligaciones hacia el planeta;
  4. Que propicie una mezcla de gobernanza internacional y debate público;
  5. Que abandone el modo de producción capitalista y forje una relación socio natural más armoniosa;
  6. Que esté organizada mediante una red de comunidades democráticas, en cuanto la sociedad sostenible del futuro será más local;
  7. Que fomente la aplicación de nuevas tecnologías limpias;
  8. Que las instituciones hagan compatible la sociedad liberal y la nueva época geológica.

El Antropoceno se contempla así, ante todo, como una invitación a producir más Antropoceno. El ser humano seguirá siendo una especie dedicada a la tarea suprema de su supervivencia y todos los demás seres vivos -no sólo los animales- tendrán derecho a realizarse según su naturaleza.

El sentido político del Antropoceno, “una cultura que se ha descrito como el modo humano de organizar la naturaleza”[5] también se puede evidenciar por la negativa. En una entrevista de televisión el domingo pasado, el señor Trump adoptó una posición en apariencia menos radical a sus anteriores afirmaciones, por cuanto dijo a la entrevistadora: “Pienso que algo está pasando. Eso que está cambiando, cambiará de nuevo…No creo que sea una farsa. (¡Aleluya!) Probablemente hay una diferencia. No creo que sea producto de la acción del hombre. Por tanto, no quiero regalar trillones y trillones de dólares. No quiero perder millones y millones de empleos.”[6] Esto lo dice el gobernante de la mayor economía del mundo (24.4%) y de la contaminación per cápita, relación en la que Estados Unidos dobla a la nación asiática. Ante tal comportamiento de insolidaridad, por decir lo menos, bien vale la pena buscar la forma de ejercer presión, externa e interna, a fin de que los ciudadanos salgan de la farsa “trumpista” y presionen a los congresistas y a sus instituciones democráticas para que Estados Unidos reverse su decisión de retirarse del Acuerdo de París y colabore en la larga tarea que le espera a la humanidad en plan de su propia supervivencia.

La mayor transformación que experimentarán tanto naturaleza como sociedad se dará en los próximos decenios en el ámbito de las ciudades donde el ser humano puede intervenir de forma eficaz mediante el diseño social que permita la transformación de forma anticipatoria. Tema que espero presentar en el próximo y último artículo de esta corta trilogía.

Valencia, 17 de octubre de 2018

[1] Jeremy Davies, The Birth of the Anthropocene. p. 193.

[2] Maldonado Manuel Arias. Op. cit.

[3] Ibidem

[4] Con base en estadísticas de 2012 publicadas por el Parlamento Europeo

[5] Arias M. M., op. cit.

[6] The Guardian, octubre 15, 2018.

 

3 respuestas a “El antropoceno, su sentido político y la civilización (II)

  1. Creo, amigo mío que, efectivamente se está produciendo «una creciente toma de conciencia de los ciudadanos» ante el cambio climático que cada día está más presente para todos. Ahora bien, de ahí a que esos mismos ciudadanos seamos capaces de reclamar «a los gobernantes de turno adoptar las políticas y acciones necesarias para evitar la anunciada catástrofe ecológica», media un trecho muy grande. Quizá sea cierto que exista una “radical incompatibilidad entre capitalismo y sostenibilidad», pero confío en que la salida del laberinto no obligue a «elegir entre capitalismo y supervivencia”. Hasta hoy al menos, el sistema capitalista ha dado suficientes pruebas de su imbatibilidad, así que me inclino por trabajar para su reforma, que no su abolición. Una reforma que palie, que reduzca las dimensiones de la agresión cotidiana al planeta. No hará falta que entremos en la política climática que se desarrolló bajo el sistema soviético, ni que añadamos nada a lo que ya has dicho sobre el sistema chino. Me conformaría reformar para ganar tiempo, soñando con que otros hombres y mujeres de un futuro no demasiado lejano sepan hacer las cosas bastante mejor que nosotros.

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    1. Estoy de acuerdo, apreciado Profesor y amigo, en que la disyuntiva planteada no es la vía para solucionar los problemas acuciantes del calentamiento global; que no estamos siendo capaces de ejercer la presión ciudadana sobre los políticos y demás responsables de evitar la catástrofe ecológica; y que, ojalá, las nuevas generaciones sí logren cumplir con esa misión. Sin embargo, pienso que cada ser humano, en sus múltiples actos individuales, puede también contribuir a paliar la situación y convertirse en un «auctor» (autor y actor) ecológico.

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