¿Sobrevivirá el Estado-Nación?

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¿SOBREVIVIRÁ EL ESTADO-NACIÓN?

“…Estados y naciones con su propia lengua; bastantes incluyen naciones y lenguas adicionales que no constituyen Estados; todos cuentan con una historia, una política, una cultura, y unos recuerdos diferenciados y al mismo tiempo entrelazados y cada uno de ellos ha sido estudiado en profundidad”[1]

Como producto de la vertiginosa globalización de la información y de la economía gracias a la tecnología binaria, en el campo político se ha venido dando por seguro la eliminación del estado-nación y el surgimiento de un estado global. Sin embargo, hasta el momento no aparecen mayores indicios de cómo estará constituido ni cómo serán sus formas de gobernanza. El único intento, de nivel intermedio, de una región con numerosas diversidades culturales, ha sido la puesta en marcha de la Unión Europea, en la que sus miembros han cedido parte de su soberanía, incluso la monetaria aquellos que adoptaron el euro como moneda. Su origen, hace más de 50 años, recién terminada la segunda guerra mundial, respondía a la propuesta de complementariedad económica entre diferentes países. Gradualmente, se convirtió en un experimento político hoy estancado por la notoria carencia de visionarios liderazgos, el fardo de la burocracia, la falta de construcción de la ciudadanía europea, la reciente crisis económica, la salida de la Gran Bretaña -aún en proceso- conocida como el BREXIT, factores que han dado pábulo a partidos y movimientos nacionalistas xenófobos que rechazan a los inmigrantes y exiliados invocando el repudio al terrorismo islámico, avivando sentimientos raciales y culturales y alegando efectos económicos, especialmente en el campo laboral.

En plena era de la globalización, se han construido extensos muros para impedir el acceso de sus vecinos o “losotros”. La lista es extensa: entre Irak y Kuwait; Uzbekistán en la frontera con Kirguistán para cerrar el ingreso de miembros del Movimiento Islámico; India y Pakistán, de vieja data; Corea del Norte y Corea del Sur, producto de la segunda guerra mundial; Chipre, con la llamada “línea verde” en la región norte bajo el dominio de Turquía; Arabia Saudita e Irak; Sahara Occidental por Marruecos después de la salida de España de esa zona; entre Hungría y Serbia, más recientemente; al igual que Grecia y Macedonia, Noruega y Rusia, Austria y Eslovenia para rechazar a los expulsados de las guerras de Siria y Afganistán. Y otros que siguen extendiéndose o mejorando en cuanto a su eficiencia: Israel y Cisjordania para aislar a los palestinos, Estados Unidos para impedir el ingreso irregular de mexicanos y centroamericanos, España en Ceuta y Melilla con las cuestionadas concertinas[2] a fin de controlar los flujos migratorios procedentes de países del África subsahariana que ensayan la vía terrestre, mientras otros se aventuran a cruzar el Mediterráneo en pateras inflables convirtiendo la Mare Nostrum en un cementerio acuático de innominados.

Adicionalmente, llama la atención la pretendida independencia de algunas regiones de los Estados de los que hacen parte, mediante actos de diversa índole, en busca de erigirse en estado-nación. Los casos de mayor actualidad son: Escocia en Gran Bretaña con posibilidades de que Irlanda del Norte igualmente busque separarse si las condiciones pactadas de la salida de la UE no le son favorables; Baviera en Alemania; y Cataluña en España que justo hoy hace un año realizó un referéndum a todas luces irregular e inconstitucional que ha llevado a prisión preventiva y al exilio a los responsables, circunstancias sobre las que se pretende internacionalizar el conflicto y alimentar sentimientos secesionistas en las Islas Baleares, la Comunidad Valenciana y la “catalonia francesa”. Este conflicto, que ha dividido en dos mitades a la población catalana, continúa sin solución a la vista después de siete años de que el gobierno central de turno ignorara el problema, eminentemente político, y terminara judicializándolo.

