El Nuevo Enemigo Común

“… los perdedores de la Historia no se resisten a permanecer estáticos, iniciando un tenaz asedio al Palacio de Cristal…los intersticios de la macroestrucutra deja entrever hordas de inmigrantes que ingresan al Palacio en busca de una anhelada tranquilidad. Se trata del arca más vulnerable y al mismo tiempo más esperanzada.”[1]

Foto: @Fancycrave /Unsplash

El nomadismo ha sido constante en la historia de la humanidad hasta cuando, hace unos diez mil años, encontró en la agricultura una fuente estable de subsistencia colectiva que sirvió para crear sus mitos y sus culturas, sin perjuicio de seguir caminando ya en calidad de trashumante. En los últimos milenios, su cosmovisión fue ampliándose de lo local a lo global como bien lo describe Peter Storledijk[2], filósofo consagrado al estudio del proceso de globalizaciones, primero en una etapa metafísico-cosmológica, luego en la conquista marítima y terrestre hasta la reciente globalización electrónica. Preciso incluir también la movilización forzada tras la cacería de nativos africanos para venderlos en el mercado de esclavos, mano de obra gratuita para explotaciones feudales agrícolas o mineras, cazados como si se tratara de animales salvajes, pues no se les reconocía la categoría de humanos, pero que a la postre han enriquecido la variedad genética en toda las Américas, así como a las artes y las ciencias con sus contribuciones intelectuales.

De igual manera, la historia registra la erección de murallas para defenderse de los invasores, de los bárbaros. Los muros proliferaron con bases legales a fin de defender las respectivas fronteras del Estado-nación trazadas en los denominados límites espaciales dentro de los cuales se ejerce soberanía. Esto dio lugar a culturas encerradas en sus propias lenguas, religiones, tradiciones y costumbres. Durante los últimos decenios, la libertad del sempiterno caminante se ha visto limitada físicamente con la construcción de muros, vallas, concertinas y alambradas por decisión de gobernantes que invocan toda clase de argumentos hostiles para rechazar al semejante, al otro. Son escasas las naciones que, al menos temporalmente, abren sus compuertas para permitir por razones humanitarias el ingreso de migrantes de países vecinos.

A quienes intentan penetrar sus fronteras se les califica de agresores e invasores que amenazan la estabilidad de una supuesta homogeneidad demográfica y cultural. Para potenciar sentimientos de rechazo a otras culturas menores, políticos autoritarios logran despertar sentimientos de miedo, desprecio y odio contra el que denominan enemigo a quien criminalizan y combaten. La extensión de ese fenómeno a varios territorios les ha permitido construir la figura de un enemigo común con el que alimentan populismos centrados en la xenofobia. Todo ello se está dando en plena era de la globalización.

En lo que va corrido de este siglo, se ha intensificado la lucha entre quienes conciben la sociedad de forma monocultural y los que, por una razón un otra, la entienden de forma plural. A mi parecer, la confrontación ha dado lugar a una nueva guerra fría a semejanza de la que existió durante la postguerra entre Estados Unidos y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, la que Carl Schmitt definía en los siguientes términos: La guerra fría se burla de todas las distinciones clásicas entre guerra, paz y neutralidad, entre política y economía, entre militar y civil, entre combatiente y no combatiente; lo único que mantiene es la distinción entre amigo y enemigo cuya estricta consecuencia constituye su origen y esencia.”[3] Sobre esa base del enemigo común se construyó el fascismo en sus diferentes versiones, italiana, alemana y española, que dejaron ochenta millones de muertos. El riesgo que estamos enfrentando es que ahora se perfilan nuevos movimientos populistas en Europa y Estados Unidos, con pronóstico reservado, en los que el inmigrante es el enemigo común.

Los movimientos migratorios, tanto internos como externos, son causados generalmente por desplazamientos debido a conflictos políticos que generan violencia; guerras étnicas o religiosas; estado de indefensión ante los opresores; exclusión social y de identidades menores a manera de apartheid; pobreza y falta de oportunidades de trabajo e ingreso. Todo ello, en buena parte fruto del capitalismo cultural y de los detentadores del poder político y económico desde diferentes puntos del arco ideológico. Sin dejar de lado los insaciables egos de algunos gobernantes. A los migrantes se les clasifica como refugiados que buscan asilo, o expulsados por causas económicas o sociales. Todos ellos, perdedores en su lugar de origen que caminan movidos por la ilusión y la esperanza de convivir con sus semejantes en un medio menos injusto. Aunque, es preciso reconocerlo, pequeños grupos fundamentalistas aprovechan el flujo migratorio para ejercer venganza contra el otro enemigo común que hay que exterminar: el infiel.

