Néstor-Hernando Parra
«A días después de que una chusma de alborotadores pensó que podrían silenciar al pueblo y detener nuestra democracia para sacarnos de este edificio sagrado, no sucedió y nunca sucederá, no el día de hoy, no mañana ni tampoco nunca, jamás.”
Joe Biden[1]
La salida de Trump de la Casa Blanca y el juramento de Biden como el 46º presidente de Estados Unidos de América ha dado un respiro al mundo en el ambiente hostil y belicoso de las últimas semanas. El discurso del nuevo mandatario, convocando a la unidad y alentando la esperanza, así como la treintena de órdenes ejecutivas firmadas en las primeras 48 horas muestran su talante espiritual y su entereza intelectual para atender de inmediato la crisis sanitaria y sus efectos en la economía y en la profundización de las desigualdades. Además, han depurado un poco la atmósfera política más allá de sus fronteras por cuanto ha retomado la agenda internacional de participación y colaboración en organismos mundiales comenzando por el Acuerdo de París sobre cambio climático y su reintegro a la Organización Mundial de la Salud, Son temas que, es de esperar, han de recibir el respaldo de la mayoría de los congresistas de uno y otro partido pues tienden a paliar de forma inmediata la grave situación que vive la mayoría de la población estadounidense.
Sin embargo, a mediano y largo plazo, no hay que hacerse ilusiones falsas. La división del pueblo estadounidense es muy profunda tal como lo hemos descrito en otros artículos y que analistas, como David Brooks, describen como un feudalismo criollo: a la derecha, la supremacía blanca “un esfuerzo por perpetuar el sistema de castas raciales de Estados Unidos, y el nacionalismo cristiano… una forma de borrar el pluralismo que realmente existe. A la izquierda, menos brutalmente, tenemos universidades de élite que se han convertido en motores para la producción de desigualdad…”.[1] Egresados que se concentran en las grandes ciudades y se desentienden del resto de la nación.
Una clara expresión del “liberalismo tecnocrático” del que habla el filósofo Michael J. Sandel en su último libro “La tiranía del mérito” en el que critica con dureza a los demócratas a partir de los años ochenta, incluido Obama -pues en ejercicio del poder contradijo las propuestas de su campaña- por entregarse a los dictados del “mercado” -léase el imperio del neoliberalismo- y olvidarse del bien común. Meritocracia que deja satisfacciones, pero también resentimientos, ganadores y perdedores. Y éstos se convierten en manantial de caudillos nacional populistas, como Trump. La posición displicente que muestran las fotografías de Berni Sanders durante el discurso de Biden es una gráfica muestra de que el “sistema” seguirá reinando mientras la tendencia socialdemócrata será ignorada.
Sobre el arraigo y el poder de la supremacía blanca, Barak Obama, al referirse a la política internacional que impulsó bajo su mandato, en su reciente libro afirma: “Para mis partidarios, era una virtud definitoria en política exterior que me permitía amplificar la influencia estadounidense en todo el mundo y anticipar los problemas que podían causar unas políticas poco meditadas. Para mis detractores era una muestra de debilidad, lo cual aumentaba la posibilidad de que dudara a la hora de defender los intereses de Estados Unidos por falta de convicción o incluso por lealtades divididas. Para algunos ciudadanos era mucho peor que eso: Tener al hijo de un africano negro con nombre musulmán e ideas socialistas instalado en la Casa Blanca con toda la fuerza del Gobierno estadounidense en sus manos era precisamente de lo que querían ser defendidos.”[2]
En la línea de ascenso de la diversidad étnica, es de resaltar el arribo de Kamala Harris a la vicepresidencia -con clara vocación sucesoria- por su condición de mujer, tintada de sangre asiática y afroamericana, con una admirable trayectoria de éxitos como funcionaria del poder judicial en altos cargos, y como senadora, al servicio de causas igualitarias. Es un ejemplo que aviva el “sueño americano” en millones de mujeres e inmigrantes variopinta. Adicional a las funciones tradicionales que la Constitución le asigna, tendrá el voto decisorio en los empates del Senado al menos durante los próximos dos años.
