El antropoceno, su sentido político y la civilización (I)

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“Esta continuidad, que entronca con los estadios prehumanos del planeta, muestra que el Antropoceno es también una génesis: el momento en que una novedad inaugural se hace presente. Y ahí se encontraría su sentido político: la civilización humana constituye un milagroso acontecimiento en la historia planetaria que debemos esforzarnos por preservar en las mejores condiciones posibles y mientras nos sea posible.”[1]

En su segundo opus[2], Harari en la parte I, Homo sapiens conquista el mundo, en el acápite “El Antropoceno”, comienza diciendo que “con respecto a otros animales, los humanos hace ya tiempo que se convirtieron en dioses. No nos gusta reflexionar demasiado sobre esto porque no hemos sido dioses particularmente justos o clementes”. Después de una breve ilustración sobre el papel exterminador del hombre sobre la naturaleza y de recordar las eras geofísicas de nuestro planeta (Pleistoceno, Plioceno y el Mioceno) y de que oficialmente vivimos en el Holoceno considera que “sería más acertado denominar los últimos setenta mil años como el Antropoceno: la era de la humanidad. Porque, durante estos milenios, Homo Sapiens se ha convertido en el agente de cambio más importante en la ecología global.” Sin embargo, parecería que es a partir de la edad moderna cuando el hombre, con plena conciencia de su destino, desarrolla las ciencias que con sus aplicaciones tecnológicas afecta con mayor intensidad el planeta.

Refiriéndose a los periodos más apasionantes de desarrollo (capitalista) y al mismo tiempo potencialmente más riesgosos en el campo social, y que por extensión podríamos incluir como de mayor impacto del hombre sobre el sistema planetario, Geoff Mulgan[3] afirma que la mayoría de los analistas concuerdan en identificar cinco grandes ciclos: la revolución industrial de 1770 hasta la edad del vapor en 1830, de allí a la edad del acero, la electricidad y la ingeniería pesada hasta finales del siglo XIX, luego la edad del petróleo, los automotores y la producción en masa a principios del siglo XX, y la edad de la información y las comunicaciones a partir de 1970. Mulgan, que fundamenta sus análisis en la doble función creadora y predatoria de la tecnología, remata ese recuento previendo el surgimiento de una nueva ola “quizás basada en tecnologías limpias, bajas en carbón, o genómicas”.[4]

La realidad es que el aumento vertiginoso del consumo de combustibles fósiles, la destrucción de millones de hectáreas de naturaleza virgen, el aumento del consumo de carne, la aglomeración humana en ciudades, el incontrolado aumento de desechos y basura, etc., está produciendo de forma acumulativa efectos científicamente registrados que demuestran que el incremento desbordado de CO2 afecta la biosfera y genera calentamiento global que hace prever, como ya está sucediendo, la desertificación de zonas otrora verdes, la destrucción de glaciales, la mayor frecuencia y el mayor poder destructor de huracanes y otros fenómenos naturales que confirman la inminencia de una catástrofe ecológica. Mientras tanto, muchos gobiernos de países altamente desarrollados han puesto oídos sordos y la vista gorda a pesar de las alarmas que desde organizaciones internacionales se difunden.

Como en muchos otros temas de interés estratégico, las Naciones Unidas asumió el papel de promotor de conciencia solidaria y global por los Estados y la humanidad ante el evidente deterioro de las condiciones ambientales. Dando cumplimiento a la Resolución 2398 de 1968, se reunió en Estocolmo la Conferencia Mundial sobre el Medio Humano en 1972 de la que surgió “la obligación de proteger y mejorar el medio para las generaciones presentes y futuras” y creó el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) que 10 años más tarde aprobó el “Programa de Montevideo”, base para acuerdos globales y regionales, la Convención de Viena en 1985 y el Protocolo de Montreal dos años después. Por su parte y de forma simultánea, la Asamblea de las Naciones Unidas de 1982 adoptó la “Carta Mundial de la Naturaleza” que consagra los siguientes Principios Generales:

