LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN EN LA ERA DIGITAL


“Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión.” [1]

El poder de la palabra se reconoce, junto con la conciencia y la creatividad, como uno de los tres atributos que diferencian al ser humano de los demás animales. Ese poder se manifiesta mediante el lenguaje, sin importar cuál de las más de seis mil lenguas, hoy reconocidas como vivas, usan los respectivos hablantes nativos para comunicarse. De su estructura prevaleció durante la última mitad del siglo pasado la hipótesis de Noam Chomsky de la existencia de una gramática universal que sus discípulos y él mismo han matizado para igualmente reconocer la importancia del medio social en su configuración oral y escrita.

De la comunicación sencilla y masiva mediante los códigos acústicos de tambores en las tribus africanas, la humanidad ha pasado a la ubicua, instantánea, interactiva y global mediante el código binario de la era digital. Como resultado, la conciencia individual devino conciencia cognitiva, colectiva y universal, la noosfera como los filósofos Vladímir Ivánovich Vernadski,  Édouard Le Roy y Pierre Thailard de Chardin la denominaron. Por libre extensión, hoy podría interpretarse como el espacio propio de las redes sociales que “están introduciendo nuevas formas de entender las relaciones personales y la comunicación social y tienen un gran potencial para impulsar el voluntariado, el compromiso cívico y revitalizar el proceso democrático…(aunque) han servido también para crear nuevas vías de vigilancia, represión y control gubernamental”[2]

Se han abierto posibilidades infinitas en el mundo de la palabra que, como bien lo anota James Gleick, “no son mala cosa. Todo lo contrario. El desorden sin sentido hay que desafiarlo, no temerlo. El lenguaje establece un mundo ilimitado de objetos y de sensaciones, y de combinaciones de ambas cosas, en un espacio finito. El mundo cambia, combinando siempre lo estático con lo efímero y sabemos perfectamente que el lenguaje cambia, no solo en una edición a otra del Diccionario Oxford de la Lengua Inglesa, sino también de un momento a otro, y de una persona a otra. Cada uno tiene su propio lenguaje. Podemos sentirnos abrumados o envalentonados…Por todas partes, lo verdadero se codea con lo falso…”[3]    

En el campo de la política, el derecho a la libertad de palabra ocupa lugar prioritario hasta tal punto que contribuye a medir el grado de democracia que impera en los diferentes países, particularmente en relación con la manera colectiva de transmitir y recibir información veraz: la libertad de prensa. Según Freedom House, citado por The Economist[4], solo un 13% de la población mundial vive en países en los que la libertad de expresión no está en peligro, contrario a lo que sucede en Estados Unidos donde Donald Trump utiliza a diario “fake news” y llama a los medios libres “enemigos del pueblo”.

El informe publicado por Reporteros sin Fronteras en diciembre pasado tiene un título que habla por sí solo: “El odio al periodismo amenaza las democracias”. Aumenta a 63 profesionales asesinados, 348 en prisión y 60 secuestrados. Allí se califica a 180 países que encabezan de nuevo Noruega y Suecia, seguidos de Países Bajos y Finlandia. Costa Rica, en el 10º, es el primer país latinoamericano, Uruguay le sigue en el 20, Colombia en el vergonzante puesto 130, cercano a Venezuela, 143 y México, 147. Canadá asciende 4 puestos, al 18, Estados Unidos desciende 2, al 45, España baja 2, al 31. El listado lo cierra Corea del Norte bajo el régimen de Kim Jong-un, quien, con Donald Trump en Estados Unidos, Mateo Salvini y Luigi Di Maio en Italia, Nicolás Maduro en Venezuela, Valdimir Putin en Rusia y Xi Jinping en China destacan por la interferencia al libre ejercicio de la palabra.

Desde la expedición de los Derechos Humanos por las Naciones Unidas, hace setenta años, son muchos los cambios que se han sucedido en cuanto a la forma, los medios, la regulación y la vigilancia del ejercicio de la libertad de expresión. La revolución de la tecnología de la información y de las comunicaciones ha atomizado el poder que hoy pueden ejercer globalmente mediante el uso del Internet y de los teléfonos inteligentes. En 1966, las Naciones Unidas especificaron de forma más amplia el derecho a la libertad de expresión en cuanto “comprende la libertad de buscar, recibir y difundir informaciones e ideas de toda índole, sin consideración de fronteras, ya sea oralmente, por escrito o en forma impresa o artística, o por cualquier otro procedimiento de su elección”, cuyo ejercicio “entraña deberes y responsabilidades especiales. Por consiguiente, puede estar sujeto a ciertas restricciones…”, tales como “asegurar el respeto a los derechos o a la reputación de los demás; y la protección de la seguridad nacional, el orden público o la salud o la moral públicas…”

