
“La mejor manera de entender el capitalismo meritocrático liberal es contrastando sus características distintivas con las del capitalismo clásico del siglo XIX y con las del socialdemócrata que existió entre aproximadamente el fin de la Segunda Guerra Mundial y el comienzo de la década de 1980 en Europa Occidental y Norte América.”
Branco Milanovic[1]
A pesar de la impresión de que en los Estados Unidos siempre ha prevalecido el capitalismo -el liberal, el neoliberal y el meritocrático- lo cierto es que, desde la época de la Gran Depresión, mediante el programa del New Deal, en los cuatro periodos presidenciales de Franklin Delano Roosevelt (1933-1945) se adoptaron políticas socialdemócratas basadas en el keynesianismo con las que el presidente asumió valerosa y exitosamente los efectos de la crisis. Políticas que buscaron moderar la desigualdad y combatir la pobreza extrema mediante un régimen tributario que gravó fuertemente al gran capital y a los altos ingresos lo que permitió que el Estado asumiera funciones públicas -como la educación, la salud y la vivienda- y en esa forma se avanzara en una equitativa redistribución de ingresos. Esto dio nacimiento a la clase media hasta entonces desconocida, a la que con razón se denominó el “colchón de la democracia”.
Es cierto que los estadounidenses han rechazado toda acepción relacionada con la palabra socialista pues la asemejan a comunismo, sistema indudablemente opuesto al capitalismo en sus diferentes modalidades o versiones, incluida la socialdemócrata. En 1919, el Partido Socialista de América, como consecuencia de una consulta con sus afiliados, adhirió al Komintern, excluyendo a los representantes del socialismo democrático original, convirtiéndose en el Partido Comunista de América, el que subsiste hasta el día de hoy con un número muy pequeño de afiliados y sin tener ningún representante en los cuerpos colegiados.
Uno de los momentos más recordados en la persecución contra los comunistas -entre los que incluían a partidarios de ideas progresistas- fue la del macartismo (Joseph McCarthy lideró esa cacería de brujas) a mediados del siglo pasado. Paradójicamente, a raíz de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos y Rusia fueron aliados y la ganaron con Inglaterra y Francia. La pugnacidad surgió desde el mismo momento en que la URSS y EE. UU. dieron comienzo a la “guerra fría”, cada uno en plan de hacerse con territorios o aliados en el que todos los medios eran válidos.
Como resultado de la lucha ideológica, las fuerzas reaccionarias fueron gradualmente desmontando, limitando o desvaneciendo las funciones del Estado en el sector social. Así se dio punto final a la educación superior gratuita ofrecida por las universidades públicas a partir de los 80 cuando Reagan, al igual que Thatcher en el Reino Unido, adoptara la política neoliberal. A cambio, para poder acceder a la educación superior, se ofrecieron créditos cuyas estadísticas muestran que dos de cada tres egresados, 45 millones, tienen deudas pendientes, que el total nacional de las mismas ascienda a más de 1.6 billones de dólares y que la amortización individual se haya convertido en una especie de hipoteca a 30 años que muchos no pueden cubrir.
En el sistema de salud, la situación no puede ser peor. Así lo evidencia la pandemia actual del COVID-19 dada la gran dependencia de China en cuanto a medicamentos y material sanitario y la reducida dotación de equipos requeridos para atender a los contagiados, consecuencia de la globalización y deslocalización industrial en Estados Unidos. La sanidad pública está en manos de las llamadas aseguradoras que ofrecen y administran diferentes modalidades, como el Medicaid y el Medicare. A pesar del “Affordable Care Act” (Obamacare) -diezmado por el señor Trump-, cerca de 30 millones de ciudadanos no tienen acceso a ninguno de los programas de salud. Según la OCDE (2015), Estados Unidos es uno de los tres países miembro (Polonia y Grecia son los otros dos) que “no tienen una cobertura de salud universal”.