La estrategia política dictatorial de Trump se pudo apreciar nítidamente a partir del 3 de noviembre pasado cuando fue derrotado en su intento de ser elegido para un segundo período presidencial, si bien durante los meses de la campaña fue sembrando la creencia de que el proceso electoral estaba amañado a favor de los demócratas y que los resultados serían falsos. Cumplidos los escrutinios, día a día fue hurgando, primero las instancias de la Justicia -que suponía terciaría a su favor por el simple hecho de que él había postulado a jueces de diferentes rangos en los órganos judiciales- sin obtener ni un solo fallo a su favor por cuanto su tropa de abogados por todos los Estados de la nación no presentó evidencia alguna de fraude ni de otro tipo de delitos electorales.
El segundo frente al que intentó infructuosamente recurrir fue a la politización del Pentágono, cuando cesó al secretario de defensa Mark Esper y nombró a tres “fieles servidores en altos cargos” lo que provocó la declaración del general Mark Milley, Jefe de Estado Mayor Conjunto: “No juramos lealtad a un rey o una reina, a un tirano o un dictador. No le juramos lealtad a un individuo”. «Cualquier acto contra el proceso constitucional no solo atenta contra nuestras tradiciones, valores y juramento; también va en contra de la ley».[3]
Ante ese claro rechazo de los militares, arreció a través de las redes sociales la incitación a los milicianos de grupos violentos que en los últimos años se organizaron como su guardia imperial, Q’uanon y Proud Boys, su último recurso para crear el caos mediante su negativa de reconocer el triunfo demócrata y reiterar que el resultado de las elecciones era producto del fraude, historia alternativa que ha calado en la mayoría de sus setenta y cuatro millones que votaron por su reelección.
Después vino la vergonzosa y bien conocida toma del Capitolio, aunque queda por saber después de las investigaciones que se han abierto si hubo complicidad por algunos congresistas y por un reducido número de militares en servicio de protección al Congreso facilitando la escabrosa invasión de la turba trumpista. Para fijar nítidamente la posición del Pentágono, los siete generales y el almirante que conforman el Estado Mayor Conjunto declararon: «La violenta protesta en Washington D.C. el 6 de enero fue un asalto directo al Congreso, al edificio del Capitolio y a nuestro proceso constitucional».[4]
Con base en esos hechos reales y teniendo en cuenta el comportamiento en línea constitucional del poder judicial y de los mandos militares, la Cámara de Representantes procedió a iniciar el proceso de “impeachment” o destitución del presidente Trump que recibió el respaldo de la totalidad de los demócratas y de diez diputados republicanos. Corresponde ahora al Senado, en cuanto reciba el libelo de la Cámara de Representantes -previsto para el 8 de febrero- constituirse en cuerpo judicial, dedicado exclusivamente al juzgamiento, hasta que haya un veredicto que para que sea condenatorio requiere al menos de los dos tercios, 67 votos, de la Cámara Alta, es decir, 17 senadores republicanos o más deberán aprobar la acusación de que Trump instigó a los violentos para tomarse el Capitolio e impedir la votación que debería ratificar la elección de Joe Biden como presidente. La sanción por uno u otro delito que le imputan, “rebelión o insurrección contra la autoridad de los Estados Unidos…será multado o sancionado a prisión por más de diez años o ambos y será incapacitado para ocupar cualquier cargo público.”
Tal desiderátum obliga a los senadores republicanos a una reflexión a fondo sobre la ideología –si centro derecha o extrema derecha- y la estrategia política para los próximos años. Es una oportunidad para afirmarse como partido férreamente constitucionalista y deshacerse del populismo nacionalista y rebelde. La falta de una estructura de partidos políticos en Estados Unidos hace que tales decisiones sean tomadas por los senadores en ejercicio. Las consecuencias del juzgamiento abren un amplio abanico de posibilidades que por el momento dan cabida a especulaciones varias y marcarán rutas alternativas al futuro personal y político de Trump quien está sopesando la idea de fundar su propio partido.
De toda esta gama de políticas, es preciso resaltar que la gran oportunidad para efectuar un cambio de fondo en la política estadounidense se centra en el programa del Green Deal pues, además de contribuir a contener los efectos perversos del calentamiento global, impulsará una nueva revolución tecnológica que traerá grandes beneficios económicos y sociales, creará nuevos empleos, innovaciones en la educación y formación para el trabajo, atraerá inversores globales y generará alianzas estratégicas con diferentes actores internacionales. En ese sentido, el presidente Biden ha revocado el permiso para la construcción del oleoducto Keystone XL que, a pesar del rechazo por algunos líderes empresariales, muestra su determinación de trabajar en la línea renovadora de la generación de energías limpias.
