“LA TRAMPA DE TUCÍDIDES” 26 SIGLOS DESPUÉS

Foto publicada por clarin.com 06-07-2018

«… a veces pienso que nadie debería ocuparse de política internacional sin haber leído antes a Tucídides».

Arnold Wycombe Gomme[1]

No es una exageración afirmar que en la historia no hay paralelo a la velocidad e intensidad con que China ha avanzado durante los últimos 40 años, hasta convertirse en la segunda potencia económica mundial, aunque hay indicadores estadísticos que muestran que desde 2014 es la primera. Tal conquista es fruto del cambio de economía planificada a una “economía socialista de mercado” desde finales de  1978, bajo la égida de Deng Xiaoping, consecuencia de la reanudación de relaciones diplomáticas con los Estados Unidos a principios de los setenta acordada entre el presidente Richard Nixon y el Premier Zhou Enlai; de la continuada planeación estratégica a  muy largo plazo; del despotismo como sistema político que durante siglos ha imperado allí; del factor demográfico -1.400 millones de habitantes; de la contribución forzada de los trabajadores a quienes han educado bajo una férrea disciplina que considera el trabajo su razón vital, pasando a un segundo plano otros valores que en Occidente son fundamentales, como la libertad individual y la familia. Algo incontestable son los avances sociales de toda la población, entre los que destaca que más de 500 millones de chinos han salido de la pobreza absoluta en los dos últimos decenios.  

Este afán exitoso de poder ha generado confrontación entre Estados Unidos y China, de forma especial durante la presidencia de Donald Trump en aplicación a su política nacional-populista, Make America Great Again, con la que ha dado un giro de ciento ochenta grados a la de globalización y libertad de mercados. El establecimiento de aranceles a la importación de algunos productos fabricados en China, contestada con similar intensidad por Xi Jinping a importaciones procedentes de Estados Unidos, ha dado lugar a frecuentes reuniones en las que se han concertado moderaciones o postergado la aplicación de resoluciones unilaterales comerciales. Los avances de la potencia oriental en la tecnología de última generación de las comunicaciones -G5, han aumentado el temor en el gobierno americano de que estén accediendo, gracias a algún tipo de dispositivo incrustado en los teléfonos móviles chinos que ya usan tal tecnología, a los sistemas informáticos oficiales y a los de grandes industrias con lo que se harían a secretos de Estado y a desarrollos científicos de empresas norteamericanas, práctica que le ha sido atribuida desde hace años.  

El dominio de los mares por empresas navieras comerciales, la “Nueva Ruta de la Seda” que abre camino y prevé nuevos puertos a través del planeta, sus avances en la conquista del espacio, su propósito de competir también como poder militar son claras muestras de que China abriga el sueño de revivir el Imperio, ahora a nivel global. Es decir, que de poder emergente pretende constituirse en dominante. El mismo reto se dio entre Atenas y Esparta en el siglo V a.C. y originó la Guerra del Peloponeso cuya Historia relata Tucídides. «Fue el ascenso de Atenas y el temor que eso inculcó en Esparta lo que hizo que la guerra fuera inevitable». Situación que se conoce como la “Trampa de Tucídides” y que algunos analistas opinan que es probable, aunque no inevitable, que se dé en el inmediato futuro entre China y Estados Unidos.

Considerado el padre de la historia como ciencia y el fundador de la ciencia política y de las relaciones internacionales, Tucídides, contemporáneo de Pericles y de Sócrates, plasmó en su libro “La Historia de la Guerra del Peloponeso”, de 27 años de duración (431-404 a.C.) entre Atenas como potencia emergente y Esparta como región dominante. Durante el medio siglo anterior, Atenas se había posicionado como potencia marítima y desarrollado en las artes y las ciencias hasta convertirse en un hito de la civilización.

Tucídides recurre preferencialmente a los discursos y a las percepciones directas de los participantes en la guerra, analiza el papel de la población y su influencia desde los puntos no implicados en el conflicto -entre la democracia ateniense y la oligarquía espartana-, mediante reuniones denominadas asambleas populares, e incorpora -por primera vez como fuente a la cual recurrir para escribir historia- la psicología del comportamiento humano en lugar del designio de los dioses que era, hasta entonces, la principal fuente.

Tucídides advierte que no escribe tal historia como narración “del momento”, sino a manera de una “persuasión para todos los tiempos” que debe tenerse en cuenta en situaciones similares en el futuro, “suceda donde suceda”. Se interesaba más por las ideologías de los dos contrincantes, tanto en la guerra como en épocas de paz, que por la narración de los escenarios y sucesos bélicos.

