
“Internet no va a convertirnos por arte de magia en cosmopolitas digitales; si queremos maximizar los beneficios y minimizar los daños de la conexión, tenemos que asumir la responsabilidad de diseñar las herramientas que utilizamos para encontrarnos con el mundo.”
Ethan Zuckerman[1]
Nada fácil la tienen hoy los responsables de las políticas, planes, programas y proyectos educativos del futuro en virtud de la 4ª Revolución Tecnológica y de la consecuente Revolución Educativa en tanto y en cuanto la Inteligencia Artificial (IA) avance en las aplicaciones tecnológicas con miras a personalizar el proceso y lograr que el sistema sea eficiente. Hallazgos que hacen prever profundos cambios en los actuales paradigmas y que, en cierta forma, se constituyen en amenaza de la razón humanista de la educación.
Bien sabido es el desfase entre la velocidad a la que se producen los cambios tecnológicos y su asimilación por los seres humanos y de forma particular por las instituciones políticas y educativas. Éstas, a mi juicio, tienen mayor complejidad y trascendencia por cuanto inciden de en el individuo desde temprana edad y a través de todo su ciclo de vida. Como consecuencia, hoy se habla de la sociedad de la información, del conocimiento, de los datos y de la sociedad del aprendizaje. Lo cierto es que cunde la confusión, la perplejidad, la incertidumbre en los responsables del desarrollo de la educación, y en quienes desde hace decenios hemos estado vinculados y atentos a su evolución y desarrollo.
Tales interrogantes adquieren extrema complejidad en cuanto se aprecia la avalancha de una revolución tecno-educativa con base en la interactividad de tres componentes: el conocimiento del cerebro a través de las denominadas neurociencias, el uso de la educación online y la experimentación en educación personalizada mediante la aplicación de la IA en el proceso de aprendizaje. Tales avances de la revolución digital incorporan la conectividad y la ubicuidad como nuevos factores que inducen a que las entidades trabajen conectadas en redes regionales, nacionales e internacionales.
Surgen también nuevas teorías como la del constructivismo en la que el profesor pasa de proveedor de conocimientos a colaborador del estudiante, en el proceso de construir el conocimiento en el que intervienen diversos factores que “conforman la estructura cognitiva del aprendizaje: capacidades cognitivas básicas, conocimiento específico de dominio, estrategias de aprendizaje, capacidades metacognitivas y de autorregulación, factores afectivos, motivaciones y metas, representaciones mutuas y expectativas…”[2]
Más recientemente, los investigadores canadienses George Siemens y Stephen Downes enunciaron “la teoría del conectivismo con base en las neurociencias, el cognitivismo, la teoría de las redes, la teoría del caos, los sistemas adaptativos complejos y disciplinas afines. A partir de sus descubrimientos han desplegado una teoría del aprendizaje para la era digital.”[3] El énfasis en su arquitectura parte del supuesto de que el aprendizaje se da “dentro de una persona”, por lo que ponderaron el proceso más que lo que está siendo aprendido. Desde entonces, laboratorios de investigación tecnológica de afamadas universidades y diversos startups han venido investigando el diseño de aplicaciones y de máquinas para el aprendizaje personalizado, ubicuo y conectado hasta el punto de revolucionar la denominada “industria de la educación”, como se conoce en el mercado, la que estiman a nivel global en 6 mil trillones de dólares, de los cuales apenas 120 billones, el 2%, es digital. Hasta el momento el área de los idiomas ha sido la más experimentada de forma exitosa.
En la segunda semana de junio se celebrará en Londres una reunión mundial de innovadores en la que los primeros observadores debieran ser los responsables de la educación a todo nivel en los países emergentes y atrasados por cuanto es una oportunidad para evaluar la posibilidad de sustituir los sistemas educativos de siempre, preocupados más por la “demografización”, la cobertura y las estadísticas, que por la democratización real, la calidad y la eficiencia del sistema, y ver de generar saltos con el objeto de reducir en el menor tiempo posible la brecha educativa, la desigualdad intelectual, que hoy tiende a profundizarse en comparación con los países y los empresarios “dueños” del conocimiento, amparados por patentes.
Esto no es óbice para recordar que la educación como ciencia se ha alimentado de insumos suministrados principalmente por la filosofía, la ética en particular, la sociología y la psicología, últimamente de la neurociencia, además de los conocimientos específicos de las ciencias y artes que conforman el plan curricular con los que se ha de “instruir” al estudiante, actor-objeto del proceso, y también “educar”, trayecto en el que es necesario desarrollar la capacidad de análisis dialéctico y crítico, empoderarlo como ciudadano sujeto de derechos y obligaciones, además de desplegar capacidades innovativas y creativas a fin de seguir contribuyendo al avance científico y tecnológico. Tales objetivos, tradicionalmente asignados a la educación superior, hoy tienden a desplazarse a niveles inferiores, incluso a partir de la educación preescolar. Esto pone de relieve la necesidad de vertebrar los diferentes niveles de la escala educativa hoy inconexos, situación que se hace evidente al momento del ingreso del estudiante a la educación superior.