  • Se respetará la naturaleza y no se perturbarán sus procesos esenciales.
  • No se amenazará la viabilidad genética en la tierra; la población de todas las especies, silvestres y domesticadas, se mantendrá a un nivel por los menos suficiente para garantizar su supervivencia; asimismo, se salvaguardarán los hábitat necesarios para este fin.
  • Estos principios de conservación se aplicarán a todas las partes de la superficie terrestre, tanto en la tierra como en el mar; se concederá protección especial a aquellas de carácter singular, a los ejemplares representativos de todos los diferentes grupos de ecosistemas y a los hábitat de las especies escasas o en peligro.
  • Los ecosistemas y los organismos, así como los recursos terrestres, marinos y atmosféricos que son utilizados por el hombre, se administrarán de manera tal de lograr y mantener su productividad óptima y continua sin por ello poner en peligro la integridad de los otros ecosistemas y especies con los que coexistan.
  • Se protegerá a la naturaleza de la destrucción que causan las guerras u otros actos de hostilidad.

En Río de Janeiro (1992) se avanzó en el proceso de concienciación del tema del medio ambiente y se suscribió el Programa 21 concebido como una aplicación transversal del concepto de desarrollo sostenible en cuestiones relacionadas con la salud, la vivienda, el aire, la naturaleza en general, las actividades económicas, la gestión de residuos etc. De igual forma, radicó la responsabilidad de su aplicación en personas naturales: niños, mujeres, poblaciones indígenas, además de las onegés, grupos de interés económico, sindicatos y organizaciones de gobierno.  Su más importante acuerdo fue la aprobación del Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático cuyos principios dieron lugar al denominado Protocolo de Kioto, antecedente de la exitosa Cumbre de París después de varios intentos fallidos en reuniones como la de Johannesburgo (2002) y de nuevo Río-+20 (2012).

Producto del trabajo conjunto entre la Unión Mundial para la Conservación de la Naturaleza y varias agencias especializadas de las Naciones Unidas, se adoptó el concepto de “desarrollo sostenible” que interrelaciona la conservación con el desarrollo y que cada nación debe aplicar teniendo en cuenta: 1. Los procesos ecológicos esenciales; 2. La diversidad genética debe ser conservada; y 3. Cualquier uso de especies o ecosistemas debe ser sostenible. Esta estrategia conservacionista ha dado lugar a que después de los Objetivos para el Desarrollo del Milenio (2000), las Naciones Unidas adoptaran (2015) los Objetivos para el Desarrollo Sostenible (ODS) fijados en 17 temas cuyo horizonte es el 2030.[5]

A fines de año, se conocerá y debatirá el Informe del Grupo Intergubernamental sobre el Cambio Climático, IPCC,[6] cuyos lineamientos fueron dados a conocer el 8 de octubre pasado en comunicado de prensa en el que se hace especial énfasis en la aceleración de tal fenómeno, tal como lo declara Johan Rockstrom[7] a The Guardian: “El cambio climático está produciéndose más rápidamente que lo esperado. Incluso, al nivel actual de 1C de calentamiento, es doloroso. Este informe es realmente importante. Tiene solidez científica que muestra que 1.5C no es simplemente una concesión política. Hay un creciente reconocimiento de que 2C es peligroso”.

En pocas palabras: estamos ante una catástrofe ecológica anunciada, una más en la larga historia de la evolución planetaria. Sólo que la de ahora tiene un responsable: el ser humano que, desde hace miles de años, viene destruyendo primero de forma instintiva la naturaleza, con fines de supervivencia, y en los últimos siglos, con plena conciencia, dando rienda suelta a sus necesidades básicas, a sus deseos de desarrollo y al modelo consumista. Su mejor aliado en esta tarea depredadora ha sido la ciencia y sus aplicaciones tecnológicas que en las diferentes áreas del conocimiento han tenido, y continúa teniendo, un crecimiento exponencial. Esa catástrofe tiene causas y posibles mitigaciones en la esfera global y en todos y cada uno sus componentes. De las causas se ocupa la ecología, la biología de los ecosistemas, últimamente asistida por las ciencias sociales, y las posibles soluciones dependen del acuerdo de voluntades políticas de los diferentes gobiernos ante la convocatoria de organismos especializados de la Naciones Unidas, como el Acuerdo de París logrado después de varias décadas de fracasos, y del cual ya se ha desmarcado uno de los principales emisores de CO2, fuente de calentamiento global, Estados Unidos de América por decisión caprichosa de su presidente.

El tema es de extrema complejidad como espero presentarlo en subsiguientes escritos con base en publicaciones de indudable valor como la del profesor de Ciencia Política de la Universidad de Málaga, España, Manuel Arias Maldonado, citado en el epígrafe.

