HUMANISMO TECNOLÓGICO, UN RELATO POR RENOVAR

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“…en las décadas que vienen, debido a una combinación de disrupción tecnológica y colapso ecológico, la generación más joven podrá sentirse afortunada si al menos consigue subsistir. En consecuencia, nos queda la tarea de crear un relato actualizado para el mundo”.

                Yuval Noah Harari[1]

Si bien es cierto que la historia de la civilización es el relato continuo de la influencia recíproca entre el hombre y sus creaciones tecnológicas, así como de éstas en el ser humano y en sus ámbitos psicosociales, políticos y económicos, hoy confluyen, a manera de una tormenta perfecta, avances desde diferentes áreas del conocimiento, junto con depredaciones de la naturaleza, que generan confusión y hacen impredecible el futuro. Tal situación se convierte en angustiosa perplejidad ante la simple insinuación de la creación de un nuevo ser: transhumano, a-mortal, producto de diseños genéticos, en el que, además, se incorporan aparatos y aplicaciones tecnológicas, que le hacen superior en cuanto a inteligencia, aunque también deshumanizado, en el sentido ético y social, aislado, solitario, ignorante de su identidad, a manera del Frankenstein imaginado por Mary Shelley hace doscientos años.

Sí, el hombre es un ser tecnológico y las tecnologías son resultado de la creatividad y la innovación del ser humano y, por tanto, un bien público, aunque, en virtud del régimen de patentes, se han convertido en un recurso del mercado, hoy controlado por un puñado de empresas globales en la esfera de las tecnologías digitales y del espacio cibernético. El sistema de comunicación binario, hasta ahora, ha alimentado la esperanza de un nuevo humanismo, avizorando la evolución de la inteligencia y la igualdad de acceso al conocimiento, conectando culturas locales y regionales en el contexto global, avivando el concepto de humanidad pues, además de activar  la comunicación, incentiva el diálogo civilizatorio, las dimensiones ética y social que facilitan la reinserción de los excluidos y producen una nueva fusión de identidades e individuos y comunidades desestructuradas.[2] Así se ha forjado la teoría de la información y la inteligencia colectiva compuesta no solo de ideas sino por personas en forma ubicua. De igual manera, las nuevas tecnologías están contribuyendo a la construcción de una comunidad democrática, al mejoramiento de las administraciones públicas, el surgimiento de las ciudades inteligentes, en busca de aumentar eficiencia, competitividad, sostenibilidad ambiental y una mayor participación ciudadana. Sin embargo, tales avances -bien se sabe- están incrementando la desigualdad entre países, regiones, entre la ciudad y el campo, entre los ricos y los pobres hasta crear abismos insalvables, distancias casi siderales.

El tsunami de la Inteligencia Artificial (IA), del Internet de las Cosas (IDC) y de los avances de las neurociencias, está destruyendo concepciones, principios, valores tradicionales lo que hace previsible la desaparición del ser humano, del homo sapiens, como lo anota Harari. Sin embargo, es igualmente imaginable que los sectores afectados negativamente por la desigualdad en el acceso a tales tecnologías sean los encargados de conservar las características de la humanidad con lo que se producirá la división entre quienes asumirán las novedades y los que las rechazarán, quienes, refugiados en colonias tecno-fóbicas, harán causa común con los núcleos de población ausentes e intocados por las tecnologías. Quizá, un siglo después resulte reivindicándose el humanismo que se oponía a los avances tecnológicos (Spengler, Ortega y Gasset, von Keyserling), ahora justificado por sus excesos destructores del mismo ser humano.

