
“En este ensayo se ha argumentado que el liberalismo necesita una reinvención igualmente ambiciosa hoy en día. El contrato social y las normas geopolíticas que apuntalan hoy a las democracias liberales y el orden mundial no fueron construidos para este siglo. La geografía y la tecnología han generado nuevas concentraciones de poder económico que es necesario abordar.”[1]
Con motivo del 175º aniversario de su fundación, en su edición del 15 de septiembre, The Economist publica, en la sección “Ensayo”, el documento “Reinvención del liberalismo para el siglo XXI”, en el que hace un recorrido de la idea liberal a través de la historia, como generadora de dinámicas de cambio en las formas de organización política, económica y social, particularmente durante los dos últimos siglos. Destaca su adaptabilidad a la dinámica social, a las formulaciones de nuevas concepciones teóricas como las que dieron lugar a la implantación del neoliberalismo, aún vigente. También, a la adopción parcial de ideas socialistas en la primera mitad del siglo XX como respuesta a las demandas sociales de los europeos y que dieron fruto en el Estado de Bienestar, propuesta hecha realidad por los partidos de la socialdemocracia y del socialcristianismo en Europa, conquista hoy amenazada por regímenes ultraconservadores.
Después de reconocer las fallas o debilidades del ideario liberal, analiza los nuevos retos a los que no tiene aún una respuesta: la globalización del comercio y de la automatización; el cambio climático; la inadaptación de las instituciones a la insurgencia de las economías emergentes; y -el más importante- la necesidad de que el progreso sea para todos, vistos los alarmantes índices de concentración de la riqueza y la profundización de la desigualdad.
El Liberalismo puede observarse desde diferentes ópticas: como una escuela de pensamiento filosófico que se fundamenta en el individuo y su libertad; como una teoría económica basada en la libertad de comercio, libre mercado y un Estado mínimo, donde la propiedad privada es sacralizada, es decir, el capitalismo en todas sus insaciables facetas; como un sistema político en el que prevalecen las libertades y el respeto cívico por el individuo, que persigue y consigue el progreso y facilita el cambio social a través de la democracia. Es posible que el liberalismo haya subsistido gracias a la versatilidad ante los efectos de las revoluciones tecnológicas y los diferentes conflictos en la sociedad. O porque las otras propuestas, tanto de la derecha como de la izquierda, han fracasado por su carácter absolutista, la centralización del poder, la destrucción de valores y principios morales, el uso de la fuerza y del poder militar para imponer al resto de la humanidad su relato de una cultura universal y de una raza superior, a costa de millones de muertos.
En los últimos años, en el mundo occidental en el que ha florecido la democracia liberal y sus consiguientes instituciones y ritos, e. g. los parlamentos y las elecciones, fuerzas abiertamente contrarias a los fundamentos del liberalismo, utilizando los mismos medios e instrumentos de la democracia, han ganado el poder político, o amenazan con imponerse. Es el caso de Polonia con Andrzej Duda, de Hungría con Victor Orban, de Turquía con Recep Tayyip Erdogan, incluso Italia con Giuseppe Conte, gobiernos que ponen en riesgo la supervivencia de la Unión Europea, un experimento innovativo de organización política y económica en la era de la globalización, aunque estancado por la pesada carga de la burocracia, y ahora amenazado por la resucitación de nacionalismos y populismos, producto del rechazo a los inmigrantes a las sociedades abiertas, el resurgimiento del racismo, a veces camuflado de culturismo, y del bien explotado temor colectivo ante los ataques terroristas de grupos extremistas del islam, como es el caso del Reino Unido y su cuestionada decisión de retirarse del sistema.
Donald Trump es el exponente máximo de esta tendencia tanto por sus conocidas políticas en extremo reaccionarias, insolidarias, racistas, machistas, populistas y aislacionistas, que van en dirección contraria a los fundamentos del sistema político estadounidense. Mismo que, justo antes de la caída del Muro de Berlín, Francis Fukuyama llegó a calificar como “el fin de la historia”, [2] la forma final de la gobernanza humana. Ahora, a raíz de la publicación de su próximo libro “Identity: Contemporary Identity Politics and the Struggle for Recognition”, anunciada para el próximo 4 de octubre, The Guardian[3] publica un reportaje en el que innecesariamente tiende a aclarar que cuando habló de “end” quiso significar “goal” y no “finale”.
En cuanto a la situación por la que atraviesa el mundo, en el reportaje afirma que «la globalización claramente ha dejado a mucha gente atrás. Hay mayor automatización, mayor desigualdad, pero creo que, si se mira en detalle los patrones de votación, tanto en Estados Unidos con Trump como en el Reino Unido con Brexit, muchas personas que no estaban sujetas a lo peor de esas fuerzas votaron sin embargo [por Trump y Brexit]. Y si nos fijamos en el número de residentes extranjeros de Gran Bretaña en la última década, [el aumento] es realmente bastante fenomenal. Me sorprendería mucho que alguna vez pudiera haber tenido ese grado de cambio social sin producir algún tipo de reacción violenta «.[4]
Más allá de las migraciones, el factor demográfico está jugando un papel tan importante como el de la tecnología. El acelerado crecimiento de la población proyecta un censo global de 10 mil millones de habitantes para 2050 y la concentración de la población en centros urbanos hasta en un 80%. La alimentación de ese mayor número de personas y la habitación de los urbanitas en lugares cada vez más estrechos y costosos, ha producido un aumento desorbitado en el precio de la propiedad inmobiliaria y en la concentración de la riqueza, a la par con el puñado de empresas que controlan los avances tecnológicos y les permite influir en la mente y en las decisiones del ser humano. Tecnología que hace predecir, al menos para los próximos 25 años, una reducción drástica del empleo en la que ya estamos inmersos, condenando a gran parte de las nuevas generaciones a vivir en un estado de inseguridad e incertidumbre propicio para avivar el conflicto social que, como bien se sabe, es reprimido por la violencia de las armas del régimen.