Valencia, 10 de octubre de 2018

[1]Maldonado, Manuel Arias. Antropoceno: La política en la era humana. 2018.

[2] Harari Y. N., Homo Deus. Breve historia del mañana. 2016

[3] The Locus and the Bee. Predators and creators in capitalism’future. 2013

[4] https://es.wikipedia.org/wiki/Gen%C3%B3mica

https://www.un.org/sustainabledevelopment/es/poverty/

[6] https://www.ipcc.ch/pdf/session48/pr_181008_P48_spm_es.pdf

[7] Coautor del “Hothouse Report”

6 respuestas a “El antropoceno, su sentido político y la civilización (I)

  1. Gracias Néstor Hernando, este artículo ofrece un tour de force sobre la relación de la humanidad con su entorno y nos sugiere que hoy nuestra tarea va mucho más allá de reconocer el impacto de lo que ya hemos hecho … nuestra tarea es, desde lo más personal, contribuir a la urgente necesidad de acción para dejar un espacio vivible a nuestros descendientes.

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  2. «En pocas palabras: estamos ante una catástrofe ecológica anunciada, una más en la larga historia de la evolución planetaria». De acuerdo, y me pregunto, ¿cómo explicar que tras tanta evolución sigamos siendo tan estúpidos? ¿A qué dedicamos nuestro tiempo político, en vez de atender a ese anuncio? No tenemos remedio, me temo. Muy probablemente no sea solo torpeza o estulticia, seguramente también influyen otras variables en ese abandono del problema global en beneficio de los problemas particulares de cada cual. Es difícil que los responsables partidarios sitúen sus objetivos estratégicos más allá de la próxima cita electoral, que ha de revalidarlos o expulsarlos de la arena política. Ese pecado, tan criticable, no es ajeno al que debiéramos confesar y penitenciar los ciudadanos de a pie. Creo que estamos abducidos por la mera coyuntura, y somos incapaces de levantar la vista buscando la línea del horizonte. Ya ves, amigo Néstor, una vez más, que mi optimismo vital está en la reserva, con la aguja completamente en rojo.

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    1. En efecto, amigo Joan, el tema concierne a cada persona y es posible que «ese pecado» sea producto del sistema que fomenta la indiferencia mediante divertimentos electrónicos, la ignorancia revestida de culturismo ancestral, y la inconsciencia, gracias a la manipulación del poder económico. Pero ellos, los dueños del sistema y de la invención o perpetuación de los mitos, también van camino del abismo ecológico.

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  3. Gracias Doctor Néstor Hernando Parra, un artículo cuyo contenido es tan interesante como necesario en nuestro acervo de conocimientos sobre el tema de la sistemática destrucción de las fuentes de vida en nuestro planeta en términos biológicos y sociales (humanismo de la supervivencia). El humano individualmente considerado es el principal autor de la depredación y de la recuperación de la riqueza ecológica, cultura y anticultura, es curioso, pero los grandes conglomerados parecieran no interesarse suficientemente en la cuestión. El desarrollo sostenible parece haber quedado en el nivel de construcción teórica, pero en las políticas públicas de los Estados no hay concreciones. La agricultura limpia, las tecnologías amigables con el medio ambiente, la satisfacción de necesidades sin destruir, siguen siendo buenos propósitos. En nuestro medio geográfico y cultural colombiano hay casos aberrantes de destrucción tales como son los cultivos de coca, la minería ilegal, el robo de especies y la desnutrición de infantes indígenas (por ignorancia o exaltación de creencias o desatención del mismo Estado). Ojalá estos comportamientos humanos cambien positivamente para bien del planeta. Hay conocimiento desarrollado con amplitud, pero son escasas la voluntad, el compromiso y las acciones concretas relevantes.

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    1. |Voluntad política! Esa parece ser la clave del fracaso por carencia, aunque también continúa siendo (¿hubiera podido ser?) la llave del éxito. El problema real radica en la diferencia de velocidades y de efectividad entre el poder destructor y el poder político y ciudadano en busca de soluciones. Este es uno de los problemas típicamente globales que demandan soluciones en esa misma esfera, si bien cada ciudadano y todos los organismos públicos, sociales y privados son también, como acertadamente lo anota usted, doctor Bonill, autores de la «recuperación ecológica».

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