¿Cuáles serán las transformaciones en el ser humano y sus ámbitos relacionales, cuáles sus sentimientos, su ética, su sentido de pertenencia a la sociedad…? Las investigaciones en esas áreas del conocimiento caminan a paso de tortuga. También, es preocupante el complaciente abandono de los sistemas educativos del área de las humanidades y las artes liberales como bien lo ha reiterado Martha Nussbaum[3] al recibir el doctorado Honoris Causa en la Universidad de Antioquia:

“Las humanidades y las artes están siendo eliminadas, tanto en la educación primaria-secundaria como en la técnica-universitaria, en prácticamente todas las naciones del mundo, vistas por los responsables políticos como adornos inútiles, en momentos en que las naciones deben cortar todas las cosas inútiles con el fin de mantener su competitividad en el mercado global, éstas están perdiendo rápidamente su lugar en los planes de estudio y también en las mentes y corazones de padres y niños. De hecho, lo que podríamos llamar aspectos humanísticos de la ciencia y las ciencias sociales – el aspecto creativo imaginativo y el aspecto del pensamiento crítico riguroso – también están perdiendo terreno, debido a que las naciones prefieren perseguir beneficios a corto plazo cultivando habilidades útiles y altamente aplicables, adaptadas a fines lucrativos.

Adornos o conocimientos inútiles como la filosofía, la historia, las bellas artes cuya aplicación tradicionalmente ha asumido el sistema educativo de cada país en estrecha conexión con toda la comunidad, pues, como bien lo recuerda el pensador y escritor colombiano William Ospina: “el propósito de todo proceso educativo no es sólo crear seres humanos libres, lúcidos, armoniosos y expresivos, sino seres con un sentimiento profundo de pertenencia a una comunidad. La competitividad extrema estimula el egoísmo, los ejercicios de cooperación estimulan nuestra conciencia de que necesitamos de los otros, fortalecen nuestro sentido de comunidad. Tal vez los contenidos de la educación, siendo tan importantes, son secundarios; tal vez lo que más necesitamos es una filosofía de la educación, una actitud, un método, y sobre todo un propósito. El propósito de la educación no puede ser hacernos exitosos y rentables: eso limita la educación a la formación de operarios sin gracia y sin valores, nos hunde en el peligro de creer que allí donde hay éxito individual se ha cumplido la misión…”[4]

Desde otro contexto geopolítico, el estadounidense, Erick Alterman se refiere a Donald Trump como el rey no sólo de las mentiras sino también de aserciones ahistóricas. “Es difícil elegir uno de los favoritos entre miles de falsedades que Trump ha dicho como presidente, pero una reciente fue cuando insistió, ignorando todo lo que sabemos sobre el comportamiento sin ley de la Unión Soviética, que «la razón por la que Rusia estaba en Afganistán fue porque los terroristas de ese país estaban en Rusia. Tenían razón de estar allí.”[5]

El abandono de la Historia como área del conocimiento se extiende por todas las universidades de Estados Unidos -excepto las de élite como Yale, Princeton, Columbia y Brown- como lo demuestra Benjamin M. Schmidt, profesor de historia en la Northeastern University, en un estudio que abarca la última década y que muestra “una caída de la matrícula de aproximadamente un tercio desde 2011. El declive se puede encontrar en casi todos los grupos étnicos y raciales, y entre hombres y mujeres. Geográficamente, es más pronunciada en el medio oeste, pero está presente virtualmente en todas partes…La razón por la que los estudiantes en Yale y universidades de similar rango pueden «permitirse» escoger la Historia como el área principal de sus estudios es que pueden darse el lujo de ver la Universidad como una oportunidad para aprender sobre el mundo más allá de los confines de sus ciudades de origen, y así tratar de entender donde podrían encajar. Eso es lo que la historia hace mejor. Nos localiza y nos ayuda a entender cómo llegamos aquí y por qué las cosas son como son. «La historia infunde un sentimiento de ciudadanía, y le recuerda las preguntas que debe formular, especialmente sobre las pruebas»[6]

Quizá con el mismo argumento de que no incide de forma directa en el crecimiento del PIB, algo similar acontece en España y en tantos otros países que han eliminado la Filosofía en el currículo de la secundaria, asignatura en la que se enseñaba el conocimiento de las corrientes del pensamiento a la par con las revoluciones científicas, y que tenía como objetivo el desarrollo de las competencias de análisis lógico, pensamiento crítico e imaginación narrativa, requeridas para asumir las responsabilidades propias del ciudadano en la sociedad democrática que persigue la distribución y la igualdad social.