Desde otros ángulos, se pondera la necesidad de potenciar las capacidades y aptitudes que le permitan al educando promover, adoptar y adaptarse a los cambios. En este apartado, no puede omitirse la reconocida diferencia de cada ser humano en cuanto a su potencial, vocación y habilidad instintiva lo que está en vía contraria a la uniformidad de los planes de estudio para “todos” los educandos, en contraposición a la deseable personalización del proceso, objetivo que, como ya se ha descrito arriba, empieza a ganar “mercado” en virtud de aplicaciones de la IA.
La educación ha sido invocada también como el medio más eficiente para procurar alcanzar la igualdad real y efectiva de oportunidades para los seres humanos en una sociedad crecientemente polarizada, dual, en la que una parte cada vez más pequeña se enriquece seis veces más que el resto de la población. También se ha utilizado como medio para la movilidad social, fenómeno que se ha traducido, en ciertos periodos de la historia de cada país, acorde con los ciclos económicos y la filosofía política de los respectivos gobiernos, en la formación o ampliación de la denominada “clase media”. Logro que no siempre se consolida, pues al vaivén de circunstancias socio-económicas y de gobernantes retrógrados a veces se ralentiza esa tendencia e incluso hace retroceder a parte de quienes ya habían escalado esa deseada posición.
Desde el campo estrictamente económico, a la educación se le ha asignado durante los últimos tres siglos papel especial en la formación de capital, el crecimiento económico y el desarrollo social. En los años 60 del siglo pasado varios teóricos de la economía resaltaron la participación de la educación en el PNB de cada país por lo cual se justificaba invertir en la formación de los recursos humanos (capital humano) para satisfacer la demanda en oficios y profesiones. Señalaron, igualmente, que el ingreso personal estaba en relación directa con el nivel educativo y el campo profesional o área del conocimiento. Tal formulación la complementaron sus autores con el argumento de que los jóvenes formados en otras disciplinas, no demandadas por el sector productivo, así como los excedentes no absorbidos eran sujeto de frustración, caldo de cultivo para las revoluciones sociales y políticas. En años recientes, se ha agregado como objetivo de la educación superior el desarrollo de la capacidad de emprendimiento: conseguir que el estudiante sea emprendedor, empresario de su propio destino.
Desde la óptica de la filosofía política, la educación, igual que la salud, se le ha asignado la calidad de función o servicio público que corresponde satisfacer al Estado, por cuanto es un derecho de todos. Sin embargo, lo cierto es que, durante los últimos cuarenta años, desde que el neoliberalismo se ha impuesto de manos de la globalización, la educación se ha mercantilizado y la revolución tecnológica está en vías de despojar al Estado de su anterior poder regulatorio de la misión, objetivos y medios en la educación, por cuanto las instituciones, los contenidos, la metodología y los docentes tienden a ser sustituidos por las empresas tecnológicas globales y en consecuencia serán quienes diseñarán y proveerán los paquetes educativos que colocarán en el mercado con el atractivo anuncio de que su sistema es 100 veces más eficiente y más veloz que los tradicionales, tal y como ya está sucediendo. Sin olvidar que ya varias multinacionales se encargan directamente de formar, actualizar y desarrollar a su personal a nivel global de acuerdo con sus propias necesidades.
El ámbito físico tradicional, del aula, también tiende a modificarse e incluso a sustituirse por las denominadas aulas virtuales. Las bibliotecas como almacenamiento físico de libros en estanterías son reemplazadas por redes bibliográficas a disposición del consultante. Los planes curriculares fijos y uniformes para todos los estudiantes irán desapareciendo hasta tal punto que el profesor será más un guía, un asesor personalizado de cada estudiante en su plan de formación o especialización, que un transmisor de conocimientos.
Y pensar que aún hay países, sistemas, instituciones, directivos y docentes que siguen anclados a la pedagogía de la memorización, del aula, el tablero y la tiza, las célebres conferencias magistrales y los planes curriculares uniformes. Es tiempo de abandonar la zona de confort por quienes se han adueñado de su posición en el sistema educativo y se resisten al cambio. Son los que Boaventura de Soussa Santos ha denominado “el enemigo interno” de la educación. Sin desconocer que también es hora de trabajar por defender valores humanísticos sin necesidad de rechazar los avances de la tecnología.
Valencia, 18 de febrero de 2019
[1] “Rewire”.Digital Cosmopolitans in the Age of Connection”. (2013) W. W. Norton & Company Inc. New York, London
[2] Zapata Ross Miguel. Teorías y modelos sobre el aprendizaje en entornos conectados y ubicuos Bases para un nuevo modelo teórico a partir de una visión crítica del “conectivismo”. 2015 https://www.redalyc.org/pdf/5355/535554757006.pdf
[3] Parra y Arenas Dolz. La revolución tecnológica y la democracia del conocimiento. 2015 amazon.es
Una respuesta a “LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL Y LA REVOLUCIÓN EDUCATIVA”