
Foto: Proyecto para Nanjing | Stefano Boeri Architect
“…la huella ecológica del urbanita es mucho menor que la del campesino. Este proceso de concentración facilita, además, la creación de reservas naturales que, conectadas por corredores para permitir la circulación de especies, están llamadas a contribuir a la regeneración de los sistemas terrestres en un futuro cercano. Más aún, las ciudades se convierten así en actoras principales de las políticas climáticas y albergan un fuerte potencial mitigador.”[1]
Según estimativos, la población mundial se calcula en 8.500 millones de personas para 2030 y en 9.700 millones para 2050, periodo durante el cual se considera que habrá un descenso en la fecundidad, particularmente en países con escaso desarrollo, y un leve aumento de nacimientos junto a una mayor longevidad en países desarrollados. Ese crecimiento se concentrará en mayor proporción en la población urbana mundial que pasará de 54% en 2014 al 68% en 2050. América del Norte ascenderá del 81% al 87%, América Latina y el Caribe del 80% a 86%, Europa del 74% al 84%, Asia de 48% a 64%, Oceanía del 71% al 74%, y África, que acelerará su proceso de urbanización, del 40% de 2014 al 56% en 2050. De 28 megaciudades, con más de 10 millones de habitantes en 2014, se calcula que habrá 41 en 2030.

Estos datos, aparentemente acuciantes en cuanto a su impacto en el medio ecológico, alimentan la esperanza gracias a las contribuciones científicas y tecnológicas, así como a la concepción transversal de la estrategia de desarrollo sostenible en tres ámbitos: el medioambiental, el social y el económico. Lo más importante que ya se está registrando es la apropiación de su responsabilidad por los planificadores y gestores de las ciudades, mediante redes continentales y mundiales que operan a manera de co-laboratorios en los que experimentan, difunden y discuten hallazgos, planes pilotos y logros.
Un ejemplo es el del Banco Interamericano de Desarrollo que, después de haber trabajado en la “Iniciativa de Ciudades Emergentes y Sostenibles” en cerca de 80 ciudades, ha creado la Red de Ciudades Sostenibles para compartir conocimiento en los habitantes de los ámbitos urbanos y difundir las mejores prácticas en temas relacionados con el mejoramiento de la calidad de vida, siempre con el énfasis en lograr conglomerados urbanos sostenibles y concitando la colaboración de todos los sectores de la sociedad. En la tercera semana de marzo de este año, en la ciudad de Mendoza, Argentina, se reunió el III Foro Iberoamericanos de Alcaldes con el lema “Coordinación para un Desarrollo Urbano sostenible”.[2]
Otro ejemplo es El C40 que ha hecho suyo el compromiso del Acuerdo de París en cuanto a su aplicación su nivel local en procura de “limpiar el aire que respiramos”. Este grupo que conecta las ciudades con mayor población (más de 700 millones de habitantes en total, que representan un 25% del PIB global) con la finalidad de “tomar una acción climática audaz”,[3] es patrocinado por una treintena de entidades de diferentes sectores tales como la Fundación Clinton, la Fundación Ford y el Banco Mundial. Por su parte, la Rockfeller Foundation auspicia el grupo 100 Resilient Cities que tiene como objetivo implementar soluciones interdisciplinarias con base en los datos más relevantes de cada urbe y de esa forma enfrentar los desafíos de la respectiva ciudad.[4]
Reconfortan, igualmente, algunas manifestaciones de solidaridad para paliar los efectos de los desastres ecológicos. La más reciente es la de Resilient Power Puerto Rico, promovida por Jonathan Marvel y creada junto con otros ciudadanos en Nueva York a raíz del apagón eléctrico en la isla, grupo que logró, mediante la instalación de paneles de energía solar y la utilización de otros recursos ya existentes, convertir la entidad en un centro de educación medioambiental y el uso de energías limpias. Sus patrocinadoresequiparan electricidad con salud y educación, “derechos humanos básicos de todos los seres humanos, independientemente del lugar en que hayamos nacido o las tormentas que nos toque soportar. Ese es el espíritu (de la Fundación), eso y una tremenda fe de los seres humanos cuando trabajan juntos. Cuando buscamos soluciones usando recursos de la imaginación del ser humano…eso no se acaba”[5]
La academia también ha asumido papel estratégico como puede apreciarse en el caso de la Universidad de Strasthclyde de Glasgow que ofrece doctorados en investigación, utilizando sus laboratorios ambientales de última generación, sobre el uso de “materiales generados por bacterias (que pueden producir materiales avanzados que incluyen cementos y lechadas) mediante la incorporación de polímeros y nanopartículas para mejorar sus propiedades mecánicas…para tareas específicas, como la resistencia a los terremotos y al clima”.[6] Esto nos conduce a la Arquitectura Biomimética, que tiene en cuenta estrategias y soluciones que utiliza la naturaleza, para crear diseños más naturales.[7]