En 1978 promulgó la “Declaración sobre los Principios Fundamentales relativos a la Contribución de los Medios de Comunicación de Masas al Fortalecimiento de la Paz y la Comprensión Internacional, a la Promoción de los Derechos Humanos y a la Lucha contra el Racismo, el Apartheid y la Incitación a la Guerra” que exigen una circulación

libre y una difusión más amplia y equilibrada de la información con el fin de “conseguir el respeto de los derechos y la dignidad de todas las naciones, de todos los pueblos y de todos los individuos, sin distinción de raza, de sexo, de lengua, de religión o de nacionalidad, y a señalar a la atención los grandes males que afligen a la humanidad, tales como la miseria, la desnutrición y las enfermedades. Al hacerlo así favorecen la elaboración por los Estados de las políticas más aptas para reducir las tensiones internacionales y para solucionar de manera pacífica y equitativa las diferencias internacionales”.

Sobre estos cambios tecnológicos y normativos, Timothy Gaston Ash publicó un extenso tratado bajo el título “Free Speech. The Principles for a connected world”. [5] Tras un recuento de la evolución de la libertad de palabra desde la aparición de la imprenta de Guttenberg, nos sitúa en lo que denomina “cosmópolis”, en contraste a la “aldea global” de Mac Luhan, bajo el poder del ciberespacio manejado por el “mouse” del ordenador.

Después de analizar lo que denomina “ideales” en cuanto a las modalidades de cantidad, calidad, modo y lugar de la libertad de expresión ofrece una Guía del Usuario a través de diez principios que por razones de espacio me limito a enumerar:

  1. La Sangre del cuerpo político.
  2. Violencia
  3. Conocimiento
  4. Periodismo
  5. Diversidad
  6. Religión
  7. Intimidad
  8. Secreto
  9. Icebergs
  10. Valentía

Termina su opus con un reto: “La cuestión de un universalismo más universal…que requiere un esfuerzo transcultural de razonamiento e imaginación. Como punto focal en ese entorno está la libertad de palabra. Solo con la libertad de expresión puedo yo entender lo que es ser usted. Solo con la libertad de información puedo controlar los poderes público y privado. Solo mediante la articulación de nuestras diferencias podemos ver claramente cuáles son, y por qué son lo que son.”   [6]

Si antes el poder de la regulación, el control y la censura estaban en manos del Estado, hoy podría afirmarse que son las grandes empresas tecnológicas de la comunicación, Facebook, Google y demás las que lo dominan a su antojo y conveniencia comercial. También, como ha quedado evidenciado en los últimos meses, algunos estados autocráticos, Rusia y China entre los más reconocidos, interfieren sustrayendo información o interfiriendo en los procesos electorales a fin de favorecer a determinados candidatos amigos o para desestabilizar regímenes democráticos nacionales o regionales.

Por su parte, en noviembre pasado, fruto de un trabajo multidisciplinar, la Universidad de Deusto, Bilbao, España, dio a conocer un documento que ha titulado la Declaración sobre Derechos Humanos en Entornos Digitales en el que, a manera de derechos de cuarta generación, lista los siguientes derechos:

  1. Al olvido en internet.
  2. A la desconexión en internet
  3. Al “legado digital”
  4. A la protección de la integridad personal ante la tecnología
  5. A la libertad de expresión en la red
  6. A la identidad personal digital
  7. A la privacidad en entornos tecnológicos
  8. A la transparencia y responsabilidad en el uso de algoritmos
  9. A disponer de una última instancia humana en las decisiones de sistemas expertos
  10. A la igualdad de oportunidades en la economía digital
  11. A las garantías de los consumidores en el comercio digital
  12. A la propiedad intelectual en la red
  13. Derecho a la accesibilidad universal a internet
  14. Derecho a la alfabetización digital
  15. Derecho a la imparcialidad de la red
  16. Derecho a una red segura

En ese grupo de pensamiento participó Adela Cortina, la filósofa valenciana quien, atenta a los cambios que la ciencia y la tecnología están produciendo en la concepción clásica de la filosofía, sigue trabajando en la construcción de una ciudadanía digital que “exige hacer frente a retos como la ciberseguridad, la protección de datos personales, la privacidad de los usuarios, la accesibilidad, la propiedad y la gestión de los datos o la mejora de las capacidades digitales. Pero también abordar cuestiones tan complejas como quién será responsable de un fallo de competencia robótica, cómo enfrentar el hecho de que las máquinas también tienen sesgos en sus decisiones o el problema de que los algoritmos carezcan de contexto”. [7] “Decía Karl-Otto Apel hace ya más de medio siglo que las consecuencias de la ciencia y de la técnica habían alcanzado un nivel planetario y que, por lo tanto, asumirlas con bien reclamaba una ética universal; no en los contenidos de lo que debe ser una vida feliz, pero sí en exigencias de justicia que deberían ser satisfechas en todo el planeta. Y si ya entonces Apel llevaba razón, el tiempo no ha hecho sino reforzarla, porque la era digital reclama orientaciones éticas comunes en materia de justicia.”[8]

 Valencia, 4 de enero de 2019


Foto de Unsplash.com

[1] Art. 19 de la Declaración de Derechos Humanos. Naciones Unidas. 1948

[2] Parra N. H. y Arenas-Dolz. Revolución Tecnológica y Democracia del Conocimiento. 2015.