El gasto proveniente del sector privado es el más alto de todos y el costo de tales servicios resulta exorbitante por beneficiario en comparación con los de otros países altamente desarrollados. Las primas más los copagos son excesivamente altos. De esta forma, se ha ido profundizando y transmitiendo a las nuevas generaciones la desigualdad social y económica, por lo que la educación y la salud, junto con el empleo y un desarrollo sostenible, son temas centrales de la campaña electoral del Partido Demócrata, en la que el veterano Berni Sanders, a nombre del ala socialista (no socialdemócrata), y la joven parlamentaria de origen latino Alexandra Ocasio-Cortez, del Green New Deal, han sido los principales protagonistas, sin desconocer la posición de Elizabeth Warren, ahora retirada de la consulta interna del partido y posible fórmula de Biden para la vicepresidencia.
Aunque Sanders se ha retirado de la lisa electoral, declinando en favor de Biden, es indudable que lo esencial de las políticas propuestas en su programa tendrá que ser acogido si quiere contar con el voto de sectores juveniles y étnicos, así tengan una moderación centrista tanto en su formulación como en su implementación. La diana del programa es reducir la brecha de la desigualdad entre los estadounidenses. Para tal fin, considera indispensable adoptar una política impositiva que grave el gran capital y los altos ingresos de los sectores que se refugian en el “establishment”. Mediante la redistribución, sería posible contar con un sistema de salud universal, absorber la deuda de los graduados de universidades estatales, ampliar la cobertura de empleo, elevar el nivel del salario mínimo, eliminar la diferencia de género en la remuneración laboral e incentivar la afiliación de los trabajadores a los sindicatos, y acoger energías limpias en reemplazo de la dependiente de recursos no renovables como el petróleo, el gas y el carbón. Sin embargo, su presentación oficial no sería una propuesta socialista ni socialdemócrata, sino progresista, a fin de no asustar al electorado.
Aunque falta mucho por vivirse en la actual crisis sanitaria, económica y política producida por la pandemia, que a la fecha contabiliza en Estados Unidos más de 1 millón de personas contagiadas y cerca de 60.000 muertes, el desempleo crece de 1.4 a 7.1 millones y la destrucción de empleos en cuatro semanas asciende a 22 millones, es difícil hacer predicciones. La oportunidad para hacer nacional populismo no la ha desperdiciado el señor Trump en busca de ganar su segundo periodo presidencial el 3 de noviembre próximo. La política migratoria, por ejemplo, ha sido más restrictiva, señala a China como la “productora” del virus y de no entregar datos confiables, estigmatiza a la Organización Mundial de la Salud -OMS, y le recorta aportes económicos.
Simultáneamente, con el concurso de los demócratas lanza el cuarto “plan de rescate económico” cercano a medio billón de dólares -que sumado a los anteriores asciende a casi tres billones en su conjunto-, destinados a fortalecer el sistema hospitalario, realizar test sin costo para el paciente, otorgar créditos y avales a las empresas pequeñas y medianas, ayudar a los agricultores y dar contribuciones en especie a los bancos de alimentos. Antes, había enviado “el cheque Trump” por un mínimo de mil doscientos dólares a la mayor parte de los ciudadanos estadounidenses, y establecido un fondo de rescate de aerolíneas y de la constructora de aviones Boeing.
Evidentemente, ante los efectos de la pandemia el Estado ha asumido funciones intervencionistas, salido a respaldar sectores vulnerables de la población, facilitado el acceso de emergencia a servicios de salud de toda la población estadounidense e inyectado recursos a sectores productivos esenciales. Medidas clave utilizadas por gobiernos progresistas. Por ello, los demócratas las han respaldado, así Trump las esté utilizando en favor -muy personal- de su gobierno a fin de fortalecer su imagen con miras a las elecciones de noviembre.