Sobre este tema específico, el profesor Arias Maldonado cita a Diane Ackerman quien considera que la biomímesis ofrece un futuro esperanzador en el que las ciudades y los espacios públicos se conviertan en «organismos vivos que limpiarán el aire de agentes contaminantes, incrementarán su oxígeno, reducirán el ruido, ahorrarán energía, refrescarán nuestro espíritu y nos enraizarán más hondamente en el mundo natural».[8] Respecto de la ignorancia de la humanidad sobre el tema, el profesor afirma: “No saben, pero deben aprender que no hay separación, sino continuidad, entre polis y naturaleza. En otras palabras, un entramado socio natural que exige de los seres humanos atención a las señales provenientes de los sistemas planetarios y una respuesta eficaz a su desestabilización. Algo que los hombres de la ciudad solo podrán lograr deliberando y haciendo política. Tal es el desafío que el Antropoceno plantea a las sociedades liberales en el nuevo siglo.”[9]
Las ciudades no solamente crecerán, sino que serán rediseñadas al menos en algunos sectores, como ya viene sucediendo, y también surgirán nuevas. Unas y otras tendrán la oportunidad de adoptar las normas ecológicas que contribuyan a contrarrestar los efectos del capitalismo fósil y conjuntar naturaleza y urbe, creando espacios públicos que faciliten el encuentro de los ciudadanos de forma segura, mediante una movilidad en la que se prioricen las formas de transporte sostenible, promoviendo la producción y uso de energías renovables, controlando la contaminación acústica y la lumínica, los residuos, y la calidad y uso de las aguas en todas sus manifestaciones, de manera especial las de los océanos hoy convertidos en cementerios de varias especies marinas como consecuencia de los vertidos tóxicos en especial los desechos plásticos. Asimismo, fomentar la ingesta de alimentos de origen vegetal, de la comida producida localmente y de forma no contaminante.
Todas esas normas demandan una gestión y administración eficientes encargadas de la correcta aplicación de las normas, también un control mediante supervisión y evaluación de sus aplicaciones, tareas en las que es fundamental incorporar la participación ciudadana y de los diferentes sectores de la sociedad, entre los cuales sea posible programar alianzas “público-privado-personas -PPP-“ de cuyas interacciones surja la eco-innovación en la que la sostenibilidad sea el factor que aúne la creatividad y la innovación, con el fin de crear conciencia medioambiental.
Además, es preciso adoptar sistemas y procedimientos tendientes a lograr una economía sostenible que se hibride con la sostenibilidad social y medioambiental, una economía circular en la que, como lo ha adoptado la Unión Europea con financiación de los Fondos Estructurales y de Inversión Europeos, se extienden los ciclos de vida de los productos, mediante reciclado o reutilización, aportando beneficios al medio ambiente y a la economía, es decir, procurando que los recursos se utilicen de forma más sostenible, fomenten el ahorro energético y reduzcan la emisión de gases de efecto invernadero.[10] También es aplicable el concepto de economía colaborativa mediante el uso de la las TIC, en la que la cooperación y la ayuda mutua parten del principio del conocimiento abierto y de su aplicabilidad a la producción, al consumo y a la financiación de bienes y servicios.[11]
En los últimos años, se habla también de la economía restaurativa que tiene como objetivo restaurar tierras degradadas a fin de beneficiar a la humanidad y al planeta gracias a la aplicación de principios y programas del cambio climático mediante esa nueva fuente de crecimiento económico. A nivel mundial, se estima que la reciente economía de la restauración produce al menos 9 mil millones de dólares en la actividad económica anual, con el potencial de crecer mucho más al tener en cuenta los programas de siembra de árboles y de otros vegetales en alrededor de 70 millones de hectáreas que diferentes países están adelantando, con lo que igualmente procuran empleo a millones de trabajadores.[12]
Este breve repaso de las oportunidades que aún subsisten para evitar la catástrofe ecológica deja una leve sensación de optimismo al contrastarlo con la reiterada posición del actual presidente de Estados Unidos, y del plan de Jair Bolsanaro, el ultra derechista elegido ayer presidente de Brasil, de retirar, a su país del Acuerdo de París, al igual que el señor Trump, y de abrir la Amazonia a la explotación agrícola con lo que vulnerará los territorios indígenas allí asentados durante siglos y traerá las consiguientes consecuencias para el medio ecológico. Esto, que ha sido calificado como un virtual genocidio, constituiría además un real ecocidio. Por ello, no se debe perder de vista la responsabilidad política como bien lo recuerda Mary Robinson, ex presidenta de Irlanda, ex Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, luego Enviada Especial para la lucha contra el cambio climático y miembro de la organización internacional no gubernamental The Elders:
“No creo que como raza humana seamos tan estúpidos como para no enfrentar juntos una amenaza existencial y encontrar una respuesta común, humanitaria y solidaria. Porque sí tenemos la capacidad y los medios para lograrlo -siempre y cuando tengamos voluntad política.”[13]
Valencia, 29 de octubre de 2018
[1] Maldonado, Manuel Arias. Antropoceno: La política en la era humana.