A lo anterior, cabe agregar las similares pretensiones larvadas en el País Vasco y su derrame sobre Navarra y la región vasca francesa. Y recordar que, ante la disolución de Yugoeslavia tras el conflicto bélico (1991-2006), surgieron seis nuevos Estados: Eslovenia, Croacia, Bosnia-Herzegovina, Macedonia, Serbia y Montenegro, de los que solo los dos primeros han logrado su ingreso como miembros de la Unión Europea. El mejor ejemplo de solución política a este tipo de insurgencia, que tuvo su punto álgido en el referéndum de 1995, lo registra Canadá con la provincia francoparlante de Quebec con la llamada “Ley de la claridad” (2000) que reconoce a sus ciudadanos el derecho a la autodeterminación de los pueblos en cuanto sea la voluntad ampliamente mayoritaria de los consultados en un referéndum con preguntas claras y precisas.

El proceso de evolución del Estado ha tomado cerca de siete siglos hasta llegar a la sociedad del conocimiento, de la información y de los datos, en la que según el sociólogo catalán Manuel Castells hay que diferenciar entre espacio de los “flujos” y el espacio de los “lugares”. En el primero se articulan el poder y la riqueza: los flujos de capital la gestión de las empresas multinacionales, las imágenes audiovisuales, la información estratégica, los programas tecnológicos, el tráfico de drogas, las modas culturales, las élites cosmopolitas…, y todo esto sucede lejos de toda referencia cultural o nacional. Por otro lado, está el espacio de los lugares, donde ocurre la experiencia día a día de la mayor parte de la gente. Este espacio es crecientemente local, mientras que el espacio de los flujos es cada vez más planetario y global.[3]

Para mejor comprensión de la situación actual, conviene dar un breve repaso de la evolución del concepto de Estado moderno que se incubó en la Edad Media cuando imperaba el feudalismo y el poder se transaba entre el papa y los reyes. El primero, detentador de todos los poderes y dispensador de licencias, a la manera de franquicias, a los segundos, quienes agrupaban a los señores, dueños de feudos explotados mediante siervos o esclavos. Ese proceso generaba usualmente luchas intestinas en cuanto a los impuestos basados en la tierra, en buena parte de propiedad de la Iglesia que buscaba ampararse en exenciones. Hoy tema candente en España, incluso en cuanto a la titularidad de algunos bienes. Tras el Tratado de Westfalia (1648), con el reconocimiento a las Provincias Unidas de la Confederación Helvética y los Países Bajos, se crea los dos primeros Estados-nación en reemplazo del Estado Absolutista en el que el monarca era designado por Dios.

Como lo recuerdan Bauman Y Bordoni[4], en un ambiente en el que imperaba el desorden, la anarquía y la corrupción, hastiada la población por las “guerras de religión”, Hobbes publica El Leviatán (1651), dando nacimiento al concepto de república o Estado democrático, en cuanto el poder no emana de ningún Dios, sino de la voluntad mayoritaria de los pueblos, delegada en representantes, con el fin de imponer el orden concentra el monopolio sobre los medios de coerción y el uso de estos. Termina así la época feudal o imperio de los señoríos y surge la Edad Moderna que separa el poder del Estado del de la Iglesia y tiende a crear un nuevo orden basado ya no solo en la nobleza y el clero, sino en las nuevas fuerzas económicas que van generando grupos sociales de poder, tiempo en el que florecen diferentes monarquías autoritarias que terminan enfrentadas entre sí en guerras que avivan por igual sentimientos patrióticos y resentimientos contra los ciudadanos de otros países.

El Estado moderno surge de esa relación entre masa y soberano, que diluye a éste en el Estado democrático, el Estado republicano. Impera la ley, que legitima la violencia oficial, mientras se adoctrina a los nacionales a fin de despertar y fortalecer emociones de todo tipo desde el patriotismo sentimental benigno que crea su propia simbología (himnos, banderas, escudos), hasta los extremos más nacionalistas del chovinismo que generan guerras contra el extranjero en procura de expansión de territorio invadiendo el de sus vecinos e incluso colonizando espacios en otros continentes que les permite erigirse en imperios globales. Ante las fuerzas del mercado, avezadas en el arte del adoctrinamiento ideológico, el poder político reconoce y cede espacios al Capitalismo que evoluciona al compás del crecimiento demográfico y de las revoluciones tecnológicas ofreciendo progreso indefinido.