Sin embargo, cabe resaltar que tales ayudas no han modificado el sistema tributario (fiscal) del país, sino el monetario por medio de la banca central (La Reserva Federal de Estados Unidos -Fed) que ha bajado los tipos de interés a cero (0) y ha inyectado liquidez en el mercado de bonos del Tesoro y títulos hipotecarios. Además, al igual que durante la Gran Recesión, compra de deuda corporativa, que genera moneda y aumenta los flujos monetarios con lo que se ha reactivado el sector financiero “a expensas de decenas de millones de personas y de millones de pequeñas compañías que serán sacrificadas”.[1]
Tal expansión cuantitativa -q.e.- ha impulsado de nuevo el mercado bursátil después de la histórica caída en la semana del 23 de marzo, así la economía real siga hundiéndose con lo que se confirma una de las tesis de que habla Milanovic sobre las “desigualdades sistémicas” en cuanto a la concentración de capital en empresas tales como las mega tecnológicas Amazon, Apple, Microsoft, Facebook, Google. Por otro lado, corporaciones como Zoom Video Communications, fundada por Eric Yuan, “sumó 200 millones de dólares -179 millones de euros- a su fortuna en la semana (de marzo), con lo que su patrimonio neto aumentó a 5.500 millones de dólares -4.945 millones de euros- “[2] en virtud del 43% de aumento en el volumen de descargas en relación con 2019.
En la otra cara de la moneda, la conocida posición de Trump contraria a la ciencia lo ha llevado a cometer disparates incalificables, como el de invitar a que los contagiados se inyecten desinfectantes en sus venas, lo que, a más de la ridiculización global, dio lugar a la desautorización inmediata por sus asesores y la Agencia Federal de Drogas -FDA. Adicionalmente, en plena pandemia del COVID-19 su política belicista no cesa, ahora centrada en Irán y Venezuela, que de contera también afecta a Cuba. La caída en el precio internacional del petróleo le ha servido para llevar la iniciativa en este sector estratégico de la economía global. El dólar mantiene e incluso mejora su posición como divisa internacional y, como ya se dijo, el mercado bursátil se reanima.
Sin embargo, es preciso repetirlo, resulta difícil predecir la duración y los efectos sociales prevalentes de la actual pandemia a seis meses vista. Lo que sí puede afirmarse es que Trump seguirá utilizando los medios para fortalecer su imagen y que no le temblará la mano para adoptar políticas heterodoxas -incluso de corte socialdemócrata- y firmar los decretos ejecutivos así algunos resulten cuestionables constitucionalmente, y que lo muestren como el “hombre fuerte” que requiere el manejo de la actual situación crítica.
Queda también por conocer cuáles serán las políticas, programas y estrategias de los demócratas, quién será su formula para la vicepresidencia, pero es de suponer, con alto grado de posibilidad de acertar, que tendrán perfiles y aristas de corte socialdemócrata. Como de costumbre, los tradicionales y poderosos carteles de los sectores petroquímico, farmacéutico, armamentista, bursátil de Wall Street, mediático y ahora el digital, jugarán papel determinante -más las interferencias de fuerzas exteriores en las redes sociales- inclinarán la balanza a favor de los republicanos o de los demócratas.
Hasta el momento, el manejo de la crisis deja un panorama político difuso en cada país. Como efectos comunes, se visualizan el fortalecimiento del Estado, la limitación de ciertas libertades, el incremento exponencial de la comunicación, el trabajo y la educación virtual, la extrema vigilancia de los gobiernos a los ciudadanos mediante nuevas herramientas de la inteligencia artificial, la conveniencia de contar con un sistema público y universal de salud, y muchos más que bien vale la pena explorar en otro artículo.
Néstor Hernando Parra Escobar
Valencia, 1º de mayo de 2020
[1] Zachari Karabell. Time. Abril 29, 2020.
[2] La Vanguardia. Ed. 2-03-2020
[1] CAPITALISMO, NO MAS. El futuro del sistema que domina el mundo. (Taurus. Abril 2020)
sería una enorme mejora comparada con la situación actual. Los problemas de financiamiento de servicios de salud que estan viviendo muchos ciudadanos americanos, como así los de desempleo masivo y los de una necesidad global de manejo de la crisis sanitaria, hacen necesario mas gobierno … pero soñar no cuesta mucho!
