
Néstor Hernando Parra
“La confluencia de descontentos que impulsó a Trump a la presidencia en 2016 no ha desaparecido. Ignorar tal realidad solo conduce a un futuro desastre, para Estados Unidos de América y el resto del mundo.”
Yanis Varoufakis[1]
A punto de terminar el cuatrienio presidencial de Donald Trump, los resultados electorales -aún en proceso- muestran cifras récord en cuanto a participación y votos de cada uno de los dos candidatos en contienda. Las matemáticas son claras: en 2016, Trump obtuvo 62.984.828 votos y hasta el día de hoy los votos “populares” suman 70,4 millones, un 11% más. ¿Cómo se explica tal aceptación de Trump pese a la forma autoritaria e incompetente como ha gobernado y a su talante agresivo, incluso vulgar? ¿Cómo entender su posición negacionista frente a la pandemia que él mismo padeció y superó, pero que sigue diezmando de manera severa amplios segmentos de la población? ¿Con el triunfo de Biden-Harris, ha muerto el “trumpismo”? ¿Quién se hará con sus huestes? ¿Cuál será la estrategia del Partido Republicano? …
Cabe un rosario de preguntas que ya empiezan a formular analistas estadounidenses al igual que sus pares, dirigentes y ciudadanos de las democracias occidentales que se han visto fuertemente afectadas ante la política de Estados Unidos, nacionalista de los últimos cuatro años. Incluso aislacionista en algunos frentes tradicionalmente compartidos con otros países y organizaciones que trabajan conjuntamente en búsqueda de gobernanza global en campos tales como la salud, la educación, la ciencia y la cultura, el medio ambiente, el cambio climático, el control de las armas nucleares, el comercio internacional, la defensa trasatlántica etc. Área de relaciones internacionales que Joe Biden conoce ampliamente por lo que se espera que retome posiciones para, al menos, restablecer alianzas y dar un poco de tranquilidad a regiones, como la Unión Europea y la OTAN, donde el liderazgo del país norteamericano es fundamental.
El conteo electoral, que oficialmente se dará a conocer el 14 de diciembre próximo, muestra la extrema polarización de su población. El comportamiento político de estados prevalentemente rurales y por ende atrasados en cuanto a nivel de educación de sus pobladores es similar al que expresan los ciudadanos de estados desindustrializados y decadentes, tales como Pensilvania, Wisconsin y Ohio que le dieron sorpresivamente el triunfo a Trump hace cuatro años por cuanto supo captar con promesas la angustia y avivar la esperanza de millones de familias apartadas de la ruta del progreso y sumidas en estado de pobreza, sin empleo, sin ingresos, sin subsidios y sin servicios de salud.
Manifestaciones coyunturales, sintomáticas, insuficientes, que inducen a escudriñar el meollo del problema, a indagar las causas estructurales propias de un sistema liberal, individualista y capitalista que han sido inherentes a la democracia estadounidense con la excepción en los últimos cien años de la pausa progresista liderada por Franklin Delano Roosevelt a raíz de la Gran Depresión que logró superar mediante políticas económicas keynesianas, expansivas y redistributivas, que dieron lugar al surgimiento de la clase media y a tres decenios de equidad y justicia social. Hasta cuando, en los ochenta, emerge el engendro socioeconómico friedmaniano del neoliberalismo, reducción del tamaño del Estado, libertad y globalización comercial, industrial y financiera, que durante varios decenios benefició a los Estados Unidos y continúa afectando de manera severa a países en vía de desarrollo como los de América Latina y el Caribe. Pero que, larvado, también ha marginado amplios sectores de la población estadounidense, ampliando la brecha de la desigualdad ante la veloz concentración en pocas manos de los beneficios del sistema, alimentando la protesta social, la misma que brota con frecuencia de forma violenta en otros países, fruto de sentimientos de indignación, ira y desesperación. Material social fácilmente moldeable para líderes nacional-populistas como Donald Trump quien, tanto como candidato como presidente, se comporta como abanderado de esas huestes. Por eso, según los analistas de encuestas y comportamiento electoral, quienes consideraban prioritario el factor economía, votaron abrumadoramente por la reelección de Trump.