[3] Gleick James. La Información. Historia y Realidad. 2012

[4] Edición del 12-27-2018

[5] Atlantic Books. London. 2016

[6] Op. cit.

[7] El País 26-3-2018

[8] El País 7-12-2018

4 respuestas a “LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN EN LA ERA DIGITAL

  1. Estoy de acuerdo con la tesis central. Los ciudadanos, incluso buena parte de los estados, están siendo sometidos, violentados, atacados por poderes que nadie eligió, que nadie controla, que no dan cuenta ante nadie. Es un enorme problema que ha de ser, creo yo, entendido como un reto democrático. La libertad individual no puede verse coartada, pero los fraudes de ley, la utilización bastarda de la libertad por parte de empresas o por asociaciones criminales debe ser perseguida. ¿Cómo? No tengo la menor idea.

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  2. Ayer, El País publicó un artículo del filósofo Israelí Y. N. Harari https://elpais.com/internacional/2019/01/04/actualidad/1546602935_606381.html
    del que destaco tres puntos:
    1)» Para sobrevivir y prosperar en el siglo XXI, necesitamos dejar atrás la ingenua visión de los seres humanos como individuos libres —una concepción herencia a partes iguales de la teología cristiana y de la Ilustración— y aceptar lo que, en realidad, somos los seres humanos: unos animales pirateables. Necesitamos conocernos mejor a nosotros mismos.»
    2) «Así como el ordenador tiene un antivirus que le preserva frente al software malicioso, quizá necesitamos un antivirus para el cerebro. Ese ayudante artificial aprenderá con la experiencia cuál es la debilidad particular de una persona —los vídeos de gatos o las irritantes noticias sobre Trump— y podrá bloquearlos para defendernos.» y
    3) «No sé de dónde saldrán las respuestas, pero seguramente no será de relatos de hace 2.000 años, cuando se sabía poco de genética y menos de ordenadores.»
    ¿Qué hacer? Supongo que necesitamos luchar en dos frentes simultáneos. Debemos defender la democracia liberal no solo porque ha demostrado que es una forma de gobierno más benigna que cualquier otra alternativa, sino también porque es lo que menos restringe el debate sobre el futuro de la humanidad. Pero, al mismo tiempo, debemos poner en tela de juicio las hipótesis tradicionales del liberalismo y desarrollar un nuevo proyecto político más acorde con las realidades científicas y las capacidades tecnológicas del siglo XXI.»
    En síntesis, nos deja antes que una filosofía del deber ser, la de un saber actuar (performance) en la que, a fin de cuentas, vale la pena defender la libertad individual, pero no refugiándonos en relatos míticos, «fantasías religiosas y nacionalistas que están todavía más alejadas que el liberalismo de las realidades científicas de nuestro tiempo. Lo que se nos ofrece, en lugar de nuevos modelos políticos, son restos reempaquetados del siglo XX o incluso de la Edad Media.»

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  3. En casi todas partes del mundo se reclama la libertad de expresión por parte de periodistas, escuchas y lectores que observan que la verdad se corta con tijera según el interés político y/o económico, de clase o de gremio, de ideología o religión. Desde la antigüedad el humano se comunica con otros humanos por diversos medios hasta nuestros días por las llamadas TIC, tal como lo plantea el articulista. La información es condición clave para el cambio de cultura, de ideología, de arte, de objetos, de personalidad si se quiere, pero no siempre se tiene la verdadera información sobre un asunto, suele llegar matizada o manipulada o sesgada.

    En la actualidad no existe libertad de expresión total o de comunicación. En las redes sociales se gradúa mucha gente de estúpida e insulsa. Son un medio para hacer catarsis según el grado de frustración de la gente. Quizás se busque intencionalmente esto, no se discuten asuntos graves de las vidas nacionales, los corruptos se amparan en esa estupidez generalizada y los ineptos gobernantes también esconden sus mediocridades. El uso de la palabra oral y/o escrita debe hacerse con respeto, educación y consideración por el otro, sin agredir, sin menospreciar, sin desestimar, con ánimo de contribuir con un debate y no destruir.

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