Volviendo a Castells,[5] hoy…“la gente sigue viviendo en lugares. Pero como en nuestras sociedades la función y el poder se organizan en el espacio de los flujos, el dominio estructural de su lógica altera de forma esencial el significado y la dinámica de aquellos. La experiencia, al relacionarse con los lugares, se abstrae del poder, y el significado se separa cada vez más del conocimiento. La consecuencia es una esquizofrenia estructural entre dos lógicas espaciales que amenaza con romper los canales de comunicación de la sociedad. La tendencia dominante apunta hacia un horizonte de un espacio de flujos interconectado y ahistórico, que pretende imponer su lógica sobre lugares dispersos y segmentados, cada vez menos relacionados entre sí y cada vez menos capaces de compartir códigos culturales. A menos que se construyan deliberadamente puentes culturales, políticos y físicos entre estas dos formas de espacio, quizá nos dirijamos hacia una vida en universos paralelos, cuyos tiempos no pueden coincidir porque están urdidos en dimensiones diferentes de un hiperespacio social”.

Como puede apreciarse, antes que construir puentes, hoy se construyen muros. Resurge el autoritarismo, el nacionalismo, “America First”, los antiguos imperios ruso y otomano tienden a renacer bajo regímenes dictatoriales disfrazados de democráticos porque emanan de elecciones populares. El centralismo del poder, como en el caso de China, apabulla el de los lugares o localidades. El odio y el miedo se erigen en las columnas que sustentan ese tipo de gobierno. La incertidumbre altera las agujas de la brújula de los pueblos.

El nacionalismo pertenece, como bien se sabe, al dominio de la conciencia, de los sentimientos del ser humano, producto de tradiciones a veces milenarias, que se comunican con su propia lengua, que tienen sus costumbres, sus formas de organización social y política que les permite encontrar su identidad prístina: pertenecer a una civis, a ser reconocido de pleno derecho como miembro de un imperio, de una nación. Desde este ángulo, no parece fácil la eliminación de ese elemento emocional e identitario.

Un tema pendiente es el tributario, propio de los Estados de uno y otro tipo, que será determinante para la justificación de la supervivencia del Estado-nación. ¿Qué tipos de impuestos, directos o indirectos, pagarán las personas físicas y jurídicas, y a quién? ¿Serán impuestos sobre el ingreso, el consumo o la riqueza material e inmaterial? ¿Hay posibilidad de establecer un impuesto único global? ¿En qué se invertirán y gastarán los recaudos? ¿Quién los administrará de forma eficiente? ¿Qué papel jugarán los Estados? Aplicando la teoría de los espacios arriba descrita, cabe esperar la confluencia de flujos (de capital) y los de los lugares (ciudades-regiones). En ese caso, el Estado-nación reduciría sus funciones y, en cambio, se fortalecería el de las localidades donde se daría la redistribución de los tributos, ojalá con equidad y eficiencia.

Valencia, 1 de octubre de 2018

[1] Judt Tony. Postguerra. Una Historia de Europa desde 1945. Taurus Historia. 2010

[2] Alambradas con cuchillas.

[3] Castells M. La era de la información. Vol. 1. La sociedad red. 1999

[4] Bauman Z., Bordoni C. Estado de crisis. 2016

[5] Ibidem

 

11 respuestas a “¿Sobrevivirá el Estado-Nación?

  1. ES una reflexión de importantes repercusiones para el nuevo pensamiento en la era del conocimiento. Las nuevas manifestaciones de los triunfos de la derecha suenan como una desesperada manifestación de la agonia del estado nación. Es como el querer regresar al pueblo religión que predominó por mucho tiempo y mantiene aún expresiones fanaticas.

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    1. En efecto, la tendencia hacia la licuación del poder enfrenta resistencias de partidos que se nutren de principios autoritarios, muy bien financiados por las plutocracias nacionales e internacionales que recurren a la tecnocracia y la meritocracia para gobernar.

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    2. En efecto, el proceso de licuación del poder centralizado se enfrenta a partidos políticos de inspiración autocrática, muy bien financiados por las plutocracias nacionales e internacionales que manipulan las emociones de los ciudadanos, procedimientos ampliamente conocidos, a los cuales habrá que hacer referencia más amplia dada la reedición que hoy se registra en diferentes latitudes.

