EL CONSUELO A TRAVÉS DE LA HISTORIA

Néstor Hernando Parra

“Aunque he descrito tres doctrinas antiguas de la consolación —la hebrea, la cristiana y la estoica— junto con una cuarta, más moderna —la idea de progreso que llevó a Marx a depositar su fe en la revolución—, este es un libro sobre personas, porque en el fondo no son las doctrinas las que nos consuelan, sino las personas: su ejemplo, su singularidad, su valor y su constancia, su presencia cuando más las necesitamos.”

Michael Ignatieff[1]

Este libro de reciente publicación es una especie de versión sincrónica entre la historia de la cultura occidental en sus diferentes campos -intelectual, artístico, espiritual- y los aportes de algunos de sus protagonistas a través de un sentimiento que resulta inherente al ser humano. Una narración erudita y exquisita de un académico que hace las delicias del lector. El recorrido se limita a la historia de Occidente en la que ha prevalecido el monoteísmo y la búsqueda de la libertad y la igualdad. Así que el lector queda expectante de hacer un recorrido similar en las demás culturas.

Conocí a Ignatieff en Toronto cuando fue a promover su libro “Warriors Honor” en 1997, época en la que era profesor de Harvard, después de haberse formado como historiador en las Universidades de Toronto, Oxford y Harvard. Más tarde, incursionó en la política hasta haber sido candidato del Partido Liberal Canadiense a primer ministro, elecciones en las que sufrió una estruendosa derrota, oportunidad que, según lo ha dicho -por primera vez- en reportaje en Babelia de El País, le hizo sentir la necesidad de consuelo. Por fortuna, perseveró en la academia hasta ser uno de los historiadores y pensadores más importantes del siglo XXI.

Los siguientes párrafos contienen un apretado resumen del libro con ligeras acotaciones personales.

La consolatio, que no hay que confundir con la resignación, se conoce desde que el senador romano Boecio describió su filosofía estoica a las puertas de su sentencia de muerte ordenada por un rey bárbaro en el año 524. De su lectura se concluye que “el consuelo no es otra cosa que aferrarse al amor por la vida tal y como es, aquí y ahora”, un acto de solidaridad tanto en el espacio como en el tiempo con el fin de mantener la esperanza de recuperación, de justicia y la posibilidad de empezar de nuevo, características que en mi concepto lo semejan a la resiliencia.

El consuelo supone la existencia de dos partes, quien la expresa como un acto de solidaridad y quien la recibe en momentos de aflicción en los que la fe no es suficiente. En este sentido el autor abunda en referencias a las religiones abrahámicas (Job: «El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó; bendito sea el nombre del Señor»; Jacobo: «Consolad a mi pueblo».) La idea de consuelo se relaciona con un cambio de actitud hacia la propia aflicción. “Los Salmos son un palimpsesto, una superposición de sentidos acumulada a lo largo de generaciones a partir del culto a Baal, la metafísica cananea y el monoteísmo emergente que se convirtió en el judaísmo.” Es en el siglo V a.C., cuando surge la “política”, que los griegos asumen la justicia como función humana y la apartan del principio religioso.

En la era cristiana, Pablo proclama en su Carta a los Gálatas un mensaje verdaderamente revolucionario: “No hay judío y griego, esclavo y libre, hombre y mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús. Creó un lenguaje de consolación que fue el primer y más poderoso lenguaje de la igualdad humana jamás ideado, que constituye la base, a pesar de que no suela reconocerse, de los lenguajes seculares, revolucionarios, socialistas, humanistas y liberales de la igualdad que vendrían más tarde.”

Mientras que los códigos epicúreos del mundo romano enseñaban que la única opción sensata de vida era la búsqueda del placer y evitar el sufrimiento, la nueva fe hizo del sufrimiento el núcleo de la experiencia humana, y de la imagen más impactante de dicho sufrimiento —la crucifixión—, su símbolo permanente. Cuando Pablo se enteró de que sus tesalonicenses vacilaban en la fe, envió a Timoteo, con una carta que esperaba les volviera al buen camino. “Pablo les dijo que el inminente regreso de Jesús podría producirse de forma tan brusca y contundente como una mujer que se pone de parto. Pero cuando llegara la hora del parto, deberían prepararse para el fin de los tiempos y el inicio del paraíso”. Por eso, continúa en su Carta a los Tesalonicenses, «consolaos mutuamente con estas palabras». No ha existido idea más influyente de la consolación.