Esta situación, reconocida y analizada en el Ensayo de The Economist, lleva a pensar en la necesidad de adoptar nuevos sistemas tributarios que permitan hacer frente a esa realidad social. En lugar de gravar el ingreso se propone un régimen tributario con énfasis en la propiedad, la material y la inmaterial. De esa forma, el Estado podría disponer de los recursos suficientes para establecer el sistema de Ingreso Básico Universal -IBU- a fin de garantizar la subsistencia de toda la población que satisfaga las necesidades primarias. También la necesidad de fortalecer los servicios públicos que tienen que ver con el bienestar de las personas: salud, educación y vivienda. No se trata de gravar a los pequeños o medianos propietarios, sino a los pocos que detentan el poder económico a nivel universal. En este sentido, Thomas Pikkety en su libro Capital in the 21st Century[5] en que demuestra con diversos estudios y estadísticas que la tasa de rendimiento del capital sobrepasa históricamente la tasa de crecimiento de la producción y del ingreso, propone que los nuevos sistemas tributarios se centren en gravar la propiedad si lo que se persigue es distribuir al menos el ingreso. Esa responsabilidad recae en el Estado por lo que se convierte en un tema eminentemente político y hace pensar en un relevo de los que detentan su poder.[6]
Lo cierto es que estamos atravesando una crisis de gobernabilidad global sin que aparezca ninguna alternativa con visos de aceptación. Por el contrario, avanza la del Imperio Ruso, incluso mediante invasiones territoriales, y el del Imperio Chino que, gracias a su capitalismo de estado, va camino de convertirse en la primera economía mundial y anuncia la conquista de occidente a través de la “Nueva Ruta de la Seda”. Por su parte, India consolida su poder político y participa en el proceso creativo de la revolución tecnológica, sin renunciar a su milenaria cultura ni resolver sus grandes diferencias sociales. África, que para el 2050[7] reunirá al 25% de la población mundial, sigue rezagada padeciendo de nuevas formas de colonialismo como la venta de extensas zonas de su territorio a China principalmente, para fines de explotación agrícola y minera. Por su parte, América Latina se debate en una obsoleta encrucijada política entre ideologías de izquierda y de derecha que afectan el principio de ciudadanía, un tanto de espaldas a las nuevas tendencias globales, y sometida a los sistemas económicos extractivos por el capital internacional en abierta alianza con el sector financiero compartido entre la banca nacional y la internacional, y donde la corrupción campea.
Slavok Xizek al comentar la afirmación de Giorgio Agambem de que “el pensamiento es el valor de la desesperanza”, afirma que “El auténtico valor no consiste en imaginar una alternativa, sino en aceptar las consecuencias del hecho de que no hay ninguna alternativa claramente perceptible.”[8] A esa visión, aparentemente pesimista, el autor deja en las últimas líneas del libro referenciado la siguiente sentencia: “Quizá la solidaridad social sea una utopía, pero si no luchamos por ella, entonces estamos realmente perdidos, y merecemos estar perdidos”.
Valencia, septiembre 20 de 2013
Referencias:
[1] The Economist. Essay. Edition Sept. 15, 2018 (Traducción libre del autor al siguiente texto: “This essay has argued that liberalism needs an equally ambitious reinvention today. The social contract and geopolitical norms that underpin liberal democracies and the world order that sustains them were not built for this century. Geography and technology have produced new concentrations of economic power to tackle.”
[2] Fukuyama F. “The end of history and the last man”. 1989.
[3] The Guardian. Edición del 16 de septiembre de 2016
[4] Idem
[5] 2014. Belknap Harvard
[6] Un comentario más amplio puede leerse en Parra N. H: y Arenas-Dolz F.. “Revolución Tecnológica y Democracia del Conocimento. Por una universidad innovadora.” Amazon.es 2015. pag. 196 y ss.
[8] Zizek S. “La nueva lucha de clases. Los refugiados y el terror”. Anagrama. 2016
Estás realmente iluminado. Mil gracias por tu esclarecedor pensamiento.
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Gracias por tu generoso comentario que me enaltece por provenir de un auténtico Maestro.
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Interesante disertación de contenidos sociopolíticos y geopolíticos bastante válidos para el análisis de nuestras realidades nacionales (hago relación específica a América Latina). Los pensadores (filósofos, sociólogos, antropólogos, economistas) plantean sus tesis y teorías sobre los cambios que podrían convenir más según esas realidades nacionales, pero no responden en la praxis a las inquietudes de quienes padecen la pobreza, la desigualdad y la exclusión. Pareciera que los gobernantes y sus estructuras de poder no tuvieran interés real en resolver estas cuestiones de vieja data que tanto y tan fuerte golpean a estas poblaciones crecientes. Siempre hay una esperanza en el horizonte, un mejor camino aguardando ser transitado por nuestra historia, por las personas en quienes depositamos el mandato para mejorar en lo político, lo social, lo económico, lo ambiental y lo cultural, la síntesis del desarrollo en términos de mejoramiento de las condiciones de vida.
Muchas gracias Doctor Néstor Hernando.
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Es indudable que existe una brecha entre la teoría, la ideología o las simples propuestas programáticas de partidos políticos y la realidad social en la que, a pesar de los avances registrados durante los últimos 3 siglos, continúa creciendo la desigualdad y por ende la pobreza. Es posible que este fenómeno se deba a la superfortaleza del «establishment» dado que concentra el gran poder económico global, sin banderas políticas ni limitaciones territoriales ni, mucho menos, éticas. Gracias, doctor Bonill, por su contribución al debate.
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