El cambio de ruta en la gobernanza de la economía pasa por un campo minado en cuanto se adentre en el tema de los impuestos a las corporaciones, pues en esos dominios hay intereses de magnates demócratas que financian las costosas campañas políticas de los congresistas. Algo similar puede afirmarse cuando se habla de impuestos a los ejecutivos de las empresas de Wall Street.
En el campo internacional, es indudable que el nuevo gobierno ha de influir de forma notoria. En Europa y América Latina ya empieza a apreciarse. Habrá que esperar en cuanto a China, Rusia e Irán. En ese terreno, Biden tiene gran trayectoria, conoce a los principales actores y los meandros de la política global. El cambio de aislacionismo a colaboracionismo abre ventanas a tiempos menos turbulentos a los vividos durante los últimos cuatro años.
Por lo visto, al menos a corto plazo, ¡Ha lugar a la Unidad y a la Esperanza!
Valencia, 25 de enero de 2021
[1] NYT. 21-1-21
[2] Memorias Presidenciales. Una tierra prometida. Debate. 2020
[3] Los Angeles Times, 11-12-2020
[4] BBC News 14-1-2021
[1]En su discurso de posesión como 46º presidente de Estados Unidos de América. 20-1-21
Excelente análisis Maestro. Pienso con el deseo, pero Biden nos puede construir una atmósfera internacional menos histérica y más amable que la que nos produjo Trump.
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NO cabe duda, apreciado Guillermo, de que así será, pero en cuanto a la política interior es previsible que la violencia muestre sus fauces de uno y otro lado. De allí que la Justicia y el Pentágono serán los soportes del sistema democrático hoy seriamente amenazado.
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Del Profesor Joan Del Alcázar:
Que oportuno texto has publicado, amigo Néstor.
Créeme si te digo que voy a utilizarlo en clase con los estudiantes de grado, en mi asignatura Historia de América, que comenzará -on line, por la pandemia- el próximo 1 de febrero. Comparto tu optimismo limitado tras la salida indigna de ese tiranuelo llamado Trump. No obstante, no las tengo todas conmigo respecto a cómo vaya a gestionar las cosas el Partido Demócrata. Además, no podemos olvidar que el 70 por ciento de los votantes de Trump ha dado por buena la tesis del fraude electoral, y esa gente no se ha ido a jugar al golf a Florida, sino que continua con sus miedos y sus convicciones, quejas y resabios pensando eso mismo que citas de Barak Obama en tu texto: «Tener al hijo de un africano negro con nombre musulmán e ideas socialistas instalado en la Casa Blanca con toda la fuerza del Gobierno estadounidense en sus manos era precisamente de lo que querían ser defendidos». Ahora no es un africano negro el que ocupa el Despacho Oval, pero la señora Harris es, para millones de estadounidenses, más de lo mismo que Obama.
Esta idea, como te digo, y algunas más de las tuyas, voy a trasladarlas a los estudiantes. No voy a poder dedicarle más que una sesión al tema, que el calendario aprieta, pero además quiero insistir en tres ideas de otras tantas procedencias, que me parece hacen luz sobre la complejísima realidad del mundo en el que vivimos: 1) Decía el periodista Ramón Lobo que se aprecia una pérdida creciente de interés por la verdad entre sectores muy amplios de la ciudadanía, no solo en los EUA; también entre nosotros; 2) Creo que se sustituye el conocimiento por la percepción con demasiada facilidad, como si ambas cosas fueran equivalentes; finalmente, 3) Recuerdo haber leído que es Asimov -en sintonía con el punto anterior- quien ha escrito que vivimos una fase de culto a la ignorancia, de manera que «mi ignorancia» es tan válida como «tu conocimiento».
En fin, amigo mío. Felicidades por tu nuevo texto, tan inspirador como siempre. Y tan útil y oportuno para mí. Recibe un fuerte abrazo.
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Gracias por tan estimulantes palabras, apreciado Profesor y amigo Joan.
Agregas unos valiosos comentarios con los que coincido: el desprecio por la verdad, el poder de los comunicadores sin responsabilidad, el culto a la ignorancia y a la agresividad, de palabra y de obra.
Me enorgullece saber que mi texto será útil en tu próximo curso de Historia de América. Los comentarios de los estudiantes lo enriquecerán.
Un fuerte abrazo.
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