Marco Tulio Cicerón, fervoroso seguidor del estoicismo, escribió, aunque no se conservó, sobre la Consolatio. En Disputas tusculanas se muestra como filósofo de la consolación, texto en el que “medita sobre la naturaleza de la muerte, el sufrimiento y el dolor. La filosofía, según había aprendido de los griegos, servía para enseñar a los hombres a no temer la muerte. La consolación era la filosofía y la filosofía era la consolación.” Después de presenciar el dramático asesinato de César en el Senado y del intento de Marco Antonio de reemplazarlo, Marco Antonio lanzó una “oleada de feroces embestidas retóricas, que llamó Filípicas, en alusión a los ataques de Demóstenes contra el tirano Filipo de Macedonia.” Después de su dantesco asesinato y exhibidos su cabeza y sus manos en Roma, Plutarco consagró a Cicerón como defensor del estoicismo y de la República “una aleación que duraría mil años más”.  

Marco Aurelio convierte la escritura en un secreto hilo de reflexiones: ”el consuelo como confesión, como un ajuste de cuentas consigo mismo, para aliviar la soledad, para aplacar el miedo, para darle fuerzas —si no esperanza—, para seguir adelante.” Sus Meditaciones ofrecen consuelo sobre “la soledad, el desánimo, el miedo y la pérdida que nos hacen buscar consuelo en primer lugar. Porque es consolador saber que ni siquiera un emperador puede pasar la noche a solas con sus pensamientos. Eso es algo que tenemos en común con él”.

Boecio, inspirado en Platón, creó a Sofía -sabiduría- para tener con quien hablar y tuvo el acierto de traducir al latín escritos de Aristóteles y Platón. En 1522, siendo jefe de la administración pública en carta a un amigo al referirse al arrianismo afirmó que “el género humano no ha sido salvado, ninguna salvación ha provenido para nosotros del nacimiento del Cristo, todos los escritos de los profetas han engañado al pueblo creyente, la autoridad de todo el Antiguo Testamento debe ser despreciada porque promete la salvación al mundo por el nacimiento del Cristo.”

En concepto del autor, en la Consolación de Boecio “confluyen cuatro grandes tradiciones occidentales que han consolado a los hombres ante la injusticia y la desgracia —los griegos, Platón y Aristóteles; los romanos, Cicerón y Séneca; los profetas hebreos de los Salmos y Job; y los padres cristianos, Pablo y Agustín— en un acto supremo de imaginación de un hombre que espera la muerte.” Su influencia llegó hasta Dante, Isabel II de Inglaterra y Tomás Moro. Recomendaba apartarse de los vicios y recurrir a las oraciones, la virtud, la esperanza: “Si no queréis engañaros a vosotros mismos, tened la probidad y honradez como ley suprema, ya que en todo cuanto hacéis estáis bajo la mirada de un juez que todo lo ve.” Ignatieff comenta que: “Pasajes tan sumisos como este permitieron a la Iglesia apropiarse de una obra que no contenía ni una sola referencia a la promesa cristiana de la resurrección.”

Entre los pintores, el autor ve en el cuadro del Entierro del conde de Orgaz de El Greco el lenguaje cristiano de la consolación, si bien No hay ni rastro de la crucifixión ni de que haya un infierno esperando a los pecadores. En el fondo, la intención del pintor era representar el consuelo como el sueño de una huida colectiva del remolino del tiempo. La visión extática del cuadro es la otra cara de la desesperación, el reconocimiento de que esta huida del tiempo solo puede imaginarse a través del arte, pero no puede vivirse ni experimentarse.”

