GOBERNAR, ¿AQUÍ Y AHORA?


“Como la dicha de un pueblo depende de ser bien gobernado, la elección
de sus gobernantes exige una reflexión profunda.”
Joseph Joubert
 
 
 
Néstor-Hernando Parra

Mandar, guiar, dirigir con autoridad a un país son elementos que definen la palabra gobernar, lo que supone conocimiento y voluntad de acertar. Sin embargo, su ejercicio requiere condiciones de tiempo, lugar y modo, además de otras relacionadas con valores como la confianza que debe alimentar el gobernante entre sus conciudadanos. Este factor sociológico y psicológico adquiere máxima importancia en momentos como el actual cuando los mandatarios de los diferentes países del orbe luchan contra la propagación y los efectos de la pandemia, y la ciudadanía espera que quienes gobiernan acierten en las medidas que toman, por lo que en principio les extienden un “cheque en blanco” con la reserva implícita de ver resultados para confirmar su validez.

La incertidumbre surge en ambos lados de la ecuación. De uno, por cuanto no se conocen protocolos ni antecedentes válidos de cómo encarar, resistir y superar pandemias como la del COVID19, situación que están atravesando los gobernantes de todos los países, incluso los presidentes Trump y Bolsonaro, escarnecedores de la ciencia y la realidad. Del otro, porque el miedo -al contagio y a la muerte- obnubila el pensamiento y entraba los sentimientos. A esta situación genérica hay que añadir la logomaquia de grupos negacionistas y las estrategias arteras de los partidos políticos de oposición al partido o coalición gobernante, que a la larga suelen resultar estólidas por cuanto son concebidas por dirigentes que, de tiempo atrás, han fomentado en la opinión pública un clima dominado por los vapores del sectarismo[NHPE1]  y la polarización.

Una condición para obtener y mantener la confianza es la transparencia de los actos del gobernante por lo que el factor comunicación, oportuna y veraz, es fundamental. Esto nos lleva al “aquí y ahora” que, después de casi seis meses de declaración de la pandemia por la OMS, se ha vuelto un presente continuo global convertido en un treno de por sí deprimente. Global, porque las estadísticas y las informaciones abarcan a todos los países, lo que permite comparaciones de diversa índole relativas al número de contagiados, hospitalizados, en cuidados intensivos, recuperados y fallecidos, expresados en índices por cada millón de habitantes lo que permite hacer un ranquin que pone en evidencia el grado de acierto -o desacierto- de las medidas de los diferentes gobiernos, una especie de evaluación continua, de rendición de cuentas diaria pues la responsabilidad de la toma de decisiones es del gobernante nacional.

Estadísticas que, a raíz de las cuarentenas y cierres de gran parte de las actividades normales de la sociedad y la economía, también muestran los efectos negativos en cuanto a niveles de desempleo, aumento de la desigualdad y la pobreza, el decrecimiento del PIB y el aumento de la deuda y el déficit públicos. Sin dejar de lado la alta concentración en empresas tecnológicas como la triple A: Amazon, Apple y Alibaba, que sacan del mercado a numerosas empresas medianas en virtud de los saltos en la aplicación de tecnologías digitales. Situación de la que no escapa ningún país por lo que el problema se vuelve global, aunque, al no haber organismos de gobernanza en ese nivel –si acaso solo sirven como orientadores como la Organización Mundial de la Salud -OMS, – se produce un “ritornello” a los escenarios nacionales en los que las que el gobierno toma las medidas del caso. Responsabilidad que debieran asumir los diferentes poderes del Estado, haciendo propicio el análisis crítico de la información entre los voceros de las diferentes agrupaciones políticas, la evaluación de los informes de los científicos y aparcando los partidos de oposición las diferencias ideológicas y el apetito de hacerse con las riendas del gobierno, dando prioridad al bien común, la salud y el bienestar de los gobernados. ¡Vana utopía!

Queda el recurso de la cooperación entre Estados. En este caso, la Unión Europea es un ejemplo por seguir infructuosamente intentado en países latinoamericanos decenios atrás. Pero, como la situación de la pandemia es crítica, bien vale sugerir que gobernantes y responsables de la salud pública de algunas regiones tuvieran conferencias periódicas con el auspicio de la Organización Panamericana de la Salud -OPS, y la participación de la academia científica a fin de contrastar experiencias y cooperar mutuamente en procura de encontrar fórmulas para contener la expansión del contagio, la curación de los infectados, salvar vidas y reducir al mínimo el número de fallecimientos. Tal cooperación podría darse por ejemplo entre Colombia, Ecuador, Perú y Chile que tienen en común ser países andinos y disfrutar de costas sobre el Pacífico. Igual podría darse entre Colombia y los países centroamericanos con los que también la une elementos geográficos comunes.  
 
Lícito comparar al gobernante con el estadista que, si bien su significado lo limita la RAE a “persona con gran saber y experiencia en los asuntos del Estado”, en política se le tiene como quien se ocupa de aspectos públicos trascendentales, con visión de largo alcance, por encima de los poderosos intereses de grupo, a la manera de un conductor espacial de sus conciudadanos hacia nobles objetivos en busca de un futuro en el que reine el bien común. El estadista está dotado de destellos de iluminación, de un carisma que irradia credibilidad y de una seguridad interior que lo lleva a perseverar en sus propósitos. De sus éxitos o fracasos solo el tiempo lo dirá.

A primera vista, parecería que no es la hora del estadista, sino la del gobernante, concentrado en el “aquí y ahora” proyectado a corto plazo, dada la incertidumbre mayúscula reinante ante el prologando imperio del virus, la carencia de protocolos clínicos y la falta de una vacuna, todo lo cual lo induce a experimentar, ensayo-error.