El poder de Atenas y el temor de Esparta en renovadas versiones se ha dado incluso en la era de posibles guerras nucleares, tal como sucedió entre la Unión Soviética y Estados Unidos en los años 60 a raíz de las armas atómicas que Nikita Khrushchev enviaba a Fidel Castro a Cuba, incidente que John F. Kennedy manejó con exitosa prudencia.  

El libro de Tucídides, de obligada lectura y estudio en todos los programas de educación superior -de pregrado y postgrado- de Historia, Ciencia Política y Relaciones Internacionales, aborda el tema de la prevención: «No olvidéis que lo mejor que un hombre puede hacer es prever el peligro antes que venga, como si lo tuviese delante»; también el de la conveniencia de establecer alianzas con otras naciones con base en intereses comunes; igualmente, llama la atención sobre los riesgos de jugarse el todo en una sola batalla. Es decir, escribe sobre lo que hoy se conoce como <guerra preventiva>, la imperiosa conveniencia de contar con aliados y sobre la equivocada estrategia de jugarse el todo en una sola oportunidad quedándose sin capacidad de respuesta.

«La cuestión definitoria del orden mundial para esta generación es si China y Estados Unidos pueden evitar caer en la trampa de Tucídides», señala Graham Allison, director del Centro Belfer de Ciencias y Asuntos Internacionales en la Kennedy School de Harvard y autor del libro «Con destino a la guerra: ¿es posible que EE.UU. y China escapen de la trampa de Tucídides?» (2017).

Es claro que la guerra entre dos grandes potencias, la imperante y la que aspira a reinar, persigue establecer la hegemonía (supremacía que un estado o pueblo ejerce sobre otro) pero al final, como sucedió en la guerra del Peloponeso en Grecia, solo queda caos, crisis, confusión y decadencia. En nuestros días, la situación resultaría de una magnitud espantable pues se trataría de una <guerra total>: serían cientos de millones de seres humanos -no combatientes- los que morirían en pocos días al librarse una guerra atómica en la que es previsible que participen terceros países que también disponen de tal recurso bélico. De allí las recomendaciones de <pensar lo impensable>, <imaginar lo inimaginable> con el propósito de evitar un final y unas consecuencias inéditas. La pregunta que surge es si la guerra entre estos dos colosos es inevitable o si existe alguna alternativa.

Parecería que cualquier alternativa a la guerra en busca de poder hegemónico depende en buena medida de los líderes de ambas potencias con el propósito de encontrar acuerdos, unir fuerzas y trabajar conjuntamente en temas clave en favor de toda la humanidad. A manera de ejemplo, cabe comparar las estrategias y formas de comportamiento de Barack Obama y Donald Trump: el primero reconocía el ascenso de China y a nombre de su país le daba la bienvenida “como un miembro fuerte, próspero y exitoso de la Comunidad de Naciones” (2011) y, al mismo tiempo, lograba que Estados Unidos ingresara como miembro de la Alianza Asia Pacífico, zona en la que se concentra el mayor poder de China, grupo del que, recién posesionado, Trump se desafilió mientras declaraba la guerra comercial a la potencia oriental y cambiaba radicalmente la política económica.

 Todo acuerdo internacional requiere confianza mutua, reglas de juego claras y comprensión de la diferencia de filosofía de vida e idiosincrasia de los pueblos. Este último aspecto queda evidente en el documental “American Factory”, realizado por Steve Bognar y Julia Reichert, relativo a la apertura, en Dayton (Ohio) en 2014, de una fábrica para producir vidrios para automotores en una de las instalaciones abandonadas desde el cierre de General Motors en 2008. El multimillonario Fuyao invirtió 500 millones de dólares, trajo trabajadores chinos de élite y contrató a 2.000 americanos, que se encontraban sin empleo desde el cierre de GM, a quienes remuneró con un salario que era menos de la mitad de lo que ganaban en la empresa americana. Ante la exigencia patronal a los trabajadores locales de laborar sin límite de horario como sí lo hacen los chinos, la carencia de seguridad laboral, intentan constituir un sindicato, pretensión que es manejada hábilmente por el inversor chino, despidiendo a los líderes, invitando a grupos para que visiten China y conozcan la empresa matriz y subiendo el salario en dos dólares por hora. Además, comienza a reemplazar mano de obra por máquinas, automatización que hoy en todo el mundo destruye puestos de trabajo.

El contraste de actitudes y comportamientos entre los chinos y los americanos es evidente: los primeros no tienen inconveniente en trabajar de forma continua por varias semanas, pues visitan a sus familias solo una o dos veces al año, a las que, de todas maneras, añoran. No tienen interés, ni forma, de confrontación con el empresario pues, de forma automática, todos los trabajadores en China hacen parte del sindicato único, bajo el control total del Partido Comunista.