Michel de Montaigne, en sus Ensayos (siglo XVI) rechaza el consuelo de la filosofía y encuentra, en cambio, consuelo en los placeres, los ritmos y la resistencia del propio cuerpo humano. Había vivido casi veinte años en medio de una anarquía sin tregua. Además, había aprendido lecciones sobre la mortalidad observando cómo la gente común, infectada por la peste, se preparaba para morir. En una frase de una serena sabiduría, Montaigne observa que la vida «debe ser para sí misma su mira, su designio: su recto estudio es ordenarse, gobernarse, sufrirse». Montaigne cambió el modo de ver la consolación de todos sus lectores: en el fondo, todo intento de dar consuelo no es más que un intento de engañar y «paliar el mal». El tiempo, escribió, era el «remedio soberano de nuestras pasiones».

En otros capítulos, el autor analiza los aportes que sobre el tema del Consuelo hicieron David Hume, Condorcet, Kant y Rousseau. Hume, con referencia a los clásicos, afirmó que “no habían entendido la realidad de la naturaleza humana” pues la causalidad, la identidad, el alma no eran más que ficciones. Proponía una nueva ciencia del hombre, similar a lo que había hecho Isaac Newton en las ciencias naturales. Siguiendo a Montaigne concluye que la filosofía no ofrece consuelo, pero la compañía humana sí y afirma «los errores en religión son peligrosos; los errores en filosofía, solamente ridículos». Años más tarde, en 1776, escribe en un solo día su famosa Despedida que, en concepto de Ignatieff, había creado una nueva forma de consuelo: la autobiografía como relato de autorrealización.

En su recorrido por la historia, el autor exalta a Marie-Jean-Antoine-Nicolas de Caritat, marqués de Condorcet, científico, matemático, erudito y político, proscrito por los jacobinos de Robespierre y Saint Just (por haber votado perdonar la vida al rey los jacobinos lo condenaron a muerte). Condorcet hizo parte de quienes pensaron que se podía construir una república sobre los cimientos de la ciencia, tal como proponía David Hume. Condorcet aspiraba a revolucionar las «ciencias del hombre».  

 Immanuel Kant había redactado un documento sobre el mismo tema, titulado «Replanteamiento de la cuestión sobre si el género humano progresa hacia lo mejor». Afirmaba que la Revolución francesa había revelado una «disposición moral en el género humano», un deseo de libertad que llevaría a los seres humanos de todo el mundo a derrocar la tiranía. Después de que Francia abriera el camino, su país, Prusia, la seguiría, y en toda Europa irían surgiendo repúblicas independientes, tras lo cual vendría la paz sin duda, ya que los pueblos independientes, si son racionales, jamás votan enviar a sus hijos a la guerra.

Condorcet, basado en la obra maestra de Adam Smith, también sabía que “contar una historia de esperanza, tenía que enfrentarse al contrarrelato más potente de su época: el Discurso sobre el origen de la desigualdad de Jean-Jacques Rousseau, “su alternativa distópica, escrita treinta años antes de la revolución, en la que la historia se interpretaba no como un relato de progreso, sino como un declive fatal desde la igualdad primigenia en el estado de naturaleza hasta una modernidad desfigurada por la propiedad, la desigualdad y la tiranía.”.

En cuanto A Marx, Ignatieff destaca su crítica a la religión que amplió en París donde sus camaradas tenían como lema: «le Christianisme c’est le Communisme». En reemplazo del socialismo utópico propuso un socialismo científico -basado en una filosofía de la historia-. El objetivo de Marx era abolir la política en sí para sustituirla por la «administración de las cosas». En un futuro comunista, ser libre significaría estar libre de la necesidad de los engaños de la religión y sus falsos consuelos.

 Lutero había «liberado al hombre de la religiosidad externa» —concede Marx— porque había recluido la religiosidad en la intimidad del hombre. Al igual que el hombre inventa dioses para consolarse de los misterios de la muerte y el sufrimiento y luego cree que estos dioses lo han creado, así, en una sociedad capitalista, el trabajador crea todo el mundo del capitalismo a través de su trabajo solo para creer que es un reino ajeno e inhumano sobre el que no tiene ningún control. La fe cristiana decía a los creyentes que debían aceptar esta paradoja y vivir con la esperanza de los consuelos de la otra vida. Marx creía realmente que la historia de la consolación había terminado. Una nueva era de libertad estaba a punto de amanecer.