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Gracias, amigo Néstor, por tu interesante aporte. Creo que somos muchos los que estamos pendientes de cómo evoluciona el escenario político norteamericano, aunque -por lo menos en mi caso- lo hacemos con más confusión que otra cosa. La elección de Trump me sorprendió, como a tantos, porque creo que teníamos una visión simplista de la sociedad estadounidense. No imaginé que semejante fantoche pudiera representar los inmensos intereses que debían alinearse para convertirlo en el titular de la Casa Blanca. Y , sin embargo, sucedió. Cómo el Partido Republicano cierra filas tras él es algo que se me escapa. Cómo la sociedad civil de las costas Este y Oeste no se rebela, lo mismo. Cómo los poderosos medios de información de tantísima calidad han sido neutralizados, todavía menos. Es un país con un sistema electoral absurdo, caduco e inservible en una sociedad moderna, pero ahí está.
Además, determinados valores mayoritarios, como el libre uso de armas, o la aposición a un sistema de salud avanzado, me resultan alucinantes. Así he vivido, alucinando, las imágenes de unos descerebrados de película de la Serie B, con aspecto de pandilleros de los años setenta, armados hasta los dientes, tomar casi al asalto el parlamento de Michigan.
Entiendo que haya muchísima gente que exige acabar con cualquier tipo de control o confinamiento ante la pandemia. Entiendo que prefieren morir, llegado el caso, manteniendo su fuente de ingresos que hacerlo por inanición encerrados en sus casas. Se impusieron como hegemónicos buena parte de los postulados de la Revolución Conservadora, y así va aquel país. Una sociedad dual, como tantos países de aquel continente, en la que, cada vez más, el primer y el tercer mundo conviven dentro de las fronteras nacionales.
Es un gran país, sin duda, pero parece que hubiera decidido suicidarse como tal. Tras haber puesto a un demente incapaz a los mandos del avión lo esperable es, simplemente, que se estrelle. Y nosotros no dejaremos de padecer los efectos que ello provocará.
Dr. Joan del Alcàzar
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Ernesto Barnach
Estimado Nestor:
Leí con mucho interés tu análisis sobre la política de Estados Unidos, máxime cuando yo viví en ese país del 42 al 47 con mis padres, es decir, la ultima etapa del Presidente Roosevelt, a quien supe admirar aún siendo todavía muy joven. Periodo fundamental en mi vida que ha condicionado mucho mi pensamiento y quehacer.
La verdad, me es difícil reconocer ahora este país con la presidencia de Trump. No acabo de entender cómo ha podido acceder, después de Obama, a la presidencia pero mantiene un 40% de popularidad y ello le bastaría para ganar de nuevo las elecciones.
Claro, que el mantenimiento de un sistema electoral tan anómalo que permitió a la derrotada Clinton tener 3 millones más de votos, es norma que deberían plantearse los norteamericanos pero que la tradición les impide hacerlo. Y en él que la mitad del país no vota.
El novedoso giro a la izquierda de Sanders, Warren y otros demócratas no ha acabado triunfando por excesivamente radical y deja en manos de Biden, hombre honesto, pero nada extraordinario, el destino de un país, y tal vez del mundo, desigual y polarizado como pocas veces en su historia. Difícil es saber ahora si el corona virus va a favorecer o perjudicar a Trump. El futuro es por tanto incierto y preocupante.
El país en cuestión ha cometido muchos errores a la largo de su historia tanto en política doméstica como en exterior- su tratamiento de América Latina, por ejemplo, ha sido muy negativo- y ha puesto en evidencia las deficiencias de su trayectoria capitalista. Pero la victoria de Trump sería su mayor error a menos que de alguna manera termine destruyéndose a si mismo.
En fin, recordando una de sus más populares consignas: ¨In God we trust¨
Abrazo y suerte.
Ernesto
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