En síntesis, se trata de culturas radicalmente diferentes en cuanto a la filosofía de vida y a sistemas políticos diferentes: de una parte, la bicentenaria e imperfecta democracia americana, y de la otra, el milenario Leviatán despótico chino. Una basada en la libertad individual, la vida en comunidad, el derecho al ocio versus la China en la que prevalece el valor trabajo como razón de vida. El documental así lo pone de presente.  

Volviendo al tema central hay que recordar que, como dijo Lee Kuan Yew: “La magnitud del desplazamiento del equilibrio de poder mundial es tal que el mundo deberá buscar un nuevo equilibrio. No es posible pensar que se trata de otro gran actor. Este es el más grande actor en la historia del mundo… La intención de China es ser el poder más grande en el mundo”.

Valencia, 24 de enero de 2020


[1] “La Historia de la Guerra del Peloponeso”. 3 tomos.

3 respuestas a ““LA TRAMPA DE TUCÍDIDES” 26 SIGLOS DESPUÉS

  1. Maestro de maestros!!

    Excelente texto. Deberías compartir esto con un especial de El Nuevo Día. Hay que darle a la región información de calidad!!

    Un abrazo,

    gpf

    El vie., 24 ene. 2020 a las 11:15, Visualizando las tendencias contemporáneas de la humanidad () escribió:

    > Néstor Hernando Parra posted: » Foto publicada por clarin.com 06-07-2018 > «… a veces pienso que nadie debería ocuparse de política internacional > sin haber leído antes a Tucídides». Arnold Wycombe Gomme[1] No es una > exageración afirmar que en la historia no hay paralel» >

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  2. No cabe duda alguna de que China es una potencia tecnológica, económica y atómica. Tampoco hay que dudar de su interés en alcanzar el predominio mundial por encima de su rival USA, la otra potencia también tecnológica, económica y atómica. No sé si entre las dos ya exista un equilibrio de fuerzas, es posible que no, considero que la balanza se inclinaría de alguna manera a favor de USA, pero la cuestión no es el enfrenatmiento de las dos potencias para dirimir la cuestión como en un partido de fútbol. El asunto central de mi idea es que el mundo mira a las dos potencias como una nueva alternativa de paz, que no consideren la guerra como alternativa de poder. Hoy mismo este aforismo adquiere relevancia con la aparición del coronavirus, es la humanidad con todo su progreso la que está en grave peligro y esto no tiene que ver con aviones, tanques y demás artefactos de destrucción bélica. Cuando hay un enemigo común que no hace ruido ni desfiles como el virus en cuestión, las potencias deciden la ayuda mutua y no la hegemonía política o ideológica o económica. Este sentimiento y conciencia de vulnerabilidad propia del humano no hace que de aquí en adelante se termine el «enfrentamiento» China – USA, pero quizás arroje otras perspectivas de mejoramiento del entendimiento del humano. Creo que el asunto plantea un buen motivo de pedagogía humana.

    Volver a la historia antigua es tanto agradable como pertinente, del pensamiento de los antiguos nos alimentamos cognitiva y deontológicamente y seguiremos alimentando nuestra conciencia y conocimiento. En este sentido el señor Tucídides sigue vigente. Muchas gracias Doctor Néstor Hernando, deseo su bienestar.

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    1. En efecto, el peligro global -sin discriminación por ideologías, poder, raza, sexo- invita a unir esfuerzos. El caso del coronavirus que estamos empezando a vivir es un excelente ejemplo. Al mismo tiempo que es una amenaza a todos, lo es también para cada uno de los ciudadanos. Cabe destacar que en el centro de esta experiencia está la Organización Mundial de la Salud, organismo de las Naciones Unidas, debidamente acatada por los países y sus gobernantes. Se trata de la unión de científicos al servicio de la humanidad que actúan ante evidentes e inmediatos peligros en los que no caben interpretaciones por la contundencia de los hechos.
      Bien diferente al caso del medio ambiente amenazado por el calentamiento global por la emisión de CO2 de energías contaminantes. Curioso que ni China ni Estados Unidos (retirado por decisión de Trump) participen del Acuerdo de París.
      En el caso de las dos Potencias, la reinante y la aspirante a dominar, intervienen políticos y gobernantes en los que prevalecen su deseo de poder hegemónico, y otras motivaciones, prejuicios e ideologías que les obnubila. He allí la «Trampa de Tucídides» que por fortuna no es inevitable, pero que para que no suceda requiere de iluminación conjunta a los responsables de la conducción de sus respectivas naciones.
      Gracias, profesor Bonil Reyes, por sus comentarios y aportaciones.

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