En otro capítulo, a partir del discurso de posesión del segundo periodo como presidente en plena guerra de secesión, cita a Lincoln: “Me cuesta terminar. No somos enemigos, sino amigos. No debemos ser enemigos. Aunque la pasión los haya tensado, no debe romper nuestros lazos de afecto…Me doy cuenta de lo débiles y estériles que deben ser mis palabras en su intento de hacerle pasar el dolor de una pérdida tan abrumadora. Pero no puedo abstenerme de brindarle el consuelo que pueda hallarse en la gratitud de la República por cuya salvación murieron.” Lincoln empezó a comprender que «al dar la libertad al esclavo, aseguramos la libertad al libre», y con ello preservamos la «última esperanza de la tierra». Lincoln entendía la interrelación entre el consuelo, el perdón y la reconciliación.

La música también es una forma de expresar consuelo. Así lo ilustra Ignatieff al hacer referencia a Beethoven en la Novena Sinfonía, al Mesías de Händel que se inicia con palabras del profeta Isaías <Consolad a mi pueblo>, al Réquiem de Mozart, al Réquiem de Brahms, al Réquiem de Verdi, al cambio notorio en la música de Mahler después de la muerte de su hija Marie, y al Parsifal de Wagner que decepcionó a Nietzsche en cuanto al poner música al lenguaje cristiano de la consolación, Wagner había capitulado ante la «moral de esclavos» del cristianismo y su resignación llena de acritud ante el sufrimiento humano. El único consuelo que merece respeto dijo Nietzsche en cierta ocasión, es creer que no hay consuelo posible.”

A su turno, Freud en la nueva ciencia del psicoanálisis prometía sustituir los falsos consuelos de la religión por el autoconocimiento logrado a través de la terapia, pero incluso el inventor de la nueva fe tuvo que confesar sus limitaciones. Cuando la hija de Freud murió en 1920 en la epidemia de gripe de la posguerra, el psicoanalista admitió con tristeza a un amigo que su pérdida le había dejado indefenso y solo. El lenguaje del psicoanálisis le ayudó a comprender el golpe, pero no a soportarlo: “Como soy el más profundo de los incrédulos, no tengo a quien acusar y sé que no hay ningún lugar donde se puede presentar una acusación […] [pero] muy en el fondo siento una profunda herida narcisista que no superaré”.

Al hacer referencia a Max Weber, el historiador coinventor de la Sociología, el autor trae a la memoria que mientras se fue recuperando lentamente de su enfermedad en sanatorios se dedicó a la lectura (Lutero, Benjamín Franklin, Richard Baxter, Calvino y John Knox) y después a viajar (Italia, España, Portugal, Países Bajos). Es en 1905 cuando publica “La ética protestante y el espíritu del capitalismo”, en el que analiza “el papel del protestantismo en la incubación del racionalismo característico y la energía adquisitiva que proporcionó al Occidente capitalista su dilatada hegemonía sobre el resto del mundo…Vivir en la verdad… era vivir sin ningún tipo de consuelo”. Había encontrado su vocación de profeta y visionario.

Además de lamentarse de la desaparición del consuelo religioso, combatió la idea de consuelo en todas sus formas; en particular, contra la idea de que la ciencia moderna. El progreso en el conocimiento existe, pero no nos brinda ningún consuelo. Se sentía eufórico por haber encontrado por fin su vocación de profeta y visionario de la tarima. Fue esta euforia la que le permitió concluir pidiendo a los estudiantes que recordaran que «en este mundo no se arriba jamás a lo posible si no se intenta repetidamente lo imposible».

En cuanto a los poetas, el autor cita el último verso del canto de Ulises de Dante: Hasta que el mar sobre nosotros volvió a cerrarse; hace mención a Réquiem, los poemas que escribió Anna Ajmátova, madre de Lev Gumilev, cuando junto con otras mujeres velaban frente a los muros de la prisión de Rusia en los años treinta, a la espera del interrogatorio, la tortura, el destierro o una bala en la nuca. Tal como lo describe Issaia Berlin cuando la entrevistó junto con su hijo después de la guerra, Ajmátova sabía que había dado voz al tormento de su pueblo. En una historia similar Ignaatieff cuenta como Fanni, la esposa de Miklós Radnóti, perseguido y desaparecido por el régimen de terror de la época, logró verlo como uno de los más grandes poetas de Hungría y Europa.