En cuanto al destino o lugar de acogida generalmente se da hacia territorios próximos, así sea de forma transitoria, con tal de huir del peligro y lograr subsistir. Afganos, sirios e iraquíes en los últimos años han marchado movidos por la esperanza hacia tierras aledañas y, al igual que marroquíes y sudafricanos, se lanzan a cruzar el Mediterráneo utilizando botes frágiles, inseguros y primitivos, generalmente ofrecidos por las mafias que los explotan, con la intención de alcanzar suelo europeo, el “Palacio de Cristal”. Algunos lo logran, pero son miles los que perecen en el intento convirtiendo el Mare Nostrum en agitado espacio en el que flotan, a manera de innominados desaparecidos, miles de cadáveres hasta su desintegración. En medio de ese lúgubre escenario, tienen lugar los salvamentos que realizan las brigadas de voluntarios de organizaciones solidarias o de guardas marítimas.

Otros se han quedado en países limítrofes, voluntariamente o forzados, acampando en franjas territoriales de refugiados bajo el auspicio del respectivo órgano de Naciones Unidas (ACNUR), o por Acuerdo entre la Unión Europea y Turquía a costa de la primera con tal de retener y desmotivar a los sirios que huyen de los bombardeos y misiles de sus propios hermanos, del ISIS, del gobierno de Bashar al-Ásad o de Rusia.

Una gran trashumancia se está dando en Sur América dada la dolorosa situación por la que atraviesan millones de venezolanos como víctimas de un supuesto sistema político socialista bolivariano, de una economía en quiebra y de la corrupción administrativa. Colombia está permitiendo el cruce de las “paredes finas” de su frontera a cientos de miles de familias emigrantes del vecino país, algunas de las cuales continúan su travesía hacia Ecuador, Perú, Chile y Brasil.

La peregrinación de los centroamericanos, especialmente hondureños y guatemaltecos, hacia Estados Unidos en las denominadas caravanas sigue siendo noticia de primera plana en los periódicos de todo el mundo, particularmente por la posición extrema con que el señor Trump enciende la hoguera a través de tweets en los que además de anunciar y enviar a la frontera sur refuerzos policiales y militares, incentiva a grupos de civiles armados que también anuncian su participación en las respectivas operaciones represivas. También pide a México retener a los emigrantes en su territorio, construir el Muro a su costa y amenaza con cerrar la frontera, es decir, con declarar la guerra económica a uno de sus vecinos y socios en el mercado común norteamericano.

La inmigración, legal o ilegal, de mexicanos y de otros países latinoamericano a territorio estadounidense es asunto tradicional. Su población es tan significativa políticamente que se ha convertido en factor determinante en los comicios. También en el campo cultural, comenzando por la extensión de la lengua española, tanto que Samuel Huntington, después de su famoso libro sobre el choque de civilizaciones, publicó otro, con escasa acogida, que denominó El enemigo en casa en el que se refiere a la que denomina invasión latina y califica como una amenaza contra la seguridad de Estados Unidos; una algarada contra el multiculturalismo.

Tal como lo recordé hace catorce años en conferencia en la Universidad de Valencia, esta reaccionaria e insolidaria política tiene nuevos filósofos que tratan de justificarla. Me refería a la sorpresa que me causó Giovanni Sartori, un destacado académico en universidades de Europa y Estados Unidos, de marcada tendencia socialista, al leer su libro “La Sociedad  Multiétnica” en el que trata el tema del pluralismo y la tolerancia, como valores políticos complementarios que dan lugar a “la comunidad pluralista  a la cual llega el inmigrante a Occidente, unos como <extranjeros culturales> y otros como <enemigos culturales> que propugnan la destrucción de la sociedad pluralista con lo que “inevitablemente suscitan reacciones de rechazo, de miedo y de hostilidad.” Para Sartori, la sociedad multiétnica en la que prevalece el eje inmigración- integración, se fundamenta en que el extranjero es un “extraño distinto” que posee “un plus de diversidad, un extra o un exceso de alteridad.” Este plus lo clasifica en cuatro categorías: lingüística, de costumbres, religiosa y étnica, siendo las dos primeras “extrañezas” superables y las dos últimas radicales. Tal como era de prever, sobre esas consideraciones es que los movimientos y partidos políticos europeos de extrema derecha vienen concitado el apoyo de sus conciudadanos durante los últimos años.

Sorprende, aún más, las recientes declaraciones de Hillary Clinton en reciente reportaje publicado por The Guardian. La he admirado intelectualmente desde que la conocí y escuché su magistral conferencia con la que Naciones Unidas dio inicio en diciembre de 1997 a los actos de conmemoración de los cincuenta años de expedición de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, pero no puedo entender por qué justifica indirectamente la política de Trump sobre los inmigrantes cuando dice: «Creo que Europa necesita controlar la migración porque eso es lo que encendió las llamas». Y agrega: «Admiro los enfoques muy generosos y compasivos que tomaron particularmente líderes como Angela Merkel, pero creo que es justo decir que Europa ha hecho su parte y que debe enviar un mensaje muy claro: “no vamos a poder continuar proporcionando refugio y apoyo ‘, porque si no lidiamos con el problema de la migración , continuará arruinando el cuerpo político «.[4] Y termina pidiendo ingenuamente a los gobiernos demócratas que adopten políticas represivas para quitarle razones a los populistas ultraconservadores.

Quizá, como lo propone el filósofo esloveno, “La única manera de salir de esa disyuntiva (entre cultura dominante y multiculturalismo) es ir más allá de la mera tolerancia; debemos proponer un proyecto universal positivo que compartan todos los participantes y luchar por él. No sólo debemos respetar a los otros, sino también ofrecerles una lucha común, pues hoy en día nuestros problemas son comunes.”[5]

Quienes duden de que esa utopía es posible, les sugiero visitar Canadá, país de menos de 40 millones de habitante en el que pacíficamente conviven personas provenientes de 196  países gracias a una bien concebida y realizada política de migraciones, y se enseña a respetar y a poner en valor los Derechos Humanos como ética universal.

Valencia, 27 de noviembre de 2018

[1] Adolfo Pérez Roca. Universidad Andrés Bello. https://scielo.conicyt.cl/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0718-71812009000100011#n7

[2] Filósofo que estudia el proceso de las globalizaciones en su trilogía Esferas: Burbujas, Globos y Espumas. 

[3] Carl Schmitt.

[4] The Guardian. 22-11-18

[5] La Nueva Lucha de Clases. Los refugiados y el terror. Anagrama. 2016

6 respuestas a “El Nuevo Enemigo Común

  1. El asunto es complejo y difícil según del lado en que se mire, me refiero al lado de la visión o cosmogonía de la inculturación y al lado del rotundo rechazo del inmigrante, en esto no hay término medio porque los inmigrantes quedarían entonces como en un puente quebradizo y en la próxima creciente colapsaría. Los migrantes voluntarios no tienen problemas porque representan valores agregados en lo cultural y lo económico. Los migrantes involuntarios, desplazados o expulsados son mirados con desconfianza como en nuestro caso colombiano con los venezolanos, he escuchado personas decir «vienen a quitarnos lo nuestro», pero no definen la expresión «lo nuestro». En una ciudad fronteriza escuché la expresión «llegaron los cerdos» porque venían a comer de este lado. Pienso que un buen sentido de la alteridad contribuye a aceptar al inmigrante traiga plata o no la traiga, debemos aprender a convivir y compartir en el mismo planeta. La xenofobia y la exclusión a ultranza en nada ayudan. Hay muchos prejuicios sociales, económicos y culturales a los cuales se agrega que los inmigrantes provienen de países cuyos gobernantes mediocres no los quieren. Los organismos internacionales como la ONU perdieron su horizonte, solo se quedan en el discurso, pero nada efectivo se hace. Los gobiernos solicitan la ayuda de ONU y ésta pide ayuda a los países. Al final nada sucede y la gente sigue su odisea migracional hasta que encuentra un muro físico o policivo.

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  2. Los prejuicios ancestrales, según analistas, se han concentrado en Estados Unidos alrededor del tema racial, y en Europa el de la pobreza. Éste, a mi parecer, está transformando «la lucha de clases» en la «lucha inter-clase», pobre contra pobre, por razones económicas: competencia en el trabajo, escasas oportunidades de subsistencia,etc., como parece ser el caso del rechazo al inmigrante venezolano que sale de su país expulsado por un sistema que ha empobrecido a la inmensa mayoría de sus habitantes..
    Las migraciones seguirán creciendo, por ello es necesario que los países apliquen políticas migratorias apropiadas y solidarias.
    Gracias, profesor Bonill por sus aportes.

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  3. En torno a este tema hay que ser muy cauteloso, creo yo. No es difícil resbalar hacia el lado oscuro, como tampoco lo es caer en una respuesta propia de lo que Rafael del Águila llamaba el Pensamiento Impecable, que entre otras cosas nada en tierra pantanosa al proponer soluciones sencillas a los problemas más graves; o que lo éticamente correcto es políticamente viable. No conozco el texto de Sartori, pero me pregunto como desarrollar ese concepto de «enemigo cultural», así como si es de esta forma como debemos denominar a aquellos inmigrantes que se niegan a abandonar principios y concepciones inaceptables en sociedades de democracia avanzada, en las que pretenden continuar con el maltrato o la subordinación a las mujeres, la ablación, los matrimonios de niñas, etc., etc., y apartan y aislan a aquellos de su comunidad que se muestren abiertos a compaginar sus valores con los del territorio al que llegaron. Tengo claro el rechazo de las sociedades receptoras al extranjero pobre, que con el rico siempre somos de otra forma, pero me pregunto qué deben de hacer, cómo deben de insertarse, instalarse los primeros -no digo necesariamente integrarse- allá donde llegaron. Lo hemos visto con los crímenes de honor en los países nórdicos perpetrados por la minoría islámica integrista, o aquí con radicales pakistaníes en Barcelona que tienen a sus mujeres presas en la casa; o con migrantes magrebíes que casan a sus hijas de corta edad con socios o parientes del país de origen. Es mucho lo que ignoro sobre este inmenso tema, así que no apunto más que dudas, que no certezas.

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  4. En efecto, apreciado amigo Joan, el tema es espinoso y hay que tratarlo con guantes gruesos. El asunto es que el rechazo al
    -inmigrante, de una u otra cultura – la xenofobia- se ha convertido en el eje sobre el cual giran partidos populistas de extrema derecha en algunos países de Europa que, como confío abordarlo en mi próxima reflexión, unidos a otros factores parecen estár sentando las bases de predecibles gobiernos fascistas.
    El próximo 10 habrá una reunión para ver de adoptar políticas comunes a nivel global que pueden servir de guía a los diferentes países para el mejor manejo de este problema.

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  5. Comentario del amigo español Ernesto Barnach, experto en el tema:
    «Mucho me ha interesado tu artículo sobre la problemática del fenómeno migratorio de tan triste actualidad. No solo por su valor como tal sino porque desde hace años es tema prioritario entre mis inquietudes. Creo haberte enviado alguno de mis artículos al respecto.Por lo que te remito a continuación algunas observaciones sobre tu escrito recién recibido. Desde luego, la migración es un fenómeno contante en el mundo desde que el homo sapiens empezó a abandonar el este de África, si bien ahora se habla de desplazamientos anteriores desde otro lugares de dicho continente.Así mismo, siempre ha habido rechazo de mayor o menor intensidad a estos flujos con con el levantamiento de muros físicos o mentales, No obstante, ciertas migraciones han logrado con en tiempo eliminar tales obstáculos y prosperar en los países de destino. Estados Unidos, «a nation of immigrants», (John F. Kennedy) es un buen ejemplo de ello a pasar de sus muchas contradicciones.
    Sí, la teoría amigo-enemigo de Carl Schmitt bien puede aplicarse al rechazo de los migrantes hoy en auge con los movimientos populistas tan extendidos.
    A los migrantes económicos y refugiados cuyas causas tu señalas, habría que añadir ahora los migrantes climáticos que huyen de la situación generada por el cambio climático negada una vez más por el Presidente Trump. Los indocumentados, término preferible al de ilegales, son sin duda los migrantes más vulnerables en los países de destino.. Si bien los indocumentados ricos no tardan mucho en «documentarse.
    Es bien triste observar que intelectuales tan prestigiosos como Samuel Huntington y Giovanni Sartori hayan adoptado posturas contrarias a los migrantes, como recuerdas. Ignoraba, por el contrario, las declaraciones de Hillary Clinton al respecto que también mucho me han decepcionado, a pesar que echa un cable a Angela Merkel cuya «generosidad» con los migrantes ha terminado acabando su carrera.
    Me identifico con la propuesta del filósofo esloveno que no citas (S. Zizek) en el sentido de ir más allá de la tolerancia pero creo que el término multiculturalismo genera, como dice Cohn- Bendit, » un «laberinto de equívocos». Sus críticos le achacan un excesivo culto a la diferencia propicia a producir una sociedad fragmentada, inclinada al gueto. Si bien en Canadá al parecer el término funciona, prefiero el de interculturalismo que pone énfasis en en la relación entre las culturas, es decir en la convivencia democrática entre culturas. En España se ha hablado a veces de este modelo pero su aplicación práctica está aún lejos.

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