Hay otros elementos que tipifican a la sociedad estadounidense: la supremacía del hombre blanco, ahora expresada en un nuevo grupo aupado desde la presidencia por Trump, con vocación de lucha violenta, los “proud boys”, el desprecio por los negros descendientes de esclavos y la segregación de la mujer en cuanto a la igualdad de derechos. Ilustra muy bien este punto la serie de televisión “Mrs. America” centrada en la Enmienda de Igualdad de Derechos -ERA, por sus siglas en inglés, que se reinició en los sesenta del siglo pasado a través de movimientos sociales feministas cuando la entonces litigante Ruth Bader Ginsburg -después Juez de la Corte Suprema de Justicia, recién fallecida y rápidamente sustituida por el Senado a propuesta presidencial- logró cambiar la jurisprudencia utilizando, vaya la ironía, un caso en el que un hombre era el desposeído del derecho de igualdad. Lo cierto es que la ERA aprobada en el Congreso en 1972 a propuesta de Martha Griffiths, 58 años después aún no ha sido ratificada por todos los Estados requeridos, tiempo durante el cual han surgido movimientos antifeministas patrocinados por organizaciones segregacionistas conservadoras que han librado intensas campañas contra la igualdad de derechos.
Otro elemento que tipifica a la sociedad estadounidense es el rechazo al inmigrante. Una ironía más por cuanto Estados Unidos de América es conocido como la cultura del “melting pot”, crisol de inmigrantes, tal como lo son Donald Trump, Joe Biden y Kamala Barris. Esta posición negativa se ha robustecido por razones de seguridad después de los ataques del 11S. En ese momento, surge otra arista de la cultura estadounidense, la de la religión en una nación profundamente arraigada a principios cristianos en sus diferentes capillas si bien, en virtud de su poder económico, tienen amplia acogida los judíos. De allí que, unos y otros, Obama y Trump, han mantenido fuertes políticas migratorias que niegan derechos aprobados por convenciones internacionales, construyen muros en la frontera sur, devuelven a su país de origen a inmigrantes llamados ilegales, mientras algunos empresarios se lucran del trabajo precario de once millones que viven en la clandestinidad. El colmo de estas medidas ha sido la separación de menores de edad de sus padres y mantenidos en un claro estado vejatorio y que sin compasión ha tomado Trump.
Estas breves referencias sirven para afirmar con Mesrine Malik que el grado de insatisfacción de la población estadounidense es tan alto que Biden necesita realizar cambios radicales, si no “otro Trump saltará a la escena en breve”. “Muchos votantes no vieron a Trump como un malvado, lo vieron como un hombre que quiebra reglas en un sistema quebrado. En cuanto no haya cambios fundamentales habrá maldad en la reserva.” En otras palabras, mientras subsista el sistema capitalista, individualista, insolidario -y no hay signos de cambio a la vista siquiera por un capitalismo social o un socialismo democrático- la indignación seguirá fermentando y emitiendo vapores de ira, revancha, venganza y disposición para engrosar las filas de quien les prometa reivindicarlos en sus derechos.
Quedan varias semanas para el cambio de turno, el 20 de enero de 2021, durante las cuales el presidente mantiene sus plenas funciones en todos los campos tal y como lo acaba de demostrar al despedir intempestivamente al Secretario de Defensa, Mark Esper, por oponerse al desplazamiento de tropas en el territorio nacional, pero que también, cabe imaginar, podría relacionarse con eventuales aventuras bélicas en el campo internacional. Irán, Siria, Yemen, Oriente Próximo, Sahel, incluso Sudán del Sur son conflictos que interesan al Pentágono. Tiempo que utilizará para definir sus estrategias, las inmediatas como la de continuar judicializando los resultados electorales en algunos distritos, incluso apelar a la Corte Suprema de Justicia, aupar a los grupos milicianos que se exhiben armados como fuerzas de combate en virtud de otra arista de la sociedad estadounidense difícil de eliminar, la libertad de poseer y portar armas, producto de la Segunda Enmienda Constitucional vigente desde 1791. Y las de mediano plazo, pensando en las elecciones de 2024 a las que él se puede presentar, o su hijo mayor Donald Trump Jr. o su hija Ivanka, supuestamente con el respaldo del Partido Republicano en cuyo interior se librará una gesta en busca de hacerse con su dirección y control.