Camus,  después de haber publicado El Extranjero y el Mito de Sísifo, quiso regresar a su tierra natal, pero la ocupación alemana a Francia lo impidió, proceso que describe como una peste, “una infección moral que sumía a todos en un estado de aislamiento y desconfianza mutua”.  Él mismo luchaba contra una enfermedad que entonces no tenía cura. ¿Cómo era posible que los hombres resistieran aun a sabiendas de que la victoria era imposible?

La respuesta a este interrogante es la clave de su relato de la lucha de Rieux. En la novela, Rieux no puede curar a nadie de la peste; lo más que puede hacer es consolar a los moribundos. Ante la confrontación entre la fe y el progreso de la ciencia, el consuelo es irrelevante en cuanto califica a las dos de abstracciones. “Ante la muerte y el mal, lo que más importaba a Camus no era quién tenía razón, sino quién consolaba a los que sufrían. Camus había aprendido que el consuelo más duradero podía ser mudo”. En la pandemia de COVID se puso de manifiesto que todos éramos igual de vulnerables, pero, en palabras de Camus, «nadie quería esa igualdad».

Al referirse al humanista checo Václac Havel, Ignatieff recuerda que entre él y Milán Kundera existía una polémica sobre el régimen comunista en su país. «La responsabilidad», constató una vez más, tenía que ser la base de su vida. «La responsabilidad crea la identidad, pero no somos responsables debido a nuestra identidad, sino que tenemos identidad porque somos responsables». Sabía diferenciar entre la esperanza y el optimismo. No es la convicción de que algo saldrá bien, sino la certeza de que algo tiene sentido, con independencia de cómo acabe saliendo. 

En el último capítulo, el autor describe un caso ejemplar: el de Cicely Saunders y sus hospicios. A raíz de su experiencia como enfermera en la atención a moribundos decidió hacerse médica y logró reinventar el hospicio -institución medieval- a fin de formar personal sanitario dentro de la práctica de la consolación. Morir no era el fin de la esperanza: incluso en la hora de la muerte quedaban cosas por hacer y resolver. Esta idea ofrecía la posibilidad de consuelo y el potencial de una institución donde encontrarlo. Lo que los moribundos necesitaban era hablar de su vida, darle sentido, perdonarse a sí mismos y a los demás, reconciliarse con el final de todo.

Ayudó a crear el St. Christopher’s Hospice, un centro con sesenta camas en el sur de Londres, institución que se ha replicado en la mayoría de los países del mundo o creado unidades de cuidados paliativos en los hospitales. Adoptó una actitud pragmática respecto a la conflictiva relación entre el consuelo y la verdad. «La puerta de la esperanza debe cerrarse lenta y suavemente», escribió, ya que la falsa esperanza no es ningún consuelo. «Velad conmigo» se convirtió en la frase que Saunders utilizó para expresar lo que significaba el consuelo. Significaba estar allí, velando durante toda la noche, para oír hablar al moribundo. Lo que querían, como le dijo un moribundo, era «que pareciera que intentasen entenderme». Con base en este episodio, vivencias y observaciones propias me llevan a pensar que existe la vocación -más que profesión- de brindar consuelo.

En el epílogo, Ignatieff afirma: “el consuelo es al mismo tiempo un proceso consciente, por el que buscamos el sentido de nuestras pérdidas, y una inmersión inconsciente en los recovecos de nuestras almas, en la que recuperamos la esperanza. Es el trabajo más arduo, pero también el más gratificante que hacemos, y no podemos evitarlo. No podemos vivir en la esperanza sin tener que contar con la muerte, o con la pérdida y el fracaso. Pero comprender todo esto constituye una parte inevitable del proceso de envejecer y se convierte en una especie de consuelo.”

Valencia, 19 de septiembre de 2023


[1] Ignatieff M. EN BUSCA DE CONSUELO. Vivir con esperanza en tiempos oscuros. Mayo 2023. Taurus. Versión digital.

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.