Sin embargo, ante los avisos, cada día más creíbles y casi evidentes, de los efectos perversos del calentamiento global, la presencia y propagación de nuevos virus, la destrucción de empleos por la inteligencia artificial, la guerra persistente entre China y Estados Unidos en busca de convertirse o permanecer como primera potencia mundial, la necesidad de domeñar la crisis económica que, al menos, se extenderá durante un decenio, más un largo etcétera, obligan al gobernante a prever el futuro y en consecuencia contar con un grupos de expertos dedicados a la planificación estratégica, a largo plazo, en constante comunicación con el grupo de asesores encargados del presente histórico. Esa parece que ha sido y es la clave del sistema chino. Sugerencia válida para países como España que cuenta con medio centenar de expertos asesores en el manejo de la coyuntura. En Colombia, infortunadamente el Departamento Nacional de Planeación -DNP, se ha reducido a plazos cuatrienales inducidos por el gobernante de turno, por lo que perdió su concepción estratégica inicial.  

A lo anterior hay que agregar que el poder político está desconcentrado, delegado o descentralizado en diferentes grados, sin olvidar que hay países con un alto poder de concentración. En el caso de España cabe tener en cuenta que hay 17 Comunidades Autónomas más las ciudades de Ceuta y Melilla que también disponen de facultades delegadas del poder central. La sanidad y la educación, por ejemplo, son competencia de las Autonomías, de allí que para retomar y unificar el mando de forma temporal hubo necesidad de acordar con el poder legislativo la declaración del Estado de Alarma. Cumplido el tiempo, las Autonomías recobraron las facultades delegadas, las que tienen que igualmente coordinar con los poderes locales o municipales. De todas formas, las políticas generales, a manera de guía, son facultades del poder central que deben seguir las regiones y las localidades. Así, la coordinación se convierte en instrumento esencial en la administración pública.
Es un tópico afirmar que, desde hace años, el mundo carece de líderes y que la política ha perdido respetabilidad en los países democráticos por la extensión de la corrupción, el poder del dinero y las cuestionadas formas de manejo de los medios comunicación, convencional y digital, que propagan mentiras, falsedades y sirven para ascender al poder a personas carentes de visión de gobernantes.

 Lo cierto es que, como ya lo hemos comentado en otros escritos, hay una ola de populismos de diferentes tintes y matices que cuestionan y ponen en riesgo la supervivencia del sistema democrático. Tal el caso de los Estados Unidos y Brasil, que suman cerca de seiscientos millones de habitantes, muchos de ellos mansos seguidores de las trolas de sus respectivos presidentes. Factor que hay que añadir a los ya mencionados arriba pues tienen que ver con la ideología en la que se fundamenta la estructura misma del Estado.

Analistas y medios de opinión responsables avizoran la extensión del sistema dual de China, donde el mercado y el estado se funden de forma simbiótica y reina una especie de emperador que controla desde “el Partido” la totalidad del sistema. Otro elemento más para tener en cuenta en el complejo e incierto escenario que estamos viviendo en plena y prolongada pandemia en el que los gobernantes de turno forzosamente centran su atención en el ahora, si bien los ciudadanos tienen la facultad de evaluarlos, reemplazarlos o respaldarlos en las convocatorias electorales periódicas como habrá de suceder el 3 de noviembre en los Estados Unidos. El mundo está expectante.
 
Valencia, 28 de agosto de 2020

 [NHPE1]

2 respuestas a “GOBERNAR, ¿AQUÍ Y AHORA?

  1. Doctor Néstor Hernando, gracias por su artículo cuyos contenidos son elementos pertinentes para el análisis de nuestra situación actual, como habitantes de este planeta y yo como ciudadano colombiano. Sin duda alguna no estamos siendo gobernados por los mejores funcionarios o servidores públicos (sin pretender desacreditar a quienes fungen de gobernantes). Yo resalto la ineptitud de los poderes públicos, la escasa vocación de servicio y la ideologización de los votantes o su mayoría, pero este no es el momento ni el espacio adecuado para penetrar este tema. El gobierno, la gobernanza y la gobernabilidad son más unos conceptos estudiados en ciencia política que actitudes visibles asumidas por los responsables de los Estados en estos tiempos de pandemia (y anteriores). El asunto pandémico es muy nuevo y aún desconocido en los países, solo nos nutrimos de estadísticas y de conjeturas, pero seguimos en un limbo en cuanto soluciones definitivas y tiempos de duración. Los resultados concretos no se ven ni se vislumbran en el corto plazo, la esperanza y el optimismo siguen siendo nuestros únicos aliados. La gente vota por un candidato más por las emociones que despierta que por sus fortalezas intelectuales y perfiles actitudinales. El facilismo se impone muchas veces y el clientelismo se mueve hábilmente. Es indignante que los corruptos siempre van adelante y el anhelado cambio es una utopía. La pandemia no se cura porque sí, seguiremos esperando la anhelada vacuna y el cambio de actitud de quienes tienen responsabilidades como gobernantes.

    Muchas gracias.

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  2. Muy pertinentes comentarios, profesor Bonil. Gobernar en tiempos de pandemia exige, al menos, creer en la ciencia y servirse de ella gracias a especialistas y tener una mentalidad abierta, realista y optimista que le permita generar confianza entre los gobernados. Transparencia y humildad en sus comunicaciones, lo primero para merecer respetabilidad, lo segundo para poder reconocer errores, desaciertos involuntarios, propios del desconocimiento global de protocolos relativos a la forma de evitar, curar y erradicar el virus. Transmitir empatía y compasión para motivar a cada quien a su manera el sentimiento de resiliencia.
    Gracias por sus aportes siempre lúcidos.

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