Sin duda, tendrá igualmente que atender asuntos relacionados con su futuro personal, el de los negocios en los que, por diferentes razones, incluso los efectos de la pandemia, anda en graves dificultades, y el de los doce juicios penales en curso, ahora sin la inmunidad presidencial. Entre tales procesos, el juicio fiscal en la Corte del Estado de Nueva York es el de mayor riesgo . Algunos comentaristas lo ven de nuevo actuando en la televisión, impulsando la marca Trump en sus negocios, publicando libros con sus memorias, dando conferencias y demás actividades propias de los expresidentes. Aunque pesará como una losa el manejo negacionista e irresponsable de la pandemia y su talante de confrontación que ha agudizado la división entre sus connacionales. No será extraño verlo muy activo en las redes sociales incluso con el apoyo cibernético ruso o ucraniano, así como respaldando abiertamente a grupos de extrema derecha como el QAnon que, de forma inesperada, ha ganado un escaño en la Cámara en representación de Georgia.
La mayor incógnita, sobre la que es difícil formular especulaciones, es la estrategia política de China y Rusia, potencias hostiles a la política del actual presidente, pero amigas en cuanto a la acogida a sus negocios. Es posible que coincidan en colocarse en calidad de espectadores del incierto proceso de transición hasta el mismo día de la posesión del nuevo presidente. China, caracterizada por su paso lento pero firme y su visión a largo plazo, seguirá su hoja de ruta hacia el objetivo de potenciar tecnologías cuánticas, el control aeroespacial y la extensión de su red de comunicación terrestre y marítima de todo el planeta. Pues, a final de cuentas, lo que persigue es reemplazar a Estados Unidos en el liderazgo mundial.
La composición del Congreso, particularmente la del Senado parece que se prorrogará hasta enero cuando se defina en nuevas elecciones el desempate en Georgia. Los proyectos de ley que Biden y el Partido Demócrata tengan en su plan de gobierno tendrán que contar con la aprobación de las dos cámaras. En la Cámara de Representantes la situación mayoritaria parece confirmada, aunque menor a la obtenida hace dos años. En el Senado, hasta el momento, la mayoría republicana sería menor pero suficiente para bloquear las propuestas demócratas. No se vislumbra que haya una división en el seno del Partido Republicano, pero es previsible que Biden, dada su experiencia parlamentaria y gubernativa, así como su talante transaccional, logre negociar algunas de sus propuestas legislativas.
Quedan semanas de incertidumbre en las que la economía también jugará su baza, tanto en los mercados bursátiles, que han acogido con alzas importantes el anuncio de Pfizer de la vacuna contra la Covid-19, mientras, a la fecha y hora de cerrar este artículo, el mercado cambiario devalúa el dólar americano en un 5%. También falta saber las funciones que Biden asignará a la vicepresidenta Kamala Harris, de quien se espera que lidere iniciativas y decisiones progresistas en el campo social que no dan espera como la salud, la educación y el empleo. En el nuevo gabinete jugarán papel fundamental los secretarios (ministros) del área económica con el fin de avivar ese sector. Los veloces cambios tecnológicos no constituyen un aliado en la actual coyuntura pues su implantación es destructiva, así más adelante resulte constructiva tal y como ha sucedido en anteriores revoluciones tecnológicas. El New Green Deal, propuesto por la senadora neoyorquina Alexandria Ocasio-Cortés, tomará tiempo en llevarse a cabo, sin olvidar que es la fórmula que resuelve de forma simultánea la crisis económica, la social del desempleo y la medioambiental del calentamiento global.
En conclusión, es de agradecer la bocanada de aire fresco que el triunfo de Biden ha traído al mundo occidental donde pervive el sistema democrático. Sin embargo, la expectación surgida ante la negativa de Trump a reconocer los resultados electorales y los recursos varios para intentar desconocerlos no permite proyectar un futuro inmediato que brinde certeza. Incluso, posesionado el nuevo presidente, la democracia estadounidense seguirá avanzando hacia el caos por cuanto las causas estructurales del sistema no se modificarán, al menos a corto y mediano plazo. Sin desconocer que puede haber paliativos que le den oxígeno y la mantengan con vida.
Valencia, 10 de noviembre de 2020
[1] The Guardi+an. Nov. 8, 2020
¡Qué buen análisis!
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Gracias, me complace leer tu comentario.
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Me complace leer tu comentario. Gracias.
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