[4] https://www.100resilientcities.org/
[5] “El País”. Oct, 21.18.
[6] https://www.strath.ac.uk/engineering/architecture/studywithus/centrefordoctoraltraining/
[7] tps://blog.ferrovial.com/es/2017/08/arquitectura-biomimetica-naturaleza/
[8] Ackerman D., The Human Age… citado por Arias Maldonado.
[9] Op. cit.
[10] https://ec.europa.eu/commission/priorities/jobs-growth-and-investment/towards-circular-economy_es
[11] https://retos-directivos.eae.es/que-es-la-economia-colaborativa-y-cuales-son-sus-beneficios/
[12] https://www.wri.org/our-work/project/new-restoration-economy
[13] Robinson Mary. “I don’t think as a human race that we can be so stupid that we can’t face an existential threat together and find a common humanity and solidarity to respond to it. Because we do have the capacity and the means to do it – if we have the political will.” Climate Justice: Hope, Resilience and the Fight for a Sustainable Future is out now. 2018
Gracias por esta bocanada de aire fresco cargado de esperanza, en estos tiempos de huracanes fuerza 5 que se llaman Trump, Bolsonaro, Salvini, Putin e tutti quantti. Leo en la columna que «la biomímesis ofrece un futuro esperanzador en el que las ciudades y los espacios públicos se conviertan en «organismos vivos que limpiarán el aire de agentes contaminantes, incrementarán su oxígeno, reducirán el ruido, ahorrarán energía, refrescarán nuestro espíritu y nos enraizarán más hondamente en el mundo natural»». ¿Dónde hay que firmar?
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Gracias por el comentario, muy en sintonía con el que me envía Jean desde Francia:
En relación con tu último correo te envío esta información que puede ser una luz de esperanza en el futuro de la humanidad.
Jean.
http://www.jardinsdebabylone.fr/blog/architecture-vegetale/
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Sin embargo, tal como lo comenta desde Inglaterra una amiga, la depredación de la naturaleza por el ser humano se acelera:
https://www.theguardian.com/environment/2018/oct/30/humanity-wiped-out-animals-since-1970-major-report-finds
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The Guardian en su edición digital de hoy aporta una información que comparto por considerarla de gran interés por cuanto centra en cinco países del mundo la principal responsabilidad de la supervivencia del planeta:
https://www.theguardian.com/environment/2018/oct/31/five-countries-hold-70-of-worlds-last-wildernesses-map-reveals
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Rainforest Connection es una organización sin ánimo de lucro dedicada a proteger los bosques y las selvas de la deforestación sirviéndose de señales acústicas captadas por teléfonos móviles viejos escondidos en lo alto de árboles, a unos 30 metros, y que son analizadas mediante inteligencia artificial.
Los teléfonos están siempre activados, de manera que cuando se detectan ruidos de camiones o de sierras eléctricas, el ordenador que procesa la información avisa de forma inmediata a las autoridades y a organizaciones dedicadas a la protección de los bosques.
«De este modo, se pueden prevenir numerosas talas ilegales, en lugar de actuar cuando el daño ya está hecho», dijo a Efe el fundador y consejero delegado de esa ONG, Topher White, quien fue invitado por Google para promocionar su idea en las instalaciones que la compañía tiene en Sunnyvale (California, EE.UU.).
El Tiempo, 31.12.2018
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