¿Cómo desarrollar la imaginación para crear un nuevo relato, actualizado, sin darle la espalda a los poderes creativos/destructivos de las tecnologías, que le facilite al ser humano preservar sus dones naturales de inteligencia, creatividad y sociabilidad, que le permita ser reconocido por su identidad y se reconozca a sí mismo como parte del género humano? La incertidumbre del futuro debe pasar a ser tema de investigación colectiva a nivel global por la academia y los gobiernos, tal como desde hace años lo han hecho, entre otras instiuticones. el MIT con la creación del Center for Collective Inteligence, o el Parlamento de Finlandia al poner en funcionamiento un “Comité del Futuro”.  

Las generaciones de los próximos decenios se verán enfrentadas al dilema de subsistir o perecer, pero no solo ellos, sino la humanidad como hasta ahora la hemos conocido gracias al relato de su proceso por diferentes laberintos. Pero, ante todo, encaran la necesidad de crear, inventar, un nuevo mito, un relato novedoso, que haga posible la coexistencia entre los avances tecnológicos y el ser humano. Quizá el desarrollo de las “nuevas mentes” (Gardner) o “nuevas capacidades” (Nussbaum) ayuden a ese imperioso propósito. Para ello, es urgente potenciar las investigaciones en diferentes centros académicos y crear una “inteligencia colectiva” (Levy) que ayude a superar esta encrucijada.  

Valencia, 28 de febrero de 2019


[1]21 lecciones para el siglo XXI” Penguin Random House Grupo Editorial España. Edición de Kindle.

[2] Levy, P. Inteligencia colectiva. Por una antropología del ciberespacio. WASHINGTON, OPS 2004.

[3] Aparte del discurso pronunciado en la Universidad de Antioquia, Medellín, Colombia, 10  de diciembre de 2015. https://www.elheraldo.co/educacion/el-duro-discurso-de-martha-nussbaum-sobre-el-futuro-de-la-educacion-mundial-233416#

[4] Carta al Maestro desconocido. https://mail.google.com/mail/u/0?ui=2&ik=2ac5c9f7ef&view=lg&permmsgid=msg-f:1534568519734862356

[5]The New Yorker. “The Decline of Historical Thinking” Febrero 4, 2019 

[6] https://cssh.northeastern.edu/people/faculty/benjamin-schmidt/

4 respuestas a “HUMANISMO TECNOLÓGICO, UN RELATO POR RENOVAR

  1. Néstor Hernando, me ha encantado leer tu entrada sobre humanismo tecnológico. Comparto tu preocupación sobre el futuro. Tal vez donde tengo más optimismo es en nuestra capacidad para seguir adelante como Homo sapiens, sin ser superados por una nueva especie emergente de algoritmos y AI. Ese mismo resaltar de la inteligencia colectiva que haces al final de tu artículo nos ofrece la posibilidad de construir colectivamente formas humanas y sociales que nos fortalezcan como individuos conscientes y capaces de responder constructivamente a los daños que hemos creado en los últimos siglos de desvarío. Abrazos

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  2. Tremenda reflexión que en algunos momentos se asemeja a un relato de terror. Cuesta trabajo creer, a mi al menos, que media humanidad corre el peligro de ser fagocitados por la tecnología, mientras que la otra mitad siguen muriendo de hambre y de enfermedades que ya no debieran ser letales. Ese abismo del que tú hablas, -«Sin embargo, tales avances -bien se sabe- están incrementando la desigualdad entre países, regiones, entre la ciudad y el campo, entre los ricos y los pobres hasta crear abismos insalvables, distancias casi siderales»- es el que, pese a todo, más me inquieta. .

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  3. Gracias por tu comentario, apreciado profesor y amigo. En efecto, la avalancha tecnológica está beneficiando solo a una parte de la humanidad y abandonando a su propia suerte a los sectores tradicionalmente excluidos de los progresos. De esa forma surge, ya no una sociedad dual, sino una sociedad abismal.

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