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  2. Comentario acerca de “¿Sobrevivirá el Estado – Nación?”, artículo del blog
    https://eldrondelpensamiento.com/2018/10/01sobrevivira-el-estado-nacion/
    Las culturas son creaciones humanas de personas asentadas en un territorio cualquiera que sea su proceso de formación, dimensión y características geográficas. Por consiguiente las culturas son diversas como las personas, no son homogéneas.
    Las culturas y en ellas los comportamientos sociales presentan diversas antinomias, claroscuros, anfibologías, en fin, las culturas no son homogéneas ni siquiera al interior de un mismo territorio (país, región o localidad), pero es innegable que los humanos formamos comunidades relacionales (ámbitos de vida y comunicaciones) y el uso generalizado de las tecnologías actuales de la información y la comunicación facilitan y amplían las relaciones.
    La globalización no es una ideología ni una religión ni una doctrina ni una esclavitud. Entre las personas no hay igualdad como en las matemáticas, así lo explican la antropología cultural y la sociología. Ser, conocer, saber, pensar y hacer denotan toda una heterogeneidad, toda una diversidad, toda una pluriculturalidad. Las corrientes de pensamiento político contemporáneas no alcanzan para “masificar” la población del planeta y la gente se interesa poco o no se interesa por lo que sucede fuera de su territorio vital (país, región, localidad). Cómo negar o hacer caso omiso de la propia mismidad. Lo absoluto no está al alcance de ningún ser humano.
    La cultura globalizada tiende a ser una fuerza hegemónica, es esclavizante y alienante. En la música, en las modas y las publicidades lo observamos, por ejemplo. No es posible perder lo propio para reemplazarlo por lo exterior, perder o renunciar a la conciencia, a la propia mismidad, sería la nada. La educación nos enseña a pensar críticamente, nuestra conciencia es racional, por eso somos personas y no individuos. Somos sujetos pensantes y actuantes, con voluntad y racionalidad.
    Pretender globalizarlo todo es utópico, sería un movimiento global de aculturación o transculturación, como se puede notar en la actualidad con algunas tendencias musicales y publicitarias. La ciudad no es una cultura uniforme, homogénea, un imaginario único.
    Cada ciudad es un ámbito multicultural. La cultura globalizada actual nos condiciona y nos hace objetos. Mediante el uso de las llamadas redes sociales, es decir, la tecnología de las comunicaciones, la aldea global tiende a consolidarse, pero esto equivaldría al inmanentismo, ¿dónde quedaría la diversidad?, ¿quién copiaría a quién?, ¿qué copiaría?, ¿aceptar normas sin saber de dónde y de quién vienen?, ¿dónde quedarían la complejidad y la fragilidad del ser real?, etc.
    El Estado – Nación seguirá, tiene asegurada su pervivencia por mucho tiempo, aunque la historia es dinámica.
    Jorge Bonil Reyes, Bogotá, octubre 02 de 2018.

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    1. Ante los muy amplios e interesantes aportes del Dr. Bonill, hay que tener presente que el Estado, en cualquiera de sus formas, es un concepto eminentemente político que tiende a organizar, de forma autónoma -soberana-, a un pueblo asentado en un territorio en busca de ejercer un poder regulador de las relaciones entre sus ciudadanos con base en un ordenamiento jurídico interno, aunque limitado voluntaria y crecientemente por normas de organismos internacionales o supranacionales también creadores de derecho.
      A lo dicho, hay que agregar que la economía es factor determinante de poder y que es allí donde se han producido cambios fundamentales. El poder económico ya no es local, como en la época feudal o en la primera revolución industrial, ahora hace parte del «espacio de los flujos» en donde circula a velocidades inverosímiles y sin control por parte de ningún tipo de Estado. Esa es la verdadera amenaza para su subsistencia del Estado-nación, al menos como hoy se le conoce.
      La aldea global (no la nación-global) se consolidará en cuanto la comunicación se realice en doble vía, como receptora y como emisora poniendo en marcha la glocalización, creando un flujo cultural enriquecedor por su diversidad, como ya se observa especialmente en el caso de la música que ha universalizado ritmos de tribus africanas, a veces de forma ilícita.

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    1. Gracias por el estimulante comentario. El Estado que antes se relacionaba con la masa, el pueblo, (un conjunto sólido) hoy tiene que tener en cuenta a la persona con sus razonamientos y también con sus sentimientos, sus realidades y sus ideales.

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