La Globalización del Odio

«La irrupción del odio fundamentalista el 11/S quebró brevemente las celebraciones de un mundo benignamente globalizado por el capital y el consumo, exponiendo ese paraíso al infierno de la inseguridad a escala global.”[1]

MAFALDAEL ODIO

Desde siempre, sabemos por experiencia de cada ser humano y también por estudios científicos, que es más fácil motivar a una persona recurriendo a la activación de sentimientos negativos que de los positivos. El miedo, el más ancestral de todos, surge frente a situaciones de ignorancia, impotencia y riesgo grave, entre otras. Sin embargo, el miedo incentivó -y continúa incentivando- la asociación de las especies, incluida la del homo sapiens, en desarrollo del prístino instinto de supervivencia. Cuando persisten las circunstancias que generan tal reacción se convierten en temores colectivos compartidos por grupos sociales entre los cuales surgen los mitos, leyendas o relatos que tienden a explicar de forma abstracta las realidades sentidas, aunque no comprendidas. Y dejan como substrato prejuicios compartidos por esos determinados grupos sociales, muy difíciles de desarraigar.  

Muchos otros tipos de acciones también despiertan sentimientos negativos, tales como la humillación, la discriminación, la exclusión, el desprecio, la insensibilidad, la violencia física y moral, la imposición y el autoritarismo que, a su turno, provocan el surgimiento de otros de similar calado: la frustración, el rencor y la venganza. Aunque hay uno de mayor categoría ontológica, por cuanto tiene como objeto y razón de ser al “otro”: el odio al congénere a quien repudian en virtud de su raza, sexo o condición sexual, credo religioso, cultura, lenguas, poder económico. En concreto: a los negros, indios, orientales, latinos; mujeres, gais, lesbianas y transexuales; musulmanes, hindúes, etc., y de manera casi unánime a los pobres en sus diferentes graduaciones. Todo ello configura una especie de organización tribal a escala planetaria que opone resistencia o hace la vista gorda al creciente flujo de inmigrantes (tendencia que amerita analizarla de forma especial) en la que se reúnen varias de esas condiciones.

El fenómeno no es nuevo, lo que viene aconteciendo es que los espacios físico y temporal se han reducido hasta prácticamente fundirse en la instantaneidad por cuenta de la revolución de las comunicaciones y la información lo que permite, de forma incontrolada, la explotación del caos y la manipulación de la información por grupos de diversa índole, fruto de la apertura en las redes sociales a cualquiera que disponga de los medios electrónicos y las aplicaciones requeridas. Esos medios están sirviendo a los políticos, para diseminar a gran velocidad mensajes que siembran el odio por el otro y de paso, de forma simplista y emocional, despertar esperanzas de solución a situaciones adversas que sufren determinados colectivos sociales. Hacia ese logro utilizan mentiras, inventan noticias falsas y crean hechos alternativos, distantes todos de la verdad real, recurren al engaño, el insulto, el desprecio, la incitación a la rabia, a la ira, mecanismos que los políticos de todas las latitudes, en especial los “aprendices” de autócratas o tiranos están utilizando para hacerse con el poder en sus respectivas naciones acogiendo los tradicionales ritos de la democracia liberal como el de las elecciones. Así se explica hoy el ascenso de déspotas y fanáticos a las altas responsabilidades del poder público, sin necesidad de tener que ocultar o soslayar sus creencias y sentimientos.

Refiriéndose al caso de Estados Unidos, la filósofa Naomi Klein en su libro Decir no no basta se refiere implícitamente a la indiferencia que desafortunadamente abunda entre los ciudadanos de nuestros países:

No puedes darle tu voto a una persona que está instigando abiertamente el odio por motivos de raza, género o discapacidad física a menos que, en alguna medida, consideres que esos temas no tienen importancia. Que la vida de la gente que se ve expuesta a un peligro tangible a causa de esa retórica (y de las políticas que dimanan de ella) importa menos que tu vida y que la vida de la gente que se parece más a ti. No puedes hacerlo a menos que estés dispuesto a sacrificar a esas otras categorías de gente en aras de un beneficio que esperas obtener.” [2]

Esa despreocupación colectiva la dibuja de forma patética El Roto en trazos sencillos, en una reciente viñeta publicada en El País de Madrid en la que está un parroquiano ensimismado frente a su ordenador, y él anota: “Por estar pendiente de la actualidad, se olvidan del presente”.[3] En efecto, son muchos los entretenimientos, los juguetes que nos distraen de lo que está sucediendo, de lo que realmente importa, de los peligros a los que estamos expuestos, de las manipulaciones de diferente orden, de la pérdida de la intimidad ante el Gran Hermano que capta nuestros comportamientos para sumarlos al Big Data, pasando a ser material útil para el mercadeo selectivo de productos materiales e inmateriales, de información interesada o desinformación manipulada.

Por cierto, los resultados de las pasadas elecciones del 6 de noviembre en Estados Unidos constituyen una buena muestra de que, a pesar de los logros económicos (momentáneos) del gobierno del señor Trump, los diferentes grupos sociales, en particular el de las mujeres y el de los latinos, se han organizado y movilizado para, al menos compensar, gracias a haber ganado los demócratas la mayoría de la Cámara de Representantes, el poder omnímodo del que ha dispuesto durante estos dos primeros años al tener mayoría el Partido Republicano en ambas cámaras. Demuestra también el gran poder de las movilizaciones sociales pacíficas, las que deben servir de ejemplo a grupos de indignados que justificadamente protestan en diferentes países de América Latina, pero caen en la trampa de la violencia que los deslegitima. La violencia social solo sirve para reforzar el poder represivo del Estado en manos de gobernantes que representan el statu quo y que detentan los grandes grupos económicos, particularmente los del capitalismo financiero que gobiernan por mano ajena o incluso con reconocidos dirigentes de gremios que agrupan esos intereses.

Hay que partir de la base de que ya no existen ni “el pueblo” ni “las masas”, sino que en esta época de la modernidad líquida lo que existen son singularidades: las mujeres, las otras culturas, las víctimas, los gobiernos subestatales, las minorías étnicas, las sexualidades diferentes, las lenguas minorizadas, todos en busca de reconocimiento y de nuevos espacios como bien lo recuerda el politólogo español Daniel Innerarity:

El reconocimiento se deja sentir principalmente en su ausencia, bajo las modalidades de la humillación, la discriminación, la exclusión, el desprecio, la invisibilidad y la imposición que se ejerce sobre géneros, razas, sexualidades y nacionalidades subordinadas. De todo ello resulta un nuevo escenario político, desestructurado y complejo, en el que no resulta fácil moverse en las viejas categorías·”[4]

El fenómeno, que no tiene nada de novedoso, pues abundan ejemplos en la Historia, se fundamenta en la existencia de una élite, de alguien superior (por razones de raza, origen, religión o sexo) y de otros inferiores. Lo que no cuentan es que, en esos otros, independientemente de sus territorios, naciones o credos, se genera y mantiene de forma larvada (incluso por siglos) el resentimiento, la ira y el odio del despreciado, del inferior, del vencido, del humillado contra el opresor, el vencedor. Y ante oportunidades para ejercer venganza explotan y encadenan actos de violencia que de forma equivocada se califican como de “terrorismo internacional”. Como lo afirma el filósofo Sloterdijk (2006), citado por Innerarity: Muchos acontecimientos actuales se explican más desde la ira que desde un antagonismo ideológicamente organizado. De su parte, el filósofo español agrega:

“Se ha globalizado el poder, el dinero, la comunicación y el medio ambiente, sí, pero también el   agravio: cualquiera puede ofender y ser ofendido; también el desprecio se ha deslocalizado y la verdadera Bolsa es la que cotiza la estima y el reconocimiento”.[5]

Esta globalización de la ira y del odio está abriendo el camino hacia el renacimiento de los totalitarismos que se enseñorearon en Europa durante la primera mitad del siglo pasado, no tanto en la primera guerra mundial que terminó justo hace 100 años, como en la segunda que se basó en una especie de antinomia en la que de un lado estaba el ser superior y del otro el enemigo único. En la que los nacionalismos, como lo recuerda Mishra en el libro citado, refiriéndose a Inglaterra y recordando a J. A. Hobson en Psicología del chauvinismo (1901), generaba un «patriotismo tosco, alimentado por rumores descabellados y violentísimas apelaciones al odio y el ansia animal de sangre».

Como lo comenta el mismo filósofo indio en su visión de la ira a través de la historia de la humanidad y del caos reinante, estamos a bordo de la tercera guerra mundial, “ la más larga y más extraña‍– de todas las guerras mundiales: una guerra que se asemeja, por su ubicuidad, a una guerra civil global. Indudablemente, operan fuerzas más complejas que en las dos grandes guerras mundiales anteriores. La violencia, no limitada a ningún campo de batalla o frente determinado, se antoja endémica e incontrolable… Los atentados en ciudades occidentales desde el 11-S han suscitado repetidamente la pregunta: ¿por qué nos odian? y ¿quién es esta gente?

 Valencia, 13 de noviembre de 2018

[1] Mishra, Pankaj. La edad de la ira. Galaxia Gutenberg.

[2] Klein Naomi. Decir no no basta. 2017 Planeta

[3] El Roto. Viñeta en El País. Madrid.

[4] Innerarity Daniel.+ La Política en Tiempos de Indignación.  Galaxia Gutemberg